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Hacia un Brasil sin pobres

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"País rico es país sin pobreza". El lema que, desde febrero, acompaña el logotipo del Gobierno de Dilma Rousseff refleja el compromiso que la presidentaciudad_de_dios brasileña adquirió en campaña: erradicar definitivamente la pobreza en el país, profundizando los avances de Luiz Inácio Lula da Silva, que en ocho años consiguió sacar a 30 millones de brasileños de la miseria. La semana pasada, la presidenta hizo públicas las metas de su Plan Nacional de Erradicación de la Pobreza Extrema: hasta 2016, pretende sacar de la miseria a las 16,2 millones de personas que, según los datos del reciente censo realizado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), viven con menos de 70 reales de renta per cápita mensual (unos 30 euros). Esto es más de un 8% de los 191 millones de brasileños.

El Gobierno insiste en que el proyecto es mucho más que las políticas de transferencia de renta, como la célebre Bolsa Familia, de la que se benefician 52 millones de personas. La Bolsa Familia es el programa asistencial estrella del Gobierno de Lula, por el que 13 millones de familias de escasos recursos reciben del Estado una cantidad de 115 reales al mes, unos 51 euros.

El objetivo ahora es priorizar la inclusión en la Bolsa Familia de 1,5 millones de familias muy pobres que, según las estimaciones del Ministerio, no habían solicitado entrar en el programa. De otro, se mejorará el acceso a la higiene, el agua potable, las redes de saneamiento y cloacas, la educación y la salud, que todavía es muy precario para una amplia franja de la población brasileña.

Por último, el Gobierno, consciente de que la falta de mano de obra cualificada es uno de los talones de Aquiles de la séptima economía del mundo, pretende mejorar el sistema educativo y, sobre todo, la cualificación técnica, adaptada a las necesidades del mercado de trabajo. Rousseff prometió el pasado mayo ampliar las becas para estudiar en el extranjero y construir 200 escuelas técnicas, adaptando la cualificación a las necesidades del mercado de trabajo.

El plan despertó polémica desde su anuncio. Se cuestionó la meta propuesta, mucho menos ambiciosa que la que había expuesto Dilma en la campaña electoral. En aquel momento, la presidenta habló de sacar de la miseria a los 19,6 millones de brasileños que reciben menos de 136,25 reales al mes (unos 60 euros), la cuarta parte del salario mínimo. Finalmente, se fijó en 70 reales mensuales la línea de la miseria, con lo que tres millones de brasileños se quedaron fuera de los programas gubernamentales.

Al mismo tiempo, el Gobierno anunciaba un aumento del 19% en la dotación de la Bolsa Familia. Como explica el economista Marcelo Néri, puede parecer una contradicción, pero no lo es en absoluto: "La ventaja de optar por los más pobres entre los pobres es que es efectivo en términos sociales, y barato en términos fiscales". La subida en la cuantía de la Bolsa Familia supondrá apenas un 0,1% del PIB, mientras que, si se hubiese optado por colocar el límite de la miseria en los 136 reales, el coste del plan se hubiese multiplicado por cinco. Y Rousseff ya había dado señales de que son tiempos de austeridad fiscal.

El problema es dónde colocar la línea que delimita la pobreza y la miseria. La primera se entiende como la falta de acceso a condiciones dignas de vivienda, vestido, higiene, educación y otras necesidades básicas, mientras que la miseria o pobreza extrema refiere a aquellos que no pueden satisfacer sus necesidades alimenticias. El Banco Mundial sitúa el límite de la pobreza en dos dólares por persona y día, esto es, unos 100 reales al mes, y el de la miseria, en un dólar, por debajo de la línea marcada por el Gobierno de Dilma. Pero hay que ser muy optimista para creer que con esa renta un brasileño deja de ser pobre. Apenas dos cifras: un billete sencillo de autobús en São Paulo o Rio de Janeiro cuesta 1,8 dólares. Y la cesta básica de alimentos no baja de los 300 dólares en ningún punto del país.

Brasil sigue estando entre los diez países más desiguales del mundo. El índice Gini que indica la desigualdad en cada país y se emplea para hacer comparaciones internacionales: más desigual cuanto más alto el índice, cayó de 0,60 a 0,54 en una década, pero continúa siendo muy alto. Según Néri, llevaría otros treinta años llegar a un nivel medio de desigualdad, como el de EEUU, de 0,42 (el de España es de 0,32).

Con todo, Dilma hereda de Lula unos niveles de desigualdad de renta en sus mínimos históricos, según un reciente estudio de la Fundación Getúlio Vargas. Entre 2000 y 2010, la pobreza en Brasil disminuyó en un 67%, en un proceso continuo que comenzó con Fernando Henrique Cardoso y se consolidó con Lula.

A lo largo de la década, la renta del 50% de la población más pobre creció 5,5 veces más que la renta del 10% más rico. Así lo explica Marcelo Néri, coordinador del estudio: "Es como si los pobres estuviesen en un país que crece como China, mientras los más ricos están en un país relativamente estancado".

El peso de la Educación

Además, se ha registrado una merma en las diferencias en todos los órdenes: comparativamente, creció más la renta de los negros y mulatos, de las mujeres, de los trabajadores sin cualificación y de los habitantes de los estados más pobres. "Se están reduciendo los diferenciales", resume Néri. Para el economista, la mejora en la educación es la principal razón de este avance, seguida de los programas de transferencia de renta.

Tras el optimismo que despiertan estos datos, y que confirman los brasileños en la calle y en las encuestas, se esconde una evidencia: a partir de ahora será más difícil avanzar. "Entramos en el tercio más difícil, en el núcleo duro de la pobreza, y es aquí donde se van a encontrar las mayores dificultades", en palabras de Néri. Dificultad que se corresponde con la ambición de los objetivos: si la meta del milenio adquirida por Brasil de reducción de la miseria a la mitad en 25 años (de 1990 a 2015), lo que está proponiendo ahora Dilma es hacer más (caída del 100%) en menos tiempo (cuatro años).

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