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Las mujeres afganas toman el control de sus vidas a través del teatro

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elmundo

26-07-2011bisEn el escenario, los actores cuentan la historia de un padre que presiona a su joven hija para que se case con un hombre mucho mayor que ella, un comandante, y así solucionar los problemas financieros de la familia. La hija se resiste, el padre la golpea a pesar de la intervención de la madre y, finalmente la chica amenaza con suicidarse.

La escena es familiar para esa audiencia de mujeres afganas. Los matrimonios no consentidos, precoces y forzados son una realidad en este país donde, en la práctica, la costumbre suele chocar a menudo con la ley. También esa audiencia conoce bien el poder de los 'comandantes', los jefes de las milicias armadas que lucharon en los conflictos pasados, pero que, ya sea por conveniencia política o por la debilidad del estado afgano para ejercer su autoridad, nunca fueron desarmados.

Después de más de tres décadas de conflicto, este escenario, donde se recrean los elementos de las guerras de Afganistán, es uno de los pocos foros en el que las mujeres pueden enfrentarse al trauma vivido y expresar sus sentimientos. Cambiar la situación sobre el escenario ya es un paso adelante para una mayoría de mujeres que sienten haber perdido el control sobre sus propias vidas.

A pesar de los miles de millones de dólares vertidos en ayuda al desarrollo para Afganistán, las instituciones del país siguen siendo débiles y corruptas y apenas hay voluntad política para aplicar las leyes e iniciativas aprobadas.

Por ejemplo, aunque el gobierno aprobó un plan de "justicia transicional", que trataba de reconocer el sufrimiento de las víctimas de la guerra y compensarlas, en 2007 ésta quedó sobrepasada por otra ley que daba una amnistía a todos los que participaron en el conflicto, incluyendo a aquellos que estaban acusados de crímenes de guerra, lo que dejó a muchos afganos con la sensación de desamparo y de que nadie les escuchaba.

Enfrentarse al dolor

En ese espacio de mujeres – jóvenes y mayores, educadas y analfabetas, de clase media y pobres - Zahra Yagana invita a la audiencia a intervenir. "Vengan y díganos cómo cambiar esta situación", les pide, alentándolas a superar sus inhibiciones.

Yagana es una facilitadora de Qanoon Guzari, un proyecto de teatro impulsado por la Organización Afgana para los Derechos Humanos y la Democracia (AHRDO, por sus siglas en inglés), que trata sobre los temas cotidianos a los que se enfrentan muchas mujeres: patriarcado, matrimonio forzoso, violencia doméstica, falta de acceso al empleo, divorcio y costumbres como el baad (entregar niñas para solventar disputas) y el baadal (cambiar un matrimonio), ambas sin tener en cuenta el consentimiento de las mujeres.

La propia Yagana sufrió en carne propia la brutal experiencia del matrimonio forzoso, el abuso doméstico, el patriarcado y una pobreza hiriente. Casada a los 13 años con un hombre adicto a las drogas, Zahra padeció la violencia en el hogar y una extenuante miseria. Tenía que trabajar 16 horas al día como empleada en una ladrillera para mantener a la familia ya que su esposo vendía una tras otra las pocas pertenencias familiares.

La mayoría de las mujeres de la sala pueden explicar situaciones parecidas tanto en sus vecindarios como en sus hogares.

Farida Majidi tiene 39 años y se define como una "esposa sin educación". Perdió a varios miembros de su familia en la guerra. Un cuñado fue asesinado por los muyaidines porque trabajaba para el gobierno prosoviético, otro de sus cuñados perdió ambas piernas en la explosión de una mina antipersona, y dos sobrinos fueron abatidos por pistoleros desconocidos. Cuando su casa resultó impactada por un misil, la familia huyó y se refugió en Irán.

"Cuando regresamos a Kabul, yo no salía de casa. Me daba miedo. Estaba asustada por todo lo que la gente me decía", confiesa Majidi. El primer día que ella fue al taller de teatro, no quiso mostrar su rostro ni hablar. Nadie la obligó a hacerlo. Pero, poco a poco, fue ganando confianza. "Aprendí muchas cosas. Me siento valiente. Puedo compartir mis ideas. Decidí trabajar haciendo artesanías en casa. Colaboro en los ingresos de la familia y mi esposo está también feliz. Él mismo me dejó aquí, en la oficina de AHRDO de camino a su trabajo", dice con orgullo.

El certificado de AHRDO que declara que Majidi completó las dos semanas de formación es algo tan valioso para Majidi que lo guarda junto a sus joyas.

Problemas psicológicos generalizados

El trauma emocional es quizás el secreto mejor guardado en las brutales guerras que azotaron Afganistán. Casi cada uno de los afganos ha perdido a un miembro de su familia o ha sufrido directamente la brutalidad de la violencia. Aunque se calcula que el 60% de los afganos han sufrido desórdenes psicológicos como consecuencia de la guerra, apenas hay equipamientos destinados a salud mental, y los trabajadores sociales o comunitarios están apenas comenzando a formarse para hacer frente a este ingente mar de angustia.

Los hombres son los que dominan en las estadísticas de muertos, pero son las supervivientes, las mujeres, quienes sufren las consecuencias de la violencia psicológica y física en el hogar, así como de la violencia sexual. Las restricciones sociales también han dificultado que las mujeres accedan a estrategias para encarar esta situación, incluyendo la interacción con redes sociales más amplias.

Wasima Amiri es una joven brillante de unos veinte años que puso en marcha su propia empresa de mermeladas, conservas y otros alimentos. Su vida ahora es relativamente cómoda, pero aún carga con el peso de sus años más jóvenes cuando su familia quedó debilitada por la enfermedad de su padre que le mantuvo en cama durante once años hasta su muerte. "Antes de venir aquí, no podía compartir mis sentimientos. En casa, no tenía el hábito de hablar. Hay cosas que no puedes decir a tu familia. Hay temas que no puedo compartir con mi madre o con mi hermano porque luego lo utilizan en tu contra y salen a colación una y otra vez. Aquí pude abrir mi mente y mi corazón".

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