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La sardina verde

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6-03-2010_ima1
Los portugueses pescan 50.000 toneladas anuales de esta especie con redes de cerco. Desde enero, sus capturas lucen el sello del respeto al medio ambiente

A este lado de la raya son sardinas asadas; al otro, 'sardinhas assadas'. ¡Hasta el nombre es casi igual! A portugueses y españoles nos une, entre otras muchas cosas, el apetito por este pececillo humilde y suculento: pocos alimentos resultan tan evocadores como una buena sardinada, esa alianza de mar y fuego que se queda impregnada en el olfato, el gusto, los dedos y la memoria. Los pescadores de la Península Ibérica ya capturaban esta especie en la época de los romanos, que la transportaban por todo el imperio en barriles e incluso aprovechaban las tripas para elaborar la variante más barata del 'garum', una apreciada salsa que ahora nos parecería más bien un vomitivo. Y, desde entonces, millones y millones de sardinas se han quedado en la raspa a ambos costados de la frontera.

Pero, desde enero, las sardinas españolas y las portuguesas -digamos que adquieren la nacionalidad al morir, según la bandera del barco que las pesque- son un poco más distintas. El Consejo de Administración Marina, MSC por sus siglas en inglés, ha concedido su sello azul a los pescadores portugueses que utilizan redes de cerco, un arte con el que el país vecino captura cada año 50.000 toneladas de esta especie. El MSC es una ONG dedicada a estudiar pesquerías de todo el mundo para comprobar si cumplen los requisitos de sostenibilidad, de manera que después puedan ser «recompensadas en el mercado» por los consumidores más concienciados. Hasta el momento, han concedido este reconocimiento a 63 pesquerías, desde el abadejo de las Aleutianas y el Mar de Bering hasta la merluza 'hoki' neozelandesa.

Escapar por el fondo

El cerco se utiliza en la Península desde tiempos inmemoriales para atrapar pescados que se mueven en grandes bancos, esas densas comunidades que se agitan al unísono, como regidas por un solo cerebro. Tradicionalmente, los buenos patrones oteaban el mar y localizaban los cardúmenes por signos casi imperceptibles, como brillos engañosos o alteraciones en el oleaje. A partir de ahí, la técnica es teóricamente sencilla pero muy exigente en la práctica: hay que cercar a los peces y cerrar la parte inferior de la red, de manera que se queden atrapados en la bolsa resultante. ¿Por qué el MSC considera que este procedimiento es sostenible? «Porque el cerco tarda mucho en cerrarse. Las sardinas pueden escapar por el fondo y, además, basta una corriente contraria o un reflejo de la red para que los peces la vean y la pesca falle», explica Humberto Jorge, de la asociación portuguesa de pesca de cerco. Los inspectores también valoran que se minimice la captura accidental de otras especies y que el hombre limite su voracidad de predador para garantizar el porvenir: en los 60, la cantidad capturada al año por los cerqueros portugueses superaba las 150.000 toneladas, pero posteriormente se han ido estableciendo cupos máximos.

El sector pesquero español ha tardado en incorporarse a esta inquietud medioambiental, pero las cosas empiezan a moverse en esa dirección: por ahora, están en trámites para obtener el sello azul la Sociedad Cooperativa Gallega Ría de Arousa y el Plan de Explotación Conjunto de la Navaja de la Ría de Pontevedra. El Consejo aporta algunos datos para justificar su labor: según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la mitad de los caladeros del mundo están en su límite biológico y otro cuarto se encuentra sobreexplotado o exhausto. «Y no es sólo nuestra comida lo que está en riesgo», puntualizan, ya que 21 millones de personas trabajan en la pesca. Más de mil especies marinas figuran en la lista roja, una escala de amenazas que va desde la vulnerabilidad hasta el riesgo crítico de extinción. Qué tristeza si, algún día, las sardinas fuesen sólo un olor en el recuerdo.

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