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Golfo de México: una catástrofe ecológica aún por estallar

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18-04-2011treEl huracán Katrina fue un mazazo que de inmediato dejó a la vista todos sus efectos devastadores. En cambio, esta semana se cumple un año del vertido de petróleo de BP en el Golfo de México, «el mayor desastre ambiental al que América se ha enfrentado», en palabras de Barack Obama- sin que su impacto pueda aún conocerse plenamente.

Las playas están abiertas, los pescadores hace tiempo que reanudaron su actividad y nuevos pozos petrolíferos han sido autorizados tras seis meses de moratoria. La vida acuática parece poco afectada, pero placas de crudo apelmazado en el subsuelo hacen temer un efecto duradero. «Lo peor es que se acerca la temporada de los huracanes, que pueden remover los fondos», alerta David J. Camerdelle, alcalde de Grand Isle. En su despacho, Camerdelle muestra sus fotos con Obama en la Casa Blanca durante la crisis. «Ahora ya pasó y los turistas han vuelto», afirma aliviado.

En este delta del Misisipi, el área que más afectada por la marea negra, Joe Stafford acaba de pescar un enorme ejemplar de «redfish», una estimada especialidad en los restaurantes de Nueva Orleans. Luego lo mostrará con orgullo. «Un buen pez. Deben de ser unas cuarenta pulgadas», dice. El entusiasmo le suelta la lengua: «Por mí, BP podría volver cuanto antes a las prospecciones, desde que están las plataformas, aquí se pesca más grande».

Un arrecife de pozos

En la desembocadura del Misisipi no son pocos los que creen que los 276 pozos petrolíferos del Golfo de México sirven como de arrecife que potencia la pesca. En el delta, los múltiples brazos del río se entretejen en las marismas con los conductos que llegan de las plataformas. Dos actividades que parecen ir de la mano, hasta que estalla la conflagración.

El 20 de abril de 2010, cuando Louisiana seguía empleada en la reconstrucción de los daños provocados por el paso del Katrina en 2005, una nueva catástrofe llegó a esas costas y a las del resto de Estados ribereños. La explosión de la plataforma Deepwater Horizon, en el pozo Macondo gestionado por la multinacional BP, provocó la muerte de once trabajadores y durante 87 días arrojó al mar 4,9 millones de barriles de petróleo.

El crudo derramado fue 16 veces mayor que el vertido por el petrolero Exxon Valdez en 1989, pero la línea de costa se vio afectada tres veces menos, debido a que la plataforma de BP estaba en alta mar y gran parte de la marea negra pudo ser dispersada antes de llegar a las playas. Pero la distancia del pozo también tenía su contrapartida: perforar en grandes profundidades supone trabajar en los límites de la tecnología.

Compensaciones

La complejidad de esta actividad ha hecho difícil encontrar una explicación exacta a lo sucedido. «Sigue sin haber una respuesta sencilla», se ha quejado estos días That Allen, que comandó la respuesta a la crisis con 47.000 personas y 7.000 buques empleados en limpiar la zona. Los informes oficiales impulsados por la Administración Obama aclaran poco. BP pudo actuar con negligencia en su deseo de acelerar plazos de explotación del pozo, pero no ha habido ningún proceso criminal. La multinacional de origen británico ha pagado ya 16.000 millones de dólares en compensaciones a los pescadores y en gastos de limpieza, mientras que el coste final puede llegar a los 40.000 millones.

«Pasarán años antes de que conozcamos el completo impacto medioambiental del derrame, complicado por la profunidad y la complejidad de los ecosistemas afectados», sentencia el libro «Un agujero en el fondo del mar», que acaba de publicar Joel Achenbach, periodista de «The Washington Post». Para Achenbach, la crisis vivida hace un año fue «una especie de 11-S medioambiental», sólo que los efectos serán retardados.

De momento ha habido una disminución de ostras, aunque no es debido propiamente al crudo, sino al incremento de agua del Misisipi vertida en las marismas para mantener alejada la marea negra. También se ha registrado la muerte de 300 delfines desde la explosión, pero no está claro el motivo, ya que el aumento en la mortandad de delfines comenzó dos meses antes.

El pescador Stafford es escéptico sobre el posible daño duradero al ecosistema. «Ni siquiera en los cangrejos, que escarban en la arena, se encuentra petróleo, y eso que dicen que se ha quedado pegado bajo tierra», dice. Pero los oceanógrafos tienen datos que no permiten ser tan optimistas. No a mucha distancia se encuentra Brian Hardcastle, del departamento de vida natural y pesca de Louisiana, que dirige una partida de quince personas que diariamente supervisan las playas. Hardcastle se remite a estudios de casos previos que indican que huevos expuestos a petróleo generan peces que nadan con menos rapidez y tienen defectos cardiacos.

El Gobierno dice atender esos riesgos, pero está presionado por el incremento del precio del petróleo y del gas, por lo que desde que en octubre terminó la moratoria ha aprobado diez nuevas prospecciones en altamar y autorizará próximamente otras quince. Por ahora, ninguna de ellas a BP.

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