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Coixet avisa con imágenes de un drama nedioambiental

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21-09-2010_ima1


Viejas películas de sombrillas y días de playa que dan paso a imágenes actuales de barcos varados en el desierto. Así comienza el documental de Isabel Coixet Aral. El mar perdido, con un poderoso contraste que avisa de la verdadera dimensión de uno de los mayores dramas medioambientales de la Tierra.

Es un filme de 25 minutos, rodado por la catalana para la Fundación We Are Water, que cuenta con la colaboración del actor británico Ben Kingsley, narrador de los textos, y del estadounidense Tim Robbins, autor del tema central de la banda sonora.

Son dos amigos que se han ofrecido a echar una mano a la realizadora, que dirigió en Elegy al primero y, al segundo, en La vida secreta de las palabras.

"No ha habido tanto cálculo en la preparación del documental", aseguró Coixet, que cree en la solidaridad cuando detrás hay "proyectos concretos", como afirma que ocurre en este caso con We Are Water, una organización de la empresa española Roca que trabaja con la Fundación Vicente Ferrer, Unicef, Educación sin Fronteras y Manos Unidas.

UN PROYECTO SOLIDARIO Coixet explica que los fondos que se obtengan con Aral. El mar perdido serán empleados en proyectos relacionados con el agua en los que estas ONG están trabajando sobre el terreno, como pozos y depuradoras.

"Las ONG serias están bajando en este momento la basura del mundo. Esto es lo que vale, la gente que sabe hacer cosas", destaca la cineasta, que no cree que ella y sus compañeros estén ejerciendo de embajadores solidarios. "No somos Angelina Jolie que nos ponemos el velo y vamos a Pakistán", añade.

El mar de Aral fue el cuarto lago más grande del mundo, compartido por Uzbekistán y Kazajistán. A él llegaban dos grandes ríos de Asia central, el Syr-daria y el Amu-daria, de cuyas aguas el gigante soviético se sirvió para irrigar campos de algodón que crecían sin control alguno y a los que arrojaban desde el cielo abonos y pesticidas, que siguen teniendo efectos nocivos sobre la población de la zona. Estos hechos los narra Coixet con un ánimo "didáctico", temerosa de que llegue un momento en que nadie crea que realmente hubo un mar en lo que ahora es un desierto.

 

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