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Los rostros de la marginalidad

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5-09-2010_ima1


La aparición hace poco más de una semana de un cuerpo en descomposición entre dos colchones de la pensión Padrón de la capital santacrucera ha sacado de nuevo a la luz la situación de marginalidad y de exclusión social en la que se encuentran cientos de ciudadanos de la urbe chicharrera. Este establecimiento, que opera gracias a una licencia del Cabildo concedida para actividad turística, albergaba cada noche a indigentes, prostitutas y toxicómanos hasta el descubrimiento del cadáver por parte de dos drogadictos, que durmieron sobre él durante meses sin percatarse de su existencia.

Un suceso como éste ha puesto en entredicho la atención hacia estos colectivos por parte de las administraciones. ¿Son suficientes los medios con los que actúan? ¿Cubren las necesidades reales de estas personas? ¿Actúan en la raíz del problema o simplemente palian los daños diarios? Del mismo modo, este caso, que en la actualidad se encuentra en proceso de investigación por la Policía y la Justicia, también plantea preguntas acerca de la postura de estos grupos hacia los servicios sociales de la ciudad. ¿Tal vez prefieren continuar viviendo al margen, alejados de las normas impuestas por instituciones como el albergue municipal, o acaso desconocen las posibilidades y opciones que ofrecen las administraciones y las ONG?

Lo cierto es que el volumen de personas en exclusión social ha aumentado notablemente desde los primeros albores de una crisis económica que ha empujado a muchos ciudadanos a las listas del paro. Según explica el director de Caritas en la capital santacrucera, Leonardo Ruiz del Castillo, el desempleo es el principal trampolín hacia la calle. "La falta de trabajo provoca la desestructuración familiar, que, con posterioridad, unido a la finalización de los subsidios y demás ayudas, puede empujar a las personas a la indigencia".

De esta forma, los parques, avenidas y espacios públicos de la ciudad son testigos de cómo el número de personas sin techo no ha dejado de crecer durante los dos últimos años hasta desbordar la capacidad de comedores sociales, albergues y proyectos de las ONG. Sus usuarios son, en algunos casos, personas que hasta hace relativamente poco tiempo disfrutaban de las comodidades de un hogar y que ahora pasan cada noche bajo las estrellas o en una de las camas de alguna institución.

Junto a ellos figuran también otros con problemas de drogodependencia, alcoholismo o ludopatía. Otros terminan viviendo en la indigencia como consecuencia de unos problemas psiquiátricos que, una vez en la calle, se agravan por la falta de un tratamiento adecuado. Precisamente a este respecto, el concejal de Servicios Sociales, Ignacio González, anunció hace casi un mes que propondría que la Justicia actuara con mayor rapidez para incapacitar mentalmente a estos últimos con el objetivo de que su área pudiera proporcionarles la atención adecuada en el menor plazo posible. "Se están muriendo sin que podamos hacer nada", lamentó.

A la espera de la materialización de esta propuesta, las calles de la capital albergan, según el IMAS, a aproximadamente 200 indigentes, de los que cien duermen en el albergue, 40 en la calle y el resto en pisos tutelados. Sin embargo, esta cifra crece en el conjunto del área metropolitana. A juicio del director de Cáritas, entre 300 y 350 personas se encuentran en situación de indigencia en la actualidad.

Lugares como los aledaños de la iglesia de Santo Domingo, el entorno del pabellón Pancho Camurria, el mercado de Nuestra Señora de África, los bajos del puente que pasa junto a la piscina municipal y el parque de La Granja alojan a decenas de personas en situación de pobreza extrema cada noche. Allí convive gente como Manolo, un sexagenario que lleva más de 11 años viviendo parques y plazas, o José Antonio, que vive en la calle tras la muerte de sus padres durante su adolescencia. "Llevó así 41 años. Ya no conozco otra casa que no sea ésta", dice éste último mientras señala el colchón en el que duerme y unas bolsas donde almacena sus escasas pertenencias.

Ambos afirman con rotundidad que prefieren continuar en la misma situación antes que acudir al albergue municipal. "Solamente iremos en un momento dado como último recurso". Dicen también que ya son "veteranos" y que quieren vivir su vida al margen de la rígida estructura del centro. "No nos tratan como personas. Tienen demasiadas normas. Aquí somos libres, nadie nos controla y podemos ser nosotros mismos", afirma Manolo, mientras apura una lata para festejar su 62 cumpleaños.

Del mismo modo, los dos, al igual que el resto de personas que duermen cada noche en su plaza, reclaman que las instituciones no se limiten a ofrecerles comida y cama. "Un plato no me solucionada nada, sino que me ofrezcan un curso y una alternativa digna desde donde pueda mejorar", lamenta Manolo, quien insiste en que la paga que recibe mensualmente apenas le alcanza para la comida.

Todos ellos se sienten marginados por la sociedad que los rodea y, principalmente, por las administraciones: "Deberían velar por nosotros". "Mejor que estemos tapados. Que nadie nos vea y así disimular la pobreza que existe y que cada día crece en Santa Cruz", apunta Andrés mientras rasga su guitarra, para posteriormente admitir a regañadientes que, en ocasiones, reciben la visita de los trabajadores sociales de la concejalía. "Pero no hacen casi nada. Nos ayudan más los vecinos o los agentes de la Policía Local. A veces nos traen bocadillos y jugos y se preocupan de que nadie se meta con nosotros. Si nadie les llama quejándose, nos dejan vivir en paz", matiza.

Además, lamentan el rechazo que sienten en las miradas de los demás. "Te sientes excluido. No porque estés en una plaza, sino por lo que eres: la visión palpable de sus propios miedos". Sin embargo, que la sociedad les dé la espalda tampoco se traduce en una mayor unión entre ellos mismos. "Convivimos aquí, pero eso no significa que haya compañerismo, ni que nos ayudemos. Cada uno tiene sus propios problemas y es libre de hacer lo que quiera", afirma Andrés.

A poco más de un kilómetro de esta plaza, en torno al Pancho Camurria, vive Boucif. Este argelino de 34 años duerme en una tienda de campaña rodeada de otras pequeñas chabolas. Allí, explica, viven más de una decena de sin techo que, como él, "se ganan la vida como pueden". Él trabaja como gorrilla desde que llegó hace más de un año a la ciudad procedente de Los Cristianos. Afirma que prefiere seguir así que exponerse cada noche a los "peligros" del albergue. "Allí te roban y es donde está la gente más conflictiva. Además, son muy estrictos. Yo me quedó aquí", dice con rotundidad. ¿Y el futuro?. "Ojalá todo cambie, pero no creo", lamenta mientras esboza una triste sonrisa.

Un mercado del sexo en pleno centro

La calle Miraflores de la capital tinerfeña, situada en pleno centro, es uno de los focos más importantes y visibles de prostitución callejera en la ciudad. Allí, más de veinte chicas ofertan sus servicios desde primera hora de la mañana, aunque su número oscila de un día a otro. "Somos nómadas y algunas no venimos aquí todos los días", afirma Gloria, una colombiana que lleva más de un año en la calle después de haber ejercido anteriormente en clubes y casas. "Uno nunca piensa que puede terminar aquí", dice para posteriormente explicar que la complicada situación económica, tras el divorcio de su marido militar, le empujó a su profesión

Gloria y dos de sus compañeras admiten sentirse "discriminadas y rechazadas" por la sociedad santacrucera, "sobre todo por las mujeres y por los hombres con doble moral". Afirman desconocer las posibilidades que les ofertan los servicios sociales para mejorar sus condiciones o para encontrar una salida a su situación. La única ayuda que perciben, explican, proviene de la ONG Médicos del Mundo. "Recurrimos a ellos para hacernos análisis de sangre y para servicios de ginecología, principalmente", dice Gloria, quien destaca la labor realizada por esta organización.
Su vicepresidenta en Canarias y vocal de exclusión social, Oihana Merino, asegura que los proyectos de reducción del daño están dirigidos a las mujeres que ejercen la prostitución en calles y locales de alterne. Además de los servicios médicos, les ofrecen asesoramiento, charlas sobre educación para la salud y ejercen como enlaces con los centros sanitarios de la administración. "Vamos a ellas y les ofrecemos nuestra ayuda. No damos a basto", señala para posteriormente añadir que cada día más chicas se lanzan a la prostitución en busca de dinero. "También hay más víctimas de la trata y del tráfico de mujeres", matiza. Merino afirma además que la exclusión social en Santa Cruz precisa "una actuación urgente" desde todas las áreas porque vemos que "va en constante aumento".

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