Imprimir

Quedarse en la calle

on . . Visitas: 864


Bancos y cajas de ahorros se han convertido en la principal inmobiliaria de España como consecuencia de los embargos

La situación es tan desesperada que el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha planteado un pacto de Estado con el resto de las fuerzas parlamentarias. Hoy se reúnen Elena Salgado, José Blanco y Miguel Sebastián con los distintos grupos y tocarán cuatro palos: políticas industriales, mejora de la competitividad y productividad, reducción del déficit y, cómo no, el gran desbarajuste financiero. Al Ejecutivo le crecen los enanos, pero a los ciudadanos les va todavía mucho peor. Antes de que termine esta jornada, unas 495 personas habrán perdido su vivienda al no poder hacer frente a la hipoteca. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) calcula que cerca de 181.000 personas sufrirán ese calvario a lo largo de 2010.

«Con lo feliz que era yo en mi pisito de 60 metros cuadrados...», se le escapa a Estefanía Portaña, 'Fanny' para los amigos. Qué tiempos. En aquella época tenía 18 años y un marido que ganaba 1.200 euros en el sector de la construcción. Ahora, con 31, le debe dinero a una vecina y pide comida en Cáritas. Y todo porque el hombre de la casa perdió su trabajo; un golpe durísimo para David Blanco, padre de dos pequeñas que ya saben lo que es quedarse sin libros para el cole porque no hay recursos. «Llevamos así desde enero de 2009 y es horrible. Conseguimos contratos temporales pero, nada, al de unos meses otra vez en paro. A veces he pensado en tirarme por ... Pero, no, no, seguiremos adelante. Tengo FP como técnica de jardín de infancia y mi marido no tira la toalla. Ya conseguiremos algo. ¡Se lo debemos a las crías!», asegura con voz firme. Por Sonia y Lucía compraron un apartamento de 120 metros cuadrados en la localidad tarraconense de Calafell, «para que tuvieran más espacio y luz». Ahora, han tenido que dejar la casa en manos del banco y todavía le deben 50.000 euros. A la espera de nuevas negociaciones con la entidad financiera, siguen residiendo en la casa de sus sueños.

Hay más: los padres de Estefanía firmaron como avalistas y se encuentran en el punto de mira. «Les amenazan con quedarse con su apartamento para cobrar los 50.000 euros. ¿Qué se han creído? Mi padre tiene 63 años y está en paro. ¡El piso es todo lo que tienen!». En definitiva, uno de tantos casos que puede terminar colapsando los juzgados. Este año, quizás se llegue a unos 181.000 embargos; diez veces más que en 2006, cuando se alcanzó la cifra de 17.635. En aquella época, se echaba mano de créditos y mientras hubiera una nómina todo era coser y cantar; los desahucios, como las demás desgracias, sólo les ocurrían a otros.

No importaba que la media del metro cuadrado en España hubiera triplicado su valor en diez años; entre 1997 y 2007 pasó de costar 702 euros a tocar techo con 2.085. Se entró en una dinámica en la que los precios tiraban de los préstamos y... viceversa. Se inflaron las tasaciones un 35 % y, en teoría, todo iba sobre ruedas. Hasta que llegó el batacazo cuando el mercado de trabajo se hundió en la miseria. Con un paro que puede llegar este año al 20%, según las expectativas de la Comisión Europea, la fiebre compradora está en cuarentena. Conclusión: la tasa de propietarios, que en España ronda el 85%, se irá acercando cada vez más a la media europea (61%).

«Habrá que ver si se mantiene el 'business as usual' ('el negocio como es habitual'). Hemos vivido durante mucho tiempo una ficción; ya sabe, el 'síndrome del nuevo rico'... La ligereza a la hora de conceder préstamos, el consumismo desbocado..., esa locura tiene fecha de caducidad. La sociedad de consumo no es un ideal de vida. ¡Hay que replantearse muchas cosas! Yo creo que deberíamos ir hacia algo más humano, más ético a todos los niveles; tanto en lo personal como en lo institucional», medita Francisco Villota, profesor de Economía en la Universidad Complutense de Madrid. Una reflexión que, por supuesto, no anula el valor teórico del artículo 47 de la Constitución española: 'Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada'. La eterna batalla.

Crece la morosidad

El ladrillo se ha convertido en una losa muy, muy pesada. A finales de 2009, se estimaba que existía un total de 1.510.000 viviendas sin vender (610.0000 vacías, 380.000 en fase de construcción y 520.000 de segunda mano). Y de ese 'stock', en estos momentos habrá unas 100.000 en manos de la banca, ya sea porque las han embargado o porque las propias promotoras con el agua al cuello las han cedido; es la cantidad que baraja José María Iranzo, director general del Instituto de Estudios Económicos (IEE). Así las cosas, los bancos y cajas de ahorro se han convertido en una gran inmobiliaria. Un fenómeno 'contra natura' que da muchísimos quebraderos de cabeza.

«Lo que hace falta es liquidez, ¡billetes en mano! ¿Para qué queremos tantas casas?», se quejan las entidades financieras en cuanto se les menta el tema. Y para colmo, les toca sufrir demoras en los pagos. Al cierre de 2009, la tasa de morosidad de la banca se había situado en el 5,08%, la cifra más alta de los últimos 13 años. ¿Qué significa esto? Algo muy crudo: la deuda alcanzó en diciembre los 93.305 millones de euros (el 8,87% del PIB español). Y encima pinta peor cuando se recuerda que, a mediados de 1997, con una morosidad similar, los créditos impagados representaban 'solamente' 15.112 millones de euros (el 3,2% del PIB). O sea, que de nada sirve que los precios hayan bajado en torno a un 25% entre 2007 y 2009, o que el Euríbor ande por los suelos con un 1,2%. La bola de nieve ha crecido hasta decir... ¡basta!

«En España, tendremos unas 286.000 familias que no pueden hacer frente a las facturas. Cerca de 150.000 ya están requeridas en vía prejudicial y alrededor del 30% son inmigrantes», detalla el letrado Gustavo Fajardo, asesor jurídico de la ONG AESCO (Asociación América, España, Solidaridad y Cooperación). Entre los extranjeros hay gente como Marco Antonio Ramírez, un fontanero ecuatoriano de 28 años que soñaba con el Mediterráneo y ahora no puede dormir. Le asaltan las pesadillas. «Llevo casi dos años sin trabajo. Cobro un subsidio de desempleo de 420 euros y no puedo pagar la hipoteca de 787 euros. ¡Imposible! Y el banco me reclama la totalidad de la deuda. ¿De dónde voy a sacar 145.000 euros? ¿De dónde?», se pregunta con desesperación. Ha contratado un abogado al que debe otros 13.000 y no ve ni un rayito de luz al final del túnel.

Con 'chapucillas', aquí y allá, a duras penas sale adelante: reúne unos 80 euros al mes y su mujer, Mónica, completa los ingresos con otros 120 como limpiadora en una casa. Es un milagro que puedan comer caliente cada día.

-¿Recibe algún tipo de ayuda?

-Bueno, en la parroquia compramos arroz, azúcar y leche a mitad de precio.

-Y los niños...

-Tienen tres añitos y uno. Por suerte, son muy pequeños y no se enteran de nada.

La crisis aprieta y de momento no ahoga. Pero, claro, habrá que ver hasta dónde pueden resistir los hogares sin apenas ingresos. A la luz de los estudios realizados por la Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas de Ahorros y Seguros (ADICAE), «lo peor está por llegar; las familias han aguantado el tirón gracias al dinero que tenían guardado, las prestaciones por desempleo, el apoyo de los suyos...; cuando todo eso se acabe, empezará el auténtico drama», advierte Santiago Pérez, responsable del sector de hipotecas y crédito de ADICAE. Visto lo visto, el ambiente está cargado de malos presagios y «exige soluciones integrales a partir de ya mismo».

A su juicio, vendría muy bien recuperar la Ley de Sobreendeudamiento Familiar, un proyecto que duerme el sueño de los justos desde 2003, cuando lo presentó el Grupo Parlamentario Socialista. «¿Cuándo la van a poner en marcha? Con esa regulación nos pondríamos al nivel de países de nuestro entorno como Francia, Alemania, Bélgica...», sostiene Santiago Pérez.

-¿Cuál sería la finalidad de esa Ley de Sobreendeudamiento Familiar?

-Ofrecer al ciudadano la misma seguridad que se da a las empresas cuando caen en bancarrota. En pocas palabras, algo como la Ley Concursal pero dirigido a personas. No es justo que se valore más la supervivencia económica de los negocios que la de los ciudadanos. ¡Lo único que pedimos es sensatez!

-¿Como se llevaría eso a la práctica?

-Otorgando al juez la facultad de moderar las deudas, y dejando que se asesore por comisiones de endeudamiento. Primero debe garantizarse la estabilidad económica del deudor y, luego, ya se irán cobrando los acreedores.

-Una duda: ¿no se podría aplicar a los particulares la propia Ley Concursal?

-Por poder, se puede. Pero en lugar de hacer más llevadera la insolvencia, la recrudece. Los plazos son muy largos y los costes resultan excesivos para una persona. Entre abogados, procuradores y administradores concursales, le puede salir un ojo de la cara. Es una ley hecha para las empresas, no para las personas.

Y mientras tanto, las entidades financieras no pierden pie con bola. Ahora su objetivo es arrebatar la hipoteca a la competencia; cada vez se tienta más a los clientes, para que le den un palmo de narices a su banco y coloquen el crédito en otro. No hay más que ver las estadísticas del pasado mes de noviembre: la mitad de las hipotecas (25.637, de un total de 52.043) no iban destinadas a la adquisición de un inmueble. Se trataba de préstamos antiguos adaptados a las nuevas necesidades. Así pues, el repunte de noviembre que tantas expectativas despertó -un incremento del 1,8% con respecto a 2008- no era más que un espejismo. La realidad es tozuda. Se continúan vendiendo muy pocas viviendas: aquel mes, por ejemplo, se pusieron a la venta menos de 35.000 mientras que en 2008 se superaron las 60.000.

En un país como el nuestro, donde el ladrillo era el motor de la economía, no se levantará cabeza hasta... ¿Hasta cuándo? Nadie se moja a la hora de poner fecha final al desastre. «Yo sólo puedo decir que, ante una crisis personal muy fuerte, el sufrimiento no se alarga más de un año. Es el tope del dolor. Así lo constatan varias investigaciones. Puedes estar hundido durante ese tiempo, pero luego ya sólo queda remontar», asegura Albert Vinyals, profesor de Psicología Social del Consumo en la Universidad Autónoma de Barcelona. Aquello puede ser un consuelo. O no. Depende. Queda la incógnita de cómo se remonta si no tienes trabajo ni dinero.

 

Utilizamos cookies para mejorar nuestro sitio web y para ofrecerle contenidos más interesantes. Para obtener más información sobre las cookies y cómo eliminarlas, consulte nuestra Política de Privacidad.

Sí, acepto cookies de esta web