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Dos médicos llegan a áreas remotas de Nepal para operar a enfermos de cataratas. Su programa salva cada año de la ceguera a unas 15.000 personas

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Para decenas de miles de nepalíes, su tierra no es un conjunto majestuoso de montañas, valles y cielos cercanos, sino un simple borrón de sombras y bruma o, aún peor, un angustioso telón negro. Cada año, unos 60.000 habitantes del país asiático pierden la vista por culpa de las cataratas y afrontan el triste destino de los ciegos en un país rural y pobre, donde hacen falta todas las manos y todos los ojos para salir adelante: «Si la familia no puede permitirse que alguien dedique el tiempo a ocuparse del pariente ciego, éste se queda totalmente descuidado y, a menudo, lo dejan solo en un rincón durante todo el día», resumen los responsables del Proyecto Cataratas del Himalaya, una ONG dedicada a rescatar a estos enfermos de las tinieblas y el abandono. Al doctor Sanduk Ruit, uno de sus fundadores, sus pacientes suelen llamarle directamente 'dios', aunque lo suyo tiene bastante más mérito que hacer un milagro con un pase de manos.

Ruit nació en el remoto poblado nepalí de Olangchungola, en las faldas del Kangchenjunga, a una semana a pie de la escuela más cercana, pero su familia pudo enviarle a estudiar a India. Su vocación de médico surgió a los 17 años, cuando su hermana murió de tuberculosis, y posteriormente se especializó en oftalmología. Ante los devastadores efectos de las cataratas, tan fáciles de operar, puso en marcha una iniciativa que pronto se convirtió en una misión vital: emprendió un febril programa de intervenciones, gratuitas para los más pobres, que tienen su centro neurálgico en el hospital de Tilganga, en Katmandú. Y, como las personas con menos recursos no pueden desplazarse hasta la capital, el doctor empezó a organizar expediciones periódicas hacia todos los rincones del país, donde establece 'quirófanos de campaña' sin importar que no haya agua potable ni suministro eléctrico. Un detalle más: a comienzos de los 90, cuando inició su actividad, las lentes intraoculares que implanta a los enfermos costaban unos cien dólares, pero se dio cuenta de que la materia prima para producirlas salía por sólo 60 centavos, así que estableció una fábrica que ahora exporta a más de medio centenar de países.

El primer salto de 'puenting'

Al principio, a Ruit le ponía verde la inmensa mayoría de sus colegas, que desconfiaban de las condiciones que podía ofrecer cualquier colegio polvoriento para intervenir contra reloj a cientos de enfermos oculares. Pero también fue ganándose adhesiones, como la del otro fundador de la ONG, Geoff Tabin, un médico estadounidense con un perfil peculiar: fue el primero que hizo un salto de 'puenting' en su país y, en 1991, se convirtió en la cuarta persona que coronaba las Siete Cumbres, las montañas más altas de cada continente. Con esas aficiones, no resulta raro que acabase allá arriba, en Nepal, operando junto a Sanduk Ruit en uno de sus quirófanos improvisados. Aquella primera vez, Tabin completó 23 intervenciones de cataratas en unos pocos días. «Parece mucho -recuerda-, pero en ese mismo tiempo el doctor Ruit hizo 201».

El proceso -que los propios médicos han puesto también en práctica en países como Corea del Norte, Camboya, Bangladesh, Vietnam, Etiopía o Ghana- se asemeja a una cadena de montaje, por mucho que esa comparación le reste algo de mística. Los doctores y sus ayudantes establecen un quirófano en el edificio del poblado que mejor se preste y comienzan a operar a la multitud, llegada de toda la comarca. Hacen jornadas de trabajo de doce horas, en las que Ruit mantiene un ritmo de siete operaciones por hora. Entre un paciente y otro, sólo transcurre un minuto, y si se les estropea el generador eléctrico prosiguen alumbrados con linternas. El momento mágico llega al día siguiente, con la retirada de los parches a los enfermos, que vuelven a encontrarse con el mundo que un día perdieron y creen ver en el médico la cara amable de algún dios.

Entre 12.000 y 15.000 personas se benefician cada año del programa, que además ha formado a un centenar de doctores. «No hay ningún otro sitio donde pueda marcar una diferencia tan grande en las vidas de la gente. Soy muy afortunado», dice Ruit. Aunque Nepal tiene una de las prevalencias más altas, su ONG recuerda que las cataratas no son precisamente un problema regional: en todo el mundo, unos veinte millones de personas se han quedado ciegas a causa de esta enfermedad, y los expertos calculan que la cifra podría elevarse a cuarenta millones a lo largo de esta década. La operación que realizan los doctores Ruit y Tabin cuesta unos quince euros.

 

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