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Europa quiere subir los impuestos a los gordos

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confidencial

En los tiempos que corren no resulta extraño hablar de subidas de impuestos o de creación de nuevas tasas que gravengordos determinados productos. Estas medidas, que cuando menos resultan impopulares, se ha convertido en la tónica imperante en gran parte del mundo y en una vía para conseguir cuadrar cuentas y resultados. La última ocurrencia ha puesto en el punto de mira a los alimentos fabricados con grasas saturadas, que desde esta semana han visto gravados sus precios en toda Dinamarca, en una medida que ya está siendo estudiada para su extensión a nivel europeo.

No conseguían salir de su asombro. La imagen más vista en los telediarios daneses esta semana era la de varios transeúntes que no podían dejar de mirar el 'saqueo' al que estaban siendo sometidos los supermercados del país. Largas colas traspasaban las puertas de algunos grandes establecimientos de Copenhague mientras las estanterías de productos como mantequilla, lácteos, fiambre o bollería industrial se iban vaciando. Las cajeras no daban abasto y se lamentaban por una circunstancia que bien podría formar parte del guión de cualquier película de catástrofes.

La realidad es mucho más mundana. Desde el primer sábado de octubre el consumidor danés debe pagar 16 coronas (unos 2,15 euros) por kilo de grasas saturadas que contengan los alimentos. La subida no es espectacular, apenas 30 céntimos de euro para una bolsa de patatas fritas o 50 céntimos para una pizza precongelada, pero supone un peso más para el bolsillo de unos consumidores demasiado resentidos. La reacción no se ha hecho esperar en un país poco acostumbrado a los sobresaltos económicos, no en vano cuenta con uno de los sistemas de retribución de salarios más altos del mundo y una tasa de paro del 4,2% (en 2008, a niveles de la crisis llegó a situarse en un 1,9%).

Una larga cruzada contra los productos nocivos

No hay duda de que esta medida beneficia a las arcas del Estado en un momento en el que todos los esfuerzos son pocos para que las cuentas acaben de cuadrar. Sin embargo, la batalla contra los productos perjudiciales para la salud es casi una tradición en el norte de Europa. Los países nórdicos, Reino Unido o Irlanda son algunos de los lugares en los que comprar alcohol o tabaco se convierte en una misión de alto riesgo para el común de los bolsillos.

Estas políticas son consideradas como una línea de continuación a las medidas sanitarias aprobadas desde hace décadas y se han convertido en el tronco al que se agarra el Ejecutivo danés en medio de una corriente de críticas. Pocos días después de la puesta en marcha del nuevo impuesto, han sido numerosas las voces que han apostado porque éste se aplique a nivel comunitario en una maniobra que unos defienden como una apuesta por el beneficio económico y otros por la defensa de la salud.

La medida ha llegado a generar ecos incluso al otro lado del Atlántico, ya que Estados Unidos, un país en el que los establecimientos están obligados por ley a especificar el número de calorías de todos sus productos, no ve con malos ojos un impuesto al que algunos congresistas ya han calificado de "medida beneficiosa para el Estado y los ciudadanos".

Sanidad no se plantea aplicar la medida

En España, desde el Ministerio de Sanidad se apunta que "la aplicación de estas medidas no se plantean para un futuro próximo", aunque insisten en que "toda iniciativa que fomente la prevención de enfermedades cardiovasculares sería acogida con buenos ojos, más si cabe dentro de un marco consensuado por Europa". Por su parte, las principales asociaciones de consumidores españolas coinciden al considerar que "no es momento para aplicar estas medidas, porque los esfuerzos deben centrarse en incentivar el consumo y en no seguir asfixiando a las rentas medias".

En medio de toda esta tormenta, ha comenzado un aluvión de críticas en Internet. Los consumidores daneses, que ya han probado en sus carnes la subida, consideran que se trata de la última ocurrencia del Gobierno, necesitado de conseguir recaudar a toda costa. "No hablamos de productos de los que se puedan prescindir, la mantequilla o la leche son de primera necesidad. No entiendo porqué tenemos pagar más por ellos", explicaba a los medios locales una ciudadana indignada a las puertas de un supermercado de Copenhague. Mientras tanto, decenas de personas se acordaban de un tal Murphy y guardaban cola a las puertas del establecimiento, pensando que la tostada ahora tendrá más difícil caer al suelo por el lado de la mantequilla.

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