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Iglesias y sindicatos

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Quizá por eso crea también su mística, su sacerdocio y una liturgia parecida en la que las misas se tornan asambleas y las procesiones en manifestaciones. En definitiva, se trata de que el proletario tradicional abandone sus viejas devociones y se afilie a otras más terrenales. Más que desengancharse del famoso opio al que se refería Marx, se quería buscar otro nuevo, una nueva adicción.

Ese paralelismo se vuelve a repetir ahora que ambas instituciones pasan por una crisis, debida a una causa semejante. El mundo moderno pone en cuestión valores esenciales sobre los que se asientan las creencias religiosas y sindicales, y aleja de los templos y las sedes de las centrales a la gente joven. ¿Acaso no son las ONG de hoy y las redes sociales dos pruebas de que nuestros chavales se distancian de fórmulas tradicionales de participación?

El local del sindicato y la parroquia ofrecen la misma imagen. Viejos iconos del santoral laico o religioso, con sacerdotes y liberados que se esfuerzan por mantener la llama encendida, mientras la vida discurre al margen. Mucha gente es de un sindicato o está adscrita a una parroquia más por costumbre que por convicción. La práctica real es escasa. Se reduce a momentos señalados: el conflicto colectivo, o la boda o el sepelio de un allegado. Aparte de eso, la pertenencia es pasiva.

Sin embargo, el agnosticismo abierto no es mayoritario. Sólo una minoría abomina del sindicalismo o la religión en general, aunque se critique el funcionamiento de la Iglesia y las centrales. Es como si la gente dejara la puerta abierta a una reforma profunda de instituciones que siguen considerando necesarias. Nadie o muy pocos se atreven a decir que el mundo iría mejor sin sindicatos que se hagan sentir, o iglesias que cultiven el espíritu humano.

Todo esto viene a cuento del Primero de Mayo. Las pancartas, mensajes y consignas son más o menos las mismas que se vieron y oyeron el año pasado o el anterior. El sindicalismo se ha instalado en la admonición, como si su reino no fuese de este mundo, o si los cambios de este mundo estuvieran fuera de su comprensión. Las manifestaciones son un rito, sin más propósito que proclamar que los sindicatos siguen estando ahí y que hay que contar con ellos para afrontar la crisis.

Nadie lo duda. Con todo, su estilo resulta anacrónico y las palabras de sus portavoces denotan desconcierto. Al sindicalista profesional le empieza a pasar lo mismo que a algunos curas chapados a la antigua, desbordados por los cambios que se producen en un entorno con el que han perdido contacto. El dilema es muy parecido: o enrocarse en los principios tradicionales, o adaptarlos a una sociedad que se les escapa a toda prisa y que querría ver en ellos respuestas adecuadas. En este Primero de Mayo no ha habido muchas. La liturgia lo ha sido casi todo.

 

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