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Mendigos, la oscura espiral de la indigencia

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larazon

17-04-2011El alcalde de Madrid ha abierto el debate sobre la conveniencia de crear una ley para sacar a los «sin techo» de la calle, una propuesta que cuenta con partidarios y detractores pero, ante todo, ¿quiénes son ellos? ¿Qué rostro tienen?

Muchos, diversos e inescrutables son los caminos que conducen a una persona a vivir en la calle, guardando en el cajón de su ropa íntima todo rastro de dignidad social. La mitología que rodea al indigente es múltiple. El arquetipo de hombre libre que vagabundea sin rumbo, absorbiendo experiencias inenarrables, con el asfalto por colchón y la bóveda celeste por techo, se sostiene tan poco como la leyenda que circunda a los tormentos poéticos de la enajenación. La única verdad pasa por que, entre la presumible vida de leyenda y el dolor más lacerante, hay un hiato insalvable que bebe en las fuentes de la inmigración, hogares desestructurados, maltratos infantiles, enfermedades mentales, alcoholismo, toxicomanías... Y un nuevo patrón que ha nacido a la luz de la reciente crisis: parados formados que otrora llevaran una vida sin sobresaltos. Quien se sienta a salvo de terminar durmiendo en un banco, en un cajero automático o en la sala de urgencias de un hospital, con un albergue como único horizonte y el llamado «pan de los pobres» por todo manjar, que tire la primera piedra...

Durante tres días, nos subsumimos en los infiernos helados de Dante, de la mano de tres personas que saben lo que es vivir a varios metros de la mirada estresada de cualquier viandante. Desde su posición, todo es incierto. Desde la nuestra, hay una marea rara, mezcla de rechazo, miedo, prevención, temor. Nadie les mira, todos son un bulto sospechoso que contemplamos en un cinematográfico «plano picado». Para saber en qué momento perdieron el paso, por qué motivos abandonaron sus «anclajes emocionales». Estas tres historias pueden resumir las de los 30.000 «sin techo» que hay en España...

ANTONIO. 46 años.

«Ojalá logre el riñón que espero»

«Pertenezco a esa generación en la que me gustaba más el vicio que una garrota. Y no sé cómo empezó todo. Mis padres eran humildes y nada distintos a cualquier otra pareja de la época. Tenían una tienda de alimentación, donde yo curraba... Pero la farra me llevó a coquetear con todo: anfetas, hachís, farlopa, caballo...». Ni recuerda los años que estuvo «en la calle», en pisos de okupas, en los túneles del metro –en invierno– o en los parques –en verano– sólo pensando en cómo conseguir la siguiente dosis. «En los ochenta, caíamos como chinches: dabas un "palito" a un bar para "ponerte" o te dedicabas al "trapi". Pasé por la cárcel, volví a la calle y, en medio, mis padres fallecieron y mi hermano pequeño murió de sobredosis. Ya no tenía a nadie. Ahora llevo 15 años "limpio" y estoy en lista de espera para un trasplante de riñón. Espero que mi VIH no obstaculice la posibilidad de que me llegue mi ansiado riñón porque estoy estabilizado con los retrovirales. No quiero morirme pegado a esta máquina de diálisis. Si no llega a ser por Gloria, no habría salido». Se refiere a la artífice de «El proyecto Gloria». Una ex azafata de Iberia que, con el único recurso de su sueldo, lleva diez años acogiendo a «sin techo» en su casa. «Más de 140 hemos pasado por aquí. Muchos, con titulación universitaria. Todos encontramos calor, tenemos asistencia médica, psicológica.... Y nadie la ayuda. Sólo el rastrillo de muebles, que llevamos entre todos, es fuente de ingresos. Rogaría que llamaran al 91 5063168 si quieren ayudar a la mujer que logró que, después de 14 años pudiera volver a ver las estrellas –tras calle, cárcel y albergues–, y me llevó como a un hijo, a un parque...».

PEDRO CLUSTER. 58 años.

«Se puede salir de la calle... con ayuda psicológica»

Poco imaginaba Pedro que, después de dar conferencias en la Sorbona, conducir coches de marca y tener su propia empresa..., podría acabar durmiendo en un banco o en un cajero automático y arroparse con cartones. «Me casé, tuve hijos, trabajé, soñé, innové... Y un día, sin más, ocurrió: me vi durmiendo en un parque... ¿Cómo? Es silente y paulatino el proceso, pero un día cobras conciencia y has llegado a ese dique. Empiezas no diciéndoselo a nadie, luego esquivas hacer llamadas y, por último, si te cruzas con un conocido dilatas la próxima cita a la que sabes que no acudirás... Hasta que la vergüenza, la culpa, la sensación de indignidad te invaden, y te anulas. Te entregas a la calle»... Es el ejemplo vivo de que se puede salir de la «indigencia» –no quiero eufemismos, esa es la palabra que lo define, porque careces de todo-. Es muy crítico con todo, porque sabe el terreno que pisa: «Perfecto, quieren sacarles de las calles y llevarles a los albergues: pero tienen que solucionar que haya plazas suficientes, sin horarios carcelarios. Nadie nace ni vive en la calle por gusto, habiendo comida y techo. Y sobre todo, que se les dé la cobertura psiquiátrica y psicológica precisa. Muchos de los que viven sin techo es porque no están tratados o medicados, que fue lo que me llevó a mí a entrar en barrena. Una depresión de larga duración que me invalidó para tomar decisiones adecuadas... El alcoholismo es una consecuencia, no un detonante. Bebes para no pensar»... En cuanto a las ONG, también tiene su propia apreciación: he conocido a voluntarios maravillosos, pero el objetivo de una organización de estas características, ¿no debería ser quebrar?... Supondría que han hecho bien su trabajo y no hay pobres a los que atender». Pedro buscó por sus propios medios un psiquiatra, localizó los motivos de su depresión, se medicó siguiendo sus pautas. Hoy es un hombre nuevo, tiene un trabajo que, aunque no está relacionado con su formación universitaria, le da para vivir en una casa compartida. A su trabajo acude, con su dinero paga. Creó dos blog, da conferencias a los voluntarios que trabajan en el ramo de los «sin techo» y es testimonio de lo que pudo haber sido y –gracias a sí mismo– no fue. Pese a la vestimenta del «ropero de las carmelitas» con la que posa en la foto, tiene una aristocracia en sus formas, que no hay máster que te pueda enseñar... Porque sus doctorados son de otro mundo...

VITALIA. Rumana.

«¿Qué hago sin papeles?»

«¿Me puedo quedar con todas tus colillas?» –me dice el remedo de lo que puede ser una guapa morena rumana, que no sabe deletrearme su nombre ni jamás ha sabido que el héroe de cómic, Tintín, campó por los pagos de su Rumanía natal en su historieta más conocidas –. Pide comida a la puerta del hipermercado con voluntad estajanovista. En un infernal castellano sólo sonríe y pide huevos o pollo –sin nombrarlo, sólo haciendo aletear sus brazos–. Con el paso de los meses he ido sabiendo más de ella: «Mi padre me pegaba, me tocaba. Era malo. Yo era dependienta. Yo no era fea. Un día no pude más y vine aquí. Decirme amigas que aquí se podía vivir. Yo querer trabajar pero, como no tener papeles, no poder currar. Se han caído dientes de mi boca. Yo ya no estar guapa. Y yo, sólo poder pedir. Si me ven los que "mandan", me echar. Dame huevos y yo irme». Con el paso de las semanas he ido sabiendo que Vitalia tiene un hijo. La han violado en repetidas ocasiones por «los que mandan» –¿mafias rumanas?– para apoderarse de su botín gastronómico, logrado a fuerza de humillación a la puerta de un supermercado. Quiere trabajar, pero su falta de papeles, domicilio, higiene, ropa y dientes mellados, sabe que es un grave impedimento... Lleva más de dos años claudicada, en la puerta del mismo centro comercial... Y no ve solución: «Yo, y todos los yo, no interesamos». Y cual sabia «gongorina», me mira haciéndome sentir un insecto –sin pretenderlo–, me dice, sin decirlo: «dame huevos... Y llámame tonta»... Cuando a la única imbécil que ocupa ese espacio soy yo....

Qué se hace en otros países

ITALIA

Ciudades como Roma no impiden que los indigentes duerman en la calle y para facilitarles la vida cuentan, desde hace casi diez años, con un servicio que permite a los «sin techo» empadronarse en una calle virtual que lleva por nombre «Vía Modesta Valenti», en honor a una indigente.

FRANCIA

Se estima que en Francia viven 200.000 personas «sin techo». En París, frente a los rigores del invierno, el Ayuntamiento habilita gimnasios y salas para compensar la falta de medios. Hay un cuerpo espacial de policía para prestar ayuda a los mendigos, el Bapsa.

REINO UNIDO

En la capital británica es muy normal encontrarse mendigos. La Policía les permite vivir en la calle siempre que no se sitúen en zonas muy turísticas y no delincan. No existe una regulación específica para detenerlos por el hecho de ser «homeless». Las ONG son las únicas que les prestan ayuda.

EE UU

En Nueva York cerca de 3.111 personas han pasado a la mendicidad a lo largo de 2010, casi mil personas más. La urbe cuenta con un proyecto específico para los «sin techo» que gestiona albergues donde pueden acudir familias enteras. En Los Ángeles el número de «sin techo» llega a 25.000.

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