Imprimir

Cristianos perseguidos

on . . Visitas: 922


Aunos cincuenta kilómetros del bullicioso centro de la ciudad, un gran arco coronado por una cruz de hierro flanquea la entrada al barrio cristiano de Lahore,  donde viven 30.000 cristianos, la mayor comunidad de toda Asia. Sus polvorientas calles están llenas de puestos de venta de imágenes de la Virgen María y Jesucristo,  crucifijos de todos los tamaños, rosarios y escapularios.  Al recorrerlas uno se siente que va de peregrinación.  Aunque pueda parecer exagerado, este fervor religioso es un síntoma de marginalidad en un entorno de mayoría musulmana.  La minoría cristiana de Pakistán, que no suma más de un cinco por ciento de la población,  vive en situación de peligro constante por las amenazas de los extremistas islámicos.

El barrio cristiano de Lahore es quizá uno de los pocos lugares de todo el país en el que los vecinos «no se sienten intimidados», asegura a LA RAZÓN Shohail Johnson, coordinador de la ONG Sharing Life Ministry Pakistan,  que dirige varios centros de acogida para cristianos amenazados.

Johnson ha ayudado a Ashik Masih, esposo de la condenada a la horca por blasfemia Asia Bibi, a buscar una nueva vivienda de alquiler cerca de la Prisión Central de Sheikhupura, para poder visitar más fácilmente a Asia. «Nosotros hemos alquilado una casa al lado de la prisión  para que Ashik y sus hijas puedan instalarse y estar más cerca de su madre», explica el asistente social.  «Haremos todo lo que esté en nuestras manos para apoyar a Asia», asegura.

Estos centros de ayuda, situados en zonas periféricas del barrio cristiano, se han convertido en el refugio de centenares de familias e individuos que han tenido que huir de sus hogares en  aldeas remotas de diferentes zonas de Pakistán. Por lo general,  son gente sin recursos económicos que trabajan como campesinos,  fabricantes de ladrillos o barrenderos.  «A los cristianos, aunque estemos cualificados,  sólo se nos ofrecen este tipo de oficios»,  comenta Johnson mientras nos dirigimos a uno de los centros de acogida.

«Nos consideran ciudadanos de segunda clase y, en ocasiones,  nos tratan como a perros», denuncia este cristiano, antes de agregar que «no tenemos igualdad de oportunidad para conseguir otros trabajos  más respetables debido a la rampante pobreza en nuestra comunidad». «Muy pocos tienen la oportunidad de estudiar. Trabajamos en las tierras de terratenientes musulmanes,  y los capataces,  también musulmanes, abusan de nuestras hijas»,  insiste Johnson, que opina que «la mayoría de musulmanes paquistaníes piensa que los cristianos pertenecemos a la casta baja de los intocables (antes de la partición del subcontinente indio)».  

Una gran verja de metal protege el edificio de dos plantas.  Una hilera de niñas se arrincona en una habitación convertida ahora en una escuela improvisada,  gracias a la iniciativa de Sharing Life Ministry. La profesora supervisa a unas concentradas alumnas que han cambiado el frío de la calle por el aprendizaje en las aulas. Kiran Younas tiene 15 años de edad. Hasta hace unos meses trabajaba limpiando la casa de una familia musulmana adinerada. Una discusión la obligó a abandonar el trabajo y a empezar a recorrer la calle hasta que encontró este refugio gratuito abierto cinco días a la semana: «Quiero aprender a poder valerme por mí misma. Antes no tenía estudios. No tenía dinero para poder aprender. Ahora,  poco a poco,  estoy aprendiendo a  dibujar, coser y escribir en inglés y urdu», explica Kiran mientras su profesora, Tashi Sohail, la alienta a seguir adelante: «Los padres con escasos recursos económicos no pueden permitirse brindar una educación a sus hijos.  Aquí les enseñamos a leer y a trabajar, pero sobre todo les enseñamos a creer en ellas», puntualiza la maestra.

Casas quemadas

La coordinadora del centro, Amber Mary,  se muestra preocupada por la situación en la que viven centenares de cristianos en Pakistán. «En una sociedad dominada por el hombre y la violencia, las minorías siempre quedan relegadas a un tercer plano; especialmente las mujeres, que muchas veces son forzadas a cambiar de religión o son raptadas por fundamentalistas»,  advierte Amber, mientras lamenta  la escasez de medios, la falta de educación y el auge de los grupos extremistas musulmanes.

El caso más grave de violencia contra cristianos ocurrió el 30 de julio 2009. Una multitud de extremistas de una organización prohibida, Sipah-e-Sahaba, prendió fuego a viviendas de cristianos en una aldea punjabí de la localidad de Gujra, a  unos 200 kilómetros de Lahore.  Más de cuarenta casas quedaron destruidas y  siete cristianos perdieron la vida atrapados por el fuego.

Unos edificios enmohecidos dejan paso a hileras de chimeneas que albergan entre sus humos centenares de fábricas de ladrillos.  Entre el hollín que desprenden los trabajadores, un desvío conduce al centro Apna Ghar,  otro  refugio para cristianos. El centro nació en 2000 como un salvoconducto que acoge a aquellas mujeres que han sufrido persecuciones, arrestos y amenazas.  Allí, encontramos a Bushra Nazir, de 26 años, que llegó al centro en febrero de 2009,  huyendo de su marido que la obligó a convertirse al islam. Tras sufrir continuas vejaciones y maltratos, Nazir abandonó Karachi embarazada y con sus otros tres hijos para buscar ayuda en Apna Ghar. Con el tiempo, esta cristiana ha aprendido a coser y a leer en el centro.

En otra habitación, una tenue luz ilumina los delicados cuerpecitos de Parvisha y Sanam Masih, de 9 y 12 años, que se refugian bajo la sombra de su padre. Sus ojos son incapaces  de enmascarar la sensación de miedo y desamparo que han arrastrado durante los dos últimos años de sus vidas.  Pero la pesadilla todavía no ha terminado para ellas. Hace un año fueron drogadas, secuestradas y llevadas a Karachi para trabajar forzosamente. Y sólo gracias a la valentía de su padre pudieron ser rescatadas. Pero las amenazas continuaron y no pueden regresar a su aldea natal.  En varias ocasiones su vivienda ha sido ametrallada: «No tenemos dónde vivir. Nos han amenazado en repetidas ocasiones con que si volvemos nos van a matar», explica el padre de las niñas, mientras Parvisha respira, suspira y se funde en un abrazo con su hermana. Saben que su sufrimiento todavía no ha acabado. Ni para ellas ni para la mayoría de cristianos amenazados.

Implantación de la sharia

«Las minorías cristianas atraviesan un momento complicado en el país. Muchos menores son secuestrados para convertirlos al islam. Hasta han llegado a nuestros despachos varios casos de adiestramientos a  menores secuestrados para usarlos como suicidas», alerta el padre Joseph Frances, sentado detrás de su mesa de despacho donde se apilan centenares de documentos de casos sobre violencia contra cristianos.

«La situación empeoró mucho tras la implantación de la sharia en varias partes de Pakistán»,  afirma el padre Frances, antes de añadir que la Iglesia de Pakistán lleva años pidiendo la derogación de la ley sobre la blasfemia, «cuya aplicación viene siendo un peligro por el abuso de la misma». «Cualquier excusa es buena; si se quiere hacer daño a un adversario o enemigo, se le acusa de blasfemia», insiste el padre. A menudo, se ha comprobado que las acusaciones son totalmente falsas. En el caso de Asia Bibi, «ha faltado una investigación tanto de la Policía como del tribunal. Por desgracia, es el juego del poder de los fuertes que machacan a los débiles».

Si los líderes religiosos musulmanes dicen que  «la Ley sirve para proteger el honor del Profeta», los políticos «sufren las presiones de los grupos islámicos radicales, y esto sucede también con las autoridades locales y de la Policía»,  denuncia el sacerdote.


Una cruel «ley antiblasfemia»
Como adelantó LA RAZÓN, Benedicto XVI  ha  pedido que la cristiana Asia Bibi sea puesta en libertad. Esta mujer  ha sido condenada a la horca sin más motivo que sus creencias religiosas. No hay otro motivo. Una discriminatoria «Ley Antiblasfemia» ha permitido innumerables abusos contra los cristianos de manera especial, que viven escondidos, pero también contra otras minorías religiosas,  como los ahmadis, que se consideran a sí mismos musulmanes, pero ni el Gobierno paquistaní los aceptan porque no consideran a Mahoma el último profeta enviado por Dios. 

Según el movimiento, fundado en 1889,  el profeta Mirza Ghulam Ahmad (1835-1908)  fue enviado por Dios «para terminar las guerras religiosas y restituir la moralidad, la justicia y la paz». Entre tres y cuatro millones de paquistaníes son seguidores de esta minoría musulmana, la cual tiene prohibido viajar a la Meca en peregrinación y orar públicamente.  Durante más de un año los ahmadis denunciaron a la Policía de Punjab por posibles amenazas contra su comunidad en el distrito de Model Town, un barrio periférico a las afueras de la ciudad de Lahore.

El pasado 29 de mayo, dos mezquitas ahmadis fueron atacadas por varios comandos suicidas y mataron a casi un centenar de feligreses.  «Durante años hemos estado sufriendo las persecuciones y amenazas de los extremistas. No creemos que la venganza sea el camino para acallar esta tristeza, no profesamos el odio», explica Abdul R,  representante activo de la comunidad ahmadi, que vivió durante años en España hasta que regresó hace siete años a Pakistán.

Utilizamos cookies para mejorar nuestro sitio web y para ofrecerle contenidos más interesantes. Para obtener más información sobre las cookies y cómo eliminarlas, consulte nuestra Política de Privacidad.

Sí, acepto cookies de esta web