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El irrespirable aire chino

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larazon

09-12-2011bisMuchas de las cosas que se han debatido estos días en la Conferencia sobre el Cambio Climático de Durban (Suráfrica) se pueden sentir en la nariz y los pulmones dando un paseo por la capital de China, el país más contaminante del mundo. Basta salir a la calle y respirar la bruma lechosa y de olor penetrante que envuelve durante semanas enteras ciudades como Pekín o Wenzhou. Y es de éste país del que depende llegar a un acuerdo climático, aunque sea de mínimos, según la opinión de numerosos delegados. El pasado domingo la contaminación obligó a cancelar cientos de vuelos y cerrar tramos de autopistas a causa de la falta de visibilidad. En los centros comerciales de las grandes ciudades se vende con relativo éxito un electrodoméstico poco habitual: el purificador de aire. Quienes se lo pueden permitir pagan hasta 5.000 euros por estos filtros que aligeran el envenenamiento. Los altos funcionarios del Estado y los miembros más destacados del Partido Comunista se cuentan entre sus clientes más entusiastas. Algunos, incluso, conectan las máquinas en sus coches oficiales y las mandan instalar en las habitaciones de los hoteles donde pernoctan. La obsesión de los altos cargos ilustra una angustia, la de respirar, que se ha agravado este año y que deja atrás las notables mejoras experimentadas antes y durante los Juegos Olímpicos de 2008. Las autoridades chinas se refieren a ello hablando de «niebla», eufemismo con el que se pretende minimizar la gravedad de una concentración de partículas nocivas que es diez veces superior a las de las urbes más sucias de Europa o EE UU. «Una vez inhaladas, las partículas agreden a todo el cuerpo. El efecto es especialmente severo con los bebés y niños pequeños, a quienes puede provocar enfermedades crónicas», explica Pan Xiaochuan, profesor de la división de Salud de la Universidad Médica de Pekín. Los más afectados, por supuesto, son enfermos crónicos, ancianos y niños, cuyas visitas al hospital se disparan cada vez que avanza el manto de «smog».

«El domingo llevé a mi bebé de ocho meses al hospital. Había cientos de niños con problemas respiratorios», dice Yan Yan, una madre de 27 años. La embajada de EE UU realiza sus propias mediciones de la contaminación y las publica cada hora en Twitter, certificando que respirar en Pekín oscila entre lo «muy insalubre» y lo «peligroso». Con picos como el del domingo, en el que los niveles eran tan altos que se salían de la escala.

Las razones del gigante asiático

China, que se ha convertido en el país más contaminante del mundo, se niega a alcanzar pactos vinculantes y mantiene una postura muy criticada por los países occidentales en las cumbres medioambientales. Sin embargo, el gigante asiático esgrime dos argumentos de peso. Por un lado, con sus 1.400 millones de habitantes, las emisiones de CO2 per capita son ridículas comparadas con las de EE UU y Europa. Por otro, su Gobierno invierte más que ninguno en renovables. Además, desde Pekín se considera que los países ricos llevan siglos contaminando y tienen una responsabilidad histórica, así que les toca hacer sacrificios. Así, China se compromete a que su volumen de contaminación aumente más despacio que su economía. Pero, dice, con tasas de crecimiento del 10 por ciento es imposible reducir emisiones.

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