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Inventar a Dios

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Decía Brenan, que era un tipo libidinoso y flemático como un inglés de Málaga, que sólo las religiones que están vivas son capaces de engendrar herejías. De herejía no sé, pero de cruzada social contra la Iglesia Católica se puede tildar ese regusto que muestran algunas gentes ante los últimos acontecimientos que la han salpicado. Ratzinger, que es un señor germánico y elevado, ha prometido sajar el cáncer a base de bisturí y tenaza. Que así sea.

Sin embargo, este hecho penoso y vergonzante, unido a otros aventados y jaleados con estruendo por la progresía «bienpagá», le hacen el caldo gordo a estos mismos que, con ese afán revisionista tan en boga, pretenden vendernos una Iglesia de los tiempos de Torquemada.

Quienes me conocen y me tratan saben que no soy persona especialmente religiosa ni practicante. Lo cual no quita para que, como Krahe, prefiera caminar con una duda, que con un mal axioma. Y es que la Iglesia de Roma, la fe católica, al menos en lo que conozco, es la única que de verdad está presente allá donde nadie más quiere estar: en esos rincones donde la miseria, el hambre y la mierda son un credo.

Supongo que tampoco será casualidad que los movimientos sociales laicos y las ONGs tengan su cuna en países de evidente influencia y cultura cristiana. Supongo que será una forma de decir yo no pero sí, con hechos tangibles y cristianos que contrarían las palabras y los reniegos.

Se sabe bien que no es oro todo lo que reluce. Ya nos advertía don Miguel de Cervantes, siempre temeroso de toparse con la Cruz, que había que desconfiar del caballo por detrás, del toro por delante y de los curas por todas partes. No obstante lo cual yo también, como Voltaire, soy de la opinión de que si Dios no existiera, habría que inventarlo... al estilo del que «inventaron» en Roma.

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