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"La inclusión social de la inmigración es rentable"

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Carlos Westendorp, madrileño de 73 años, lo ha sido todo en la diplomacia. Ex ministro de Asuntos Exteriores con el Gobierno de Felipe González -en sustitución de Javier Solana-, fue también primer asesor del entonces llamado Ministerio de Relaciones con la Comunidad Europea y negociador de la adhesión de España en la Unión Europea. Recientemente ha participado en unas jornadas organizadas por la Fundación Instituto Cultura del Sur, la OCDE y el Club de Madrid -think tank que preside-, en las que defendió el valor económico y moral de las políticas de inclusión y cohesión social de la inmigración.

¿La crisis está provocando que resurjan discursos de exclusión social en algunos países?

La crisis produce utopías regresivas. Es decir, hay personas que piensan erróneamente que yendo hacia atrás de todas las conquistas sociales que llevamos desde la Revolución Francesa puede encontrarse la solución a los problemas. Eso es muy preocupante porque quienes pagan los platos rotos son siempre los mismos: las clases más desfavorecidas. Tenemos que luchar contra ello con todas nuestras fuerzas.

Usted ha afirmado que la elección de gobernar mediante el miedo un fenómeno tan complejo como la inmigración no es una solución sostenible.

Efectivamente. El Gobierno que sostenga el discurso de que los inmigrantes van a ocupar nuestro puesto de trabajo y cree movimientos xenófobos para alcanzar un puñado de votos se equivoca. Una sociedad desintegrada tiene mucha menos calidad de vida que una integrada.

Parece que el discurso del miedo se extiende también al mundo económico y empresarial.

Existe un miedo justificado, pero otros no se pueden tolerar. Los justificados son los que se derivan de pensar que la situación actual es grave. Encuestas recientes en varios países apuntan que por primera vez en la historia reciente de las sociedades de bienestar europeas se cree que nuestros hijos van a vivir peor que nosotros. Y antes no era así. Un campesino que trabajaba todo el día lo hacía pensando que su hijo iba a ir a la universidad y tendría una vida mejor que la suya. ¿Cómo se lucha contra eso? Identificando los desafíos de esta sociedad como el envejecimiento o el paro, que pueden y deben combatirse con políticas públicas. Las claves son la solidaridad y la productividad. Más inclusión y cohesión social redunda en más productividad. Por tanto, la inclusión social de la inmigración es rentable.

Pero entonces, ¿usted opina que la inclusión social de los inmigrantes incrementa la productividad?

Sin duda. Sin inclusión hay más inestabilidad y más miedo. Está demostrado que los países que realizan políticas inclusivas son mucho más prósperos.

¿Cuáles son, en concreto, los argumentos económicos de la inclusión social de la inmigración?

El argumento básico es que una política exclusiva es muy cara. Las políticas de inclusión resultan más baratas, requieren menos esfuerzo público, y al final eso redunda en un aumento de la productividad. No hay más que fijarse en EE UU, un país de inmigrantes. Ellos no buscan la integración social como lo hacen algunas sociedades europeas. Allí con cumplir un mínimo código común y compartir los valores fundamentales de la sociedad como la economía del éxito o de la superación por el trabajo, eres un ciudadano americano más. Y es una sociedad más potente y dinámica.

Y en Europa, hemos visto cosas como los altercados que se produjeron en el extrarradio parisino.

Vivir en guetos no favorece la integración. Esas comunidades que viven juntas, que ven su propia televisión, escuchan las radios de sus países de origen, no participan en la vida del país. Es lógico que haya una tendencia a que se reúnan y se vean todos juntos. Eso es algo normal, pero lo que ya no debería ser tan normal es que sus hijos y las siguientes generaciones continúen haciéndolo siempre.

Hacia una distribución racional del gasto público

El discurso sobre la integración europea en el siglo XXI parece pivotar ahora sobre los centros urbanos más que sobre las regiones. Una opinión que Westendorp considera cierta, aunque no exclusiva. Para el ex ministro de Asuntos Exteriores, las sociedades europeas están al abrigo de una gobernanza a múltiples niveles. A su juicio, hoy en día existen retos que un país no puede afrontar solo por grande que sea. Es entonces cuando se recurre a organizaciones como la Unión Europea. Sin embargo, Westendorp recalca que gran parte de las políticas de medio ambiente, de eficiencia energética y de integración se realizan a nivel municipal. Cada esfera tiene su propia responsabilidad, pero "por su cercanía al ciudadano los centros urbanos tienen una responsabilidad más inmediata". Es decir, cada nivel tiene su propia exigencia, por lo que debe haber una estrecha colaboración y una lealtad constitucional entre esos estratos de poder, según el experto en cuestiones europeas. "Las regiones no deben intentar arramplar con más competencias sólo por el hecho de tener competencias, sino porque tener esas competencias es mejor que si las tiene el Estado", afirma. Es decir, "lo que hace falta es que haya una distribución lógica del poder".

Para Westendorp, el modelo español de autonomías o el federal alemán están bien diseñados, pero advierte de que pueden resultar más caros a corto plazo si no se hace un uso eficiente del gasto. Así, en España pueden darse situaciones en las que por ejemplo algunos gobiernos regionales pequeños pueden llegar a tener consejerías con varios directores generales, lo que supone un gasto público insoportable. "El sistema está bien pero siempre que funcione de un modo racional".

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