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La otra lucha climática

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08-01-2012jeEl diario «Le Figaro» filtraba hace unas semanas que una empresa de ingeniería tiene un proyecto para «reverdecer» la Torre Eiffel. ¿Cómo? Pues cubriendo su estructura con 600.000 plantas para convertirla en un árbol gigantesco que absorba aproximadamente el mismo CO2 2 que esta atracción turística emite cada año. Esto mismo, pero a gran escala y en ocasiones con ideas que parecen sacadas de una película de ciencia ficción, es la llamada geoingeniería, que trabaja en tecnologías para intervenir en el sistema climático del planeta. Si en París esa intervención en su monumento más emblemático está trayendo cola, la controversia se dispara si se habla de controlar el clima.

Desde hace décadas muchos grupos de investigación en todo el mundo trabajan en soluciones novedosas al calentamiento global: fertilizar los océanos con hierro, modificar las nubes para que reflejen luz solar al espacio, desarrollar árboles artificiales... o algunas más futuristas, como poner en órbita en el espacio una especie de sombrilla gigante para bloquear la radiación solar, por ejemplo. Ideas que en la mayoría de los casos no han pasado de proyectos, ponencias en congresos y algunas páginas en revistas científicas. Y es que el objetivo principal de la lucha contra el calentamiento global ha sido siempre estabilizar la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero, esto es, las llamadas acciones de mitigación que logren bajar «los humos» al planeta.

Sin embargo, en los últimos años las voces a favor de la geoingeniería empiezan a oírse cada vez con más fuerza, toda vez que el consenso científico apunta a que no nos podemos permitir que la temperatura media del planeta suba más de 2 grados centígrados sobre los niveles preindustriales. Si a esto se suma que las emisiones no dejan de aumentar, un 49% desde 1990, y el fracaso de las últimas cumbres de la ONU de lucha contra el cambio climático, se dan las condiciones perfectas para que empecemos a pensar cómo «maquillar» las emisiones en lugar de cómo reducirlas.

En Estados Unidos, el debate tuvo su punto más alto en 2010, tras el fiasco de la Cumbre del Clima en Copenhague, con la organización de un congreso en California que reunió a investigadores de todo el mundo. También en Europa, ese mismo año un estudio del Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido abordaba la cuestión y planteaba que la geoingeniería podía ser una parte de la solución al cambio climático.

En los últimos meses este debate se ha acentuado. Así, en octubre, el Bipartisan Policy Center, con sede en Washington, publicaba un informe en el que llamaba a poner en marcha un programa federal de investigación para «explorar la posible eficacia, viabilidad y consecuencias de las técnicas de control del clima». Solo un mes más tarde, la Universidad de Harvard hacía público un documento de debate en el que se evalúan los diferentes escenarios para cada una de las técnicas de geoingeniería planteadas hasta ahora. El informe, preparado por Daniel Bodansky, de la Universidad Estatal de Arizona, empieza planteándose la pregunta del millón: «¿Cuánto estamos dispuestos a apostar a que los países tengan éxito en la reducción de sus emisiones de CO2?».

Sin embargo, la puesta en marcha de este tipo de técnicas plantea muchos interrogantes y miedos, pues el sistema climático es uno solo y una actuación local podría tener consecuencias globales. ¿Quién tomaría la decisión de aplicar estas técnicas en un momento dado? Difícil pregunta, a la que Ken Caldeira, reputado científico de la Institución Carnegie, responde: «El riesgo potencial de conflicto político y militar es tan grande, que no merece la pena».

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