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La lenta desaparición de la codorniz

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ideal

23-07-2011Sus cantos alegran los días de julio en los que las escopetas reposan en los armeros y los perros mantienen la forma a base de largos paseos por el campo. Su voz es la promesa de días venideros en los que el ladrar de los perros se mezclara con los olores que destilan los rastrojos al amanecer. Su vuelo, lento, sonoro, es el anuncio de que se acerca la Virgen de agosto, y con ella el comienzo de la temporada cinegética. La codorniz, esa pequeña ave prima hermana de la perdiz y del faisán y de las gallinas, es la primera presa del año. O era, porque su imparable disminución la hace cada vez una pieza más extraña.

Hace años, no era raro ver percha de 70 y 80 codornices. Ahora, en un año excepcional y en una buena jornada, los mejores quizá se cuelguen 40. O 35 si cazan en Castilla y León, que en esa región le ponen cupo a casi todo. El declive de esta entrañable gallinácea se atribuye a muchas causas, ninguna determinante por sí misma, pero que en conjunto las convierten en insuperables.

Están, por ejemplo, las variedades de trigo que cada vez necesitan menso tiempo para granar. Las llaman ce ciclo corto, y son un avance vital para los agricultores... y mortal para las codornices, que cuando llegan a la península desde Marruecos se encuentran con que sus principal fuente de alimento y defensa -los trigales-, apenas apuntan en muchas comarcas.

Está la concentración parcelaria, que ha permitido industrializar el campo y rentabilizar los cultivos a base de evitar los pequeños minifundios y unir parcelas. Un logro para todos, menos para la codorniz, que de esa manera perdió los linderos en los que se refugiaba cuando llegaba la hora de la cosecha y el trigal se convertía en rastrojo.

Está la despoblación del campo, que ha provocado un notable aumento de rapaces, raposos y córvidos, enemigos naturales de la avecilla. Los hombres no ahuyentan a las codornices, pero sí a sus depredadores. Si aquellos se van, estos reconquistan el terreno. Y nuestra amiga, indefensa, pierde la que más en la batalla.

Las soluciones no son fáciles. Y poco eficaces, probablemente. El hombre domina la naturaleza, y la consecuencia es la pérdida de especies. El precio del progreso, para algunos. La falta de cuidado, para otros. En cualquier caso, nada que compense a la pobre codorniz.

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