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Perdón para el tiburón

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Dice el manual básico del buen periodista que 'perro muerde a niño' no es noticia salvo desenlace fatal para el menor. Por lo mismo, por habitual, podría cuestionarse el interés informativo de un ataque de un tiburón a un bañista, a no ser que la cosa acabe en necrológica. Lo sorprendente, sin embargo, es que quien se ha visto en semejante trance le dé la vuelta a la situación y, en lugar de clamar venganza, como el Capitán Garfio y el mesiánico Ahab contra sus respectivas némesis, pida la absolución de la bestia.

Es lo que hizo días atrás ante la sede de Naciones Unidas en Nueva York un grupo de supervivientes a ataques de escualos. Erguidos sobre sus piernas ortopédicas, firmes sus brazos protésicos, hombres y mujeres de distintas nacionalidades mancados por tiburones lanzaron un llamamiento urgente a la comunidad internacional: 'Salvadlos'.

La iniciativa lleva la firma del Grupo Medioambiental Pew y se suma a las de otras ONG para constatar una paradoja bien documentada. El temido depredador oceánico, el que puebla tantas pesadillas a la orilla del mar, es en realidad la víctima. Más de 73 millones de ejemplares de la gran familia de los tiburones sucumben cada año a la sobrepesca por sus aletas -delicia culinaria-, por su cartílago, usado en medicina tradicional oriental, el hígado y la piel, con distintos usos comerciales, o bien como víctimas accidentales de otras pesquerías.

«¿Tenemos derecho a llevar a cualquier animal al borde de la extinción?¿Qué necesitamos antes de actuar?», afirma Paul de Gelder. En 2009 De Gelder, un buzo militar australiano, perdió la mano derecha y parte de una pierna tras un encontronazo con un tiburón toro durante unas maniobras navales.

El joven no culpa a su verdugo. Sabe que el animal estaba en su casa y, más aún, que «al margen de lo que cualquier especie salvaje puede hacer de acuerdo a sus instintos básicos de supervivencia, tiene un lugar en el mundo».

Como otros depredadores, los tiburones pagan cara su mala fama. Es el precio de esa mordida implacable, de su mandíbula doblemente armada, de una pasmosa adaptación evolutiva al medio marino desde la aparición de sus primeros ancestros, hace 400 millones de años.

Terror ficticio

«El cine ha asustado a generaciones enteras, pero 'Tiburón' es sólo ficción». Yann Perras, de LeMans (Francia), no tiene motivos de gratitud hacia la especie. Practicaba windsurf en Venezuela en 2003 cuando un tiburón se encariñó con una de sus piernas. Hoy, amputado y todo, clama por conservar una especie que, guste o no, tiene mucho en común con el ser humano. Como nosotros, están en lo más alto de la cadena trófica. Como nosotros, son superdepredadores.

Estos días la Asamblea General de Naciones Unidas debate sobre los Objetivos del Milenio. Este es el año mundial de la biodiversidad, buena ocasión para avanzar en la protección de los tiburones en todos los siete mares. Al menos un tercio de las especies de escualos está al borde del colapso, y de otras muchas faltan datos sobre el estado de sus poblaciones. Sin tiburones, numerosos ecosistemas oceánicos perderían su equilibrio. Es una cuestión de interés común. «Si nosotros somos capaces de ver el valor de preservarlos, cualquiera puede», recalca Debie Salamone. Ella necesitó una reconstrucción del tendón de Aquiles y bastante reflexión antes de dejar de pedir en ciertos restaurantes «filete de tiburón» como represalia.

Y que nadie mire hacia tiburones lejanos. España es campeona de 'finning' dentro de Europa y uno de los cuatro países con mayor número de capturas junto a India, Indonesia y México. Se corta la aleta ( 'fin', en inglés) y, aún vivo, se desecha el resto como despojo. En Hong Kong el kilo se cotiza a unos 700 dólares. El negocio parece suculento pero, visto en perspectiva, es ruinoso. El equilibrio del océano a cambio de un tazón de sopa de aleta de tiburón. Por rica que esté.

 

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