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¿Es usted pobre?

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elcorreo
Hace más de un siglo George Bernard Shaw afirmó que «el peor de los males y el peor de los crímenes es la pobreza». Saber quién es pobre en el Tercer Mundo es obvio, salta a la vista. Más difícil es saber a quién se refería el dramaturgo irlandés en el opulento Occidente. Para salvar este escollo los organismos internacionales han optado por utilizar una definición relativa, en función de la renta de los hogares. Así la Unión Europea ha fijado el umbral de la pobreza en el 60% de la renta mediana nacional. Siguiendo ese criterio, la reciente Encuesta de Condiciones de Vida del INE ha puesto de relieve que el 21% de la población residente en España es pobre. Es un porcentaje muy elevado, que nos sitúa entre los países rezagados de Europa. Y esto, tras más de treinta años de democracia, sugiere que algo falla entre quienes nos reconocemos miembros de esa comunidad nacional a la que llamamos España.

Algunos de políticos todavía defienden, contra toda lógica, la idea de que la única manera de sacar a la gente de la pobreza es crecer mucho. La experiencia española del período 1995-2007 demuestra la falsedad de ese aserto. A pesar del dinamismo de la economía y de la intensa generación de empleo, las tasas de pobreza se mantuvieron estables. La razón de esta aparente paradoja se halla en el nacimiento de un 'nuevo proletariado' -inmigrantes, mujeres con cargas familiares, jóvenes con bajo nivel de estudios-, que malvive trabajando. De hecho, la tasa de pobreza laboral en 2009 -11,4%- fue la tercera más elevada de Europa, sólo superada por Rumania y Grecia. Ese 'nuevo proletariado', a su vez, ha venido de la mano de un modelo de crecimiento 'enladrillado' y de un mercado de trabajo 'dual', que obliga a una parte de la población activa a aceptar contratos precarios y sueldos paupérrimos.

Esta estabilidad de los niveles de pobreza en una etapa de bonanza nos remite a las carencias del sistema de protección social. Un sistema que ha sido calificado de «universal pero insuficiente». Las trasferencias sociales distintas de las pensiones, aunque reducen la tasa de pobreza, lo hacen en mucho menor medida que en Europa -un 20% y un 35%, respectivamente-. Este déficit redistributivo del sector público español, más allá de la herencia del franquismo, está relacionada con nuestro enorme fraude fiscal. Si nos creemos los cálculos realizados sobre la economía sumergida, puede decirse que cada año el erario público deja de ingresar unos 80.000 millones de euros. Las limitaciones provocadas por este agujero fiscal se ven, además, amplificadas por la fragmentación territorial del Estado de bienestar, ya que la oferta de servicios sociales de cada autonomía depende, en la práctica, de su capacidad económica.

Este estado de cosas se ha agravado con la entrada en escena de la crisis, dada la estrecha relación existente entre pobreza y paro. A medida que se dilata la crisis, ese nexo tiende a hacerse cada vez más intenso, ya que las prestaciones por desempleo tienen fecha de caducidad. Además, una vez aprobada la senda de consolidación fiscal impuesta por los socios europeos, el Gobierno carece de margen de maniobra en materia de gasto. De hecho, tal y como sucedió a finales de la pasada década, ya han empezado los recortes sociales: pensiones, dependencia, subsidios, etcétera. Esta dinámica puede incluso agrietar el 'colchón familiar', ya que en el último trimestre de 2010 había 1.328.000 hogares con todos los miembros en paro. Muchos de los cuales, si no quieren correr el riesgo de perder la vivienda, no tienen más remedio que dedicar buena parte de sus menguadas rentas al pago de la infausta hipoteca.

Joseph Schumpeter comparaba la pobreza con un autobús: no puedes evitar que la gente suba, lo importante es que baje cuanto antes. Pero no es fácil ayudar a bajar a una marea humana en medio de una crisis que ha puesto en entredicho la sostenibilidad de las finanzas públicas. En estas circunstancias lo lógico sería redefinir el Estado de bienestar, orientándolo hacia aquellos que más lo necesitan. Pero sólo líderes con visión de futuro pueden revisar el carácter universal de algunas políticas sociales manteniéndose firmes cuando arrecian las críticas. Por desgracia, la mayoría de nuestros mandarines parecen haber elegido el camino del populismo, culpando de todos los males a inmigrantes o a negras conjuras neoliberales. Llegados a este punto se puede concluir que, en unos tiempos en que la solidaridad cotiza a la baja, nuestro mayor problema consiste en hallar conductores de autobús que sepan dónde ir.

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