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La herencia letal del amianto

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elcorreo

22-05-2011El amianto ha matado, mata y matará. Pero los efectos letales de este mineral no se conocieron a tiempo, se subestimaron o, en algunas empresas, hasta se ocultaron. En la actualidad, uno de los grandes descubrimientos industriales del siglo XX, utilizado como aislante térmico por su resistencia al calor, se ha convertido en un grave problema de salud pública cuyas consecuencias no han hecho sino aflorar. Hasta su prohibición en España en 2002, con retraso respecto a otros países vecinos, millones de trabajadores se ganaron la vida a la vez que se iban envenenando o labrando día a día una muerte temprana sin saberlo. Ahora quedan toneladas de ese producto instaladas en edificios, que los afectados reclaman inventariar y controlar para, en la medida de la posible, borrar la huella venenosa del amianto.

«¿Qué es eso?», se sorprendió Josefina Oyarbide cuando el oncólogo que atendía a su esposo, Iñaki Iturrioz, les preguntó si había trabajado con ese material. «Dijimos que no, porque nunca habíamos oído hablar de ello». La palabra amianto no volvió a la vida de Josefina hasta semanas después de quedarse viuda, un 6 de agosto de 2007. «Mi marido empezó con un catarro que le costó quitarse. La médico le hizo placas en el hospital de Zumarraga porque escuchaba un ruido en sus pulmones que no le gustaba. Enseguida nos llamaron de la consulta. 'Aquí hay algo muy feo', nos advirtieron, hasta que nos confirmaron que tenía cáncer de pulmón». Iñaki falleció con 66 años. «Fue una conocida la que me paró en la calle para decirme que un vecino de Beasain había fallecido de un cáncer causado por el amianto, un material con el que había trabajado de joven. Me dijo que me informara por si a mi marido le había ocurrido lo mismo». Y así descubrió que los diez años que Iñaki había trabajado en la empresa de material ferroviario CAF como soldador, entre 1956 y 1966, le habían dejado una herencia mortal en su cuerpo, un mesotelioma pleural, la enfermedad del amianto.

Se calcula que, en los próximos veinte años, el amianto será el causante de entre 8.000 y 10.000 muertes en Euskadi, 60.000 en España y 500.000 en Europa. La cifra de cuántas víctimas se han registrado hasta la fecha es imposible de adivinar. No hay un registro oficial y muchos fallecidos, como Iñaki, murieron sin descubrir que el origen de su cáncer estaba en el trabajo. Sí se sabe que en los cuatro primeros meses de este año se han reconocido ya más casos de cáncer profesional (27) que en todo 2010 (25), según datos del registro de la Seguridad Social aportados por CC OO.

«El problema se está extendiendo, porque precisamente uno de los efectos perversos del mineral es que los cánceres que causa surgen al cabo de entre 20 y 30 años de la exposición», explica Jesús Uzkudun, responsable de Salud Laboral de CC OO y uno de los primeras figuras en Euskadi en iniciar la batalla legal para que el amianto fuera reconocido como enfermedad profesional.

No tener síntomas -recuerda- no significa haberse librado de «la epidemia» de cánceres que provocan las fibras y el polvo de este mineral acumulado en los pulmones de los afectados. «Con los mesoteliomas causados por el amianto pasa un poco como con el tabaco. La persona que ha fumado durante veinte años y lleva una década sin fumar no cree que pueda sufrir un cáncer de pulmón y sí puede», explica Javier Laparra, neumólogo del Hospital Donostia. Basta, además, con haber inhalado una dosis pequeña para acabar contaminado. «La única prevención que existe es no haber estado expuesto», precisa el especialista. Quienes sí hayan estado en contacto con el amianto tienen derecho a una revisión periódica para la detección precoz de las enfermedades asociadas, como la asbestosis y el mesotelioma pleural. En el plan vasco de vigilancia sanitaria están censados 4.081 trabajadores, entre jubilados y operarios que ahora manipulan el mineral en las labores de desamiantado de edificios.

El símbolo de las víctimas

Espe Jiménez y Mari Jose Arbelaitz forman parte de esa lista. Ex trabajadoras de la empresa Paisa de Rentería, se enteraron por el periódico del caso de una compañera a la que los jueces habían reconocido la incapacidad absoluta. Era María Isabel Tobías, que denunció públicamente su enfermedad profesional hasta su muerte en noviembre de 2007. «Ella nos abrió el camino al resto», explican. Su drama quedó reflejado en la película 'La plaza de la música', nombre actual del solar de Rentería en el que se levantó la fábrica de Paisa hasta que fue desmantelada en 1975. A escasos metros, donde hoy hay columpios, se asomaba el balcón de su casa, justo en uno de los laterales de la empresa donde estaban los extractores que expulsaban permanentemente el polvo mortal. Su madre, Araceli Márquez, lo respiró durante años, hasta que murió. Cuando sus hijos descubrieron que el diagnóstico había sido un mesotelioma pleural maligno, quisieron recomponer el puzzle, conocer otros casos y destapar el calvario desconocido de tantas y tantas familias.

La abogada Nuria Busto apela a «la necesidad de una mayor concienciación social» como baza para seguir. Letrada de la asociación de víctimas del amianto, su padre, Santiago Busto, fallecido en 1997 de un mesotelioma de peritoneo, pero los jueces no le reconocieron la enfermedad profesional. «Nuestra pelea judicial fue como una gota en el océano, estábamos prácticamente solos», recuerda.

El respaldo de las sentencias

Los casos pasaron de ser anecdóticos a engrosar una lista cada más larga. El respaldo definitivo lo recibieron a principios del 2000, cuando el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco reconoció la muerte de un trabajador por amianto y obligó a la empresa a indemnizar a su familia. «Para eludir responsabilidades, las compañías siempre se han escudado en que no había una ley que prohibiera el amianto hasta 2002 y que, por lo tanto, ellas también han sido víctimas de la misma ignorancia». En las últimas sentencias favorables, los jueces han determinado que sí existía una legislación que, si bien no prohibía su uso, advertía de los riesgos del amianto y de la obligación de tomar medidas preventivas. En 1978, un decreto ya reconocía el cáncer de pulmón y mesotelimoa como enfermedad profesional, y en 1993 se aprobó otro para reducir los riesgos de los trabajadores expuestos al amianto. «Las alertas fueron silenciadas durante décadas, despreciando el principio de precaución», denuncia Jesús Uzkudun.

Josefina Oyarbide logró hacer del dolor por la muerte temprana de su marido una causa invencible de lucha. Convencida de que la batalla tenía que empezar ganándose en los tribunales, logró que el mesotelioma que acabó con la vida de su marido fuera reconocido como enfermedad laboral. La demanda de recargo de prestaciones por falta de medidas de seguridad a CAF también le fue aprobada, aunque fue recurrida, y, en un tercer juicio, la empresa de Beasain ha sido recientemente condenada a indemnizar a la familia con 104.000 euros por daños y perjuicios. «Claro que el dinero no te alivia el dolor, pero sí satisface la sensación de justicia, de que te reconozcan que a tu marido no lo mató un cáncer porque sí, sino porque tragó amianto».

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