Malos tiempos para los renos
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alzar el vuelo con una naturalidad y una elegancia más propias de las águilas.Pero el rebaño doméstico del viejo gordinflón, que ya estará reponiendo fuerzas allá en el norte tras repartir regalos por todo el planeta, constituye un caso excepcional dentro de la población mundial de esta especie, sometida a un rapidísimo descenso demográfico.Esta evolución tiene muy preocupadas a las autoridades de Canadá, donde no se trata de un animal cualquiera: más allá de aparecer en la moneda de veinticinco centavos, el caribú es la principal fuente de alimentos para los pueblos aborígenes del entorno ártico y tiene un enorme peso simbólico en sus sistemas de creencias. Al fin y al cabo, hay científicos que sostienen que los primeros pobladores del nuevo continente atravesaron el estrecho de Bering persiguiendo a estos mamíferos, tan apreciados por las comunidades nativas: además de comerse su carne rica en calorías, utilizan las pieles en la fabricación de tiendas, ropa, calzado y esteras, mientras que los cuernos y los huesos se aprovechan para hacer herramientas.
Cada dos años se celebra un Seminario Norteamericano del Caribú, en el que se reúnen investigadores, representantes del Gobierno y delegados indígenas: el último, que tuvo lugar en Winnipeg, dobló a los anteriores en número de participantes y concluyó con una sensación general de desastre inminente.
La influencia humana
No está claro si debemos asumir parte de la culpa. Las oscilaciones demográficas muy marcadas siempre han sido una característica de los caribúes migratorios, que alcanzaron un mínimo histórico en Canadá a mediados del siglo XX, pero los indígenas consideran que este nuevo ciclo es distinto y tiene más que ver con la creciente actividad industrial en la zona. La ONG Survival ha recogido el testimonio del pueblo innu, repartido entre las provincias canadienses de Quebec y Labrador, que ve en la desaparición progresiva de los caribúes del río George «el precio» por la minería de hierro, la inundación de grandes áreas para obtener energía eléctrica y la construcción de carreteras que atraviesan las rutas migratorias de los rebaños. «Nuestros ancianos saben que los animales serán los primeros en sentir los efectos de todo este daño. La cadena de alimentos se romperá y muchos acabarán sufriendo», se ha lamentado Alex Andrew, un miembro de esta comunidad indígena. La tundra, donde habitan estos caribúes, es además un ecosistema particularmente sensible al calentamiento, que altera el delicado equilibrio de las heladas e impone nuevas condiciones de vida a la fauna.
«En el caso de los caribúes migratorios de la tundra, estamos empezando a entender cómo las actividades humanas, incluida la caza, interactúan con otros procesos ecológicos», apunta un estudio publicado este año en el 'Canadian Journal Of Zoology'. Las autoridades de las distintas regiones del país, apuradas a tomar medidas, han empezado por restringir la caza: en Labrador, donde se abrió la veda el martes pasado, se ha reducido la temporada de ocho a tres meses y se tolerará solo un animal abatido por licencia. Pero el problema de la desaparición progresiva de los renos no se limita a Canadá, Alaska y Groenlandia: un estudio de la Universidad de Alberta analizó en 2009 la evolución de 42 grandes manadas del hemisferio norte, incluidas Escandinavia y Rusia, y comprobó que solo ocho habían crecido, mientras que el resto estaban sometidas al mismo declive. «Nos sorprendió esta ubicuidad», ha admitido Liv Vors, una de las autoras del estudio.


