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Refugiados africanos llegan a la Amazonia

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africaEl congoleño Wilson Nicolas, de 56 años, fue el primer refugiado africano que se mudó a la Amazonia brasileña, y parece haber inaugurado una tendencia.

Wilson Nicolas –nombre ficticio que utiliza para proteger su verdadera identidad– escapó del territorio de la exprovincia de Équateur, en el noroeste de la República Democrática del Congo (RDC), perseguido por choques entre tribus rivales en una disputa por recursos naturales como la pesca.

Según datos de las Naciones Unidas, desde 2010 casi 30 africanos que solicitaron asilo al gobierno de Brasil están viviendo en estados amazónicos. Proceden de Costa de Marfil, RDC, Ghana, Guinea Bissau, Kenia, Nigeria, Sierra Leona y Zimbabwe.

Nicolas llegó a São Paulo a fines de 2009, tras un contacto que le había ofrecido empleo cuando escapó de la RDC. Siguió rumbo a Boa Vista, capital del estado de Roraima en el extremo norte, y allí se encontró solo y descubrió que había seguido una falsa promesa.

Con ayuda logró trasladarse a Manaus, capital del norteño estado de Amazonas y la mayor urbe de esa región, y mediante asistencia del Servicio Pastoral del Inmigrante pudo presentar su solicitud a la Policía Federal y al Comité Nacional para los Refugiados (Conare). En febrero su pedido fue aceptado y fue el primer refugiado viviendo en la Amazonia.

"Ya tenemos un nuevo perfil de refugio en la Amazonia. Esta región, que recibe en general más personas de América del Sur como colombianos y bolivianos, está pasando a recibir también africanos", dijo a IPS el portavoz de la oficina local del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), Luiz Fernando Godinho.

"Es un cambio discreto, pero nos llama la atención desde hace dos años", agregó.

Por teléfono y con frases parcas, Nicolas relató a IPS que dejó la RDC "por causa de la guerra. Aun después de los acuerdos de paz había focos de conflicto. En el lugar donde yo estaba había un pelea entre dos tribus rivales que ocupaban el área".

Nicolas llegó en 2009 a la norteña población de Dongo, Équateur, cerca del fronterizo río Ubangui, como técnico especializado en geología, enviado por el gobierno para organizar el reparto de tierras y de alimentos.

"Cuando llegamos, intentamos reconciliar a las tribus, pero se desencadenó una guerra por el reparto de tierras", dijo. El conflicto adquirió grandes proporciones, con uso de armas pesadas, y Nicolas fue acusado de ser espía del gobierno y perseguido, según su relato.

La violencia entre los clanes boba y lobala se diseminó por todo Équateur y obligó a escapar a más de 100.000 personas hacia países vecinos, según el Comité Internacional de la Cruz Roja.

"Huimos a la selva. Caminé días y semanas, mis pies quedaron hinchados. Había mucha gente huyendo, niños y madres con bebés", describió.

Ese conflicto particular se enmarca en las sucesivas guerras congoleñas, en las que han muerto entre cuatro y cinco millones de personas desde fines de los años 90.

Las guerras en varios países de la región africana de los Grandes Lagos adoptaron formas de choques étnicos y genocidios, pero tienen raíces en los múltiples intereses internacionales de hacerse del control estratégico de grandes recursos minerales, abundantes en la RDC.

Mientras estuvo escondido en la floresta, cerca de la frontera con la República del Congo, Nicolas perdió la noción del tiempo. Y no ha vuelto a ver a su familia, compuesta de esposa, hijos y hermanos, aunque recibe de ellos una pequeña ayuda financiera para sobrevivir.

Nicolas habla varios idiomas: lingala, una lengua local congoleña, francés, swahili, inglés y portugués. Pero la palabra "saudade" (añoranza en portugués) cobra nuevo sentido para él cuando habla de la falta que le hacen los suyos. "Sufro mucho con la separación de mi familia", dijo, pero no tiene medios para el traslado ni nada que ofrecerle en Manaus.

Vive de prestado, dicta clases de francés y aprovecha cualquier trabajo temporal. Pero no tiene diplomas para revalidar sus estudios universitarios ante las autoridades brasileñas, que le permitirían trabajar en su área, la geoinformática y la detección remota.

"Espero tener un empleo y estabilizar mi vida", sueña.

La Amazonia brasileña alberga cerca de 140 refugiados, la mayoría bolivianos, y otros 700 solicitantes de diversas nacionalidades que aguardan respuesta del gobierno. El trámite demora casi seis meses.

Este país de 192 millones de habitantes no tiene cuotas para admitir refugiados, pese a que no es un gran receptor de este tipo de población. Según la ley de refugio, adoptada en 1997, incluso un extranjero que ingrese con documentos falsos tiene derecho a solicitar esa protección.

La mayoría de los casi 4.500 refugiados se concentran en estados del sudeste, en el eje Río de Janeiro-São Paulo, que son también las principales puertas de entrada. Hay una cantidad significativa en Rio Grande do Sul y en el interior de São Paulo.

Sesenta y cuatro por ciento del total –2.841 personas– son africanas. Los países con mayor presencia son Angola (1.686), Colombia (634), RDC (462), Liberia (258) e Iraq (203), según el Conare, conformado por representantes de varios ministerios, organizaciones civiles y el Acnur como observador.

Nicolas no piensa en volver. "Mi país tiene que estar en paz y con seguridad para que yo vuelva. Hoy soy refugiado y voy a quedarme en Brasil. La vida es siempre una batalla y hay que hacer mucho esfuerzo para sobrevivir".

IPS

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