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La situación en Haití es agónica. El alzamiento popular ha provocado que la ONU anuncie la paralización momentánea de la ayuda.

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Haití lleva un año viviendo una pesadilla. El 12 de enero de 2010 un terremoto de siete grados en la escala de Richter devastó el oeste del país, cebándose especialmente con la capital, Puerto Príncipe. Veintiún días después de la catástrofe el Gobierno contabilizaba 200.000 muertos, sin contar con las víctimas que habían quedado enterradas bajo los escombros ni a las que las familias habían dado sepultura por su cuenta y riesgo.

La comunidad internacional tardó en reaccionar para ayudar de forma coordinada a los haitianos. El temblor fue tan fuerte y su capacidad de destrucción tan expansiva que dos días después de la tragedia los aeropuertos aún seguían cerrados, lo que provocó que el país caribeño permaneciera aislado del resto del mundo. Para colmo de males, la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah), sufría también las consecuencias del seísmo perdiendo a decenas de efectivos y quedando su sede completamente derruida.

A la ONU le llovieron las críticas por su lentitud a la hora de actuar, pero también porque primero se centraron en rescatar a sus funcionarios y parecían dejar a los haitianos en un segundo plano. Algunos de los países que mandaron a sus tropas mantuvieron enfrentamientos por el reparto de tareas.

Fue mucha la ayuda prometida: La UE se comprometió con 1.200 millones de euros; EEUU con 850; Francia con 243 y España con 346 millones de euros. En la Conferencia de Donantes celebrada en el mes de marzo en Nueva York, Ban Ki-moon calificó de “una solidaridad sin precedentes” los compromisos adquiridos. Pero toda la ayuda recibida no ha sido bien distribuida.

Poco a poco, la tragedia fue cayendo en el olvido. La primavera y el verano aletargaron a las naciones ricas, que poco a poco si bien no olvidaron el terrible desastre natural que provocó que Haití retrocediera en sus índices de pobreza, si lo fueron dejando de lado.

Pero el otoño ha colocado de nuevo a Haití en las primeras páginas de la prensa internacional. Una epidemia de cólera estallaba en octubre. Y poco a poco, el número de víctimas iba creciendo y la plaga traspasaba fronteras; extendiéndose a República Dominicana primero y a EEUU después.

La situación, más que desesperada, es agónica. Una cosa son los desastres naturales y otra los desastres evitables. Los haitianos acusan a la ONU de provocar la epidemia de cólera. ¿Cómo? Consideran que el brote de cólera se produjo cuando fuerzas nepalíes pertenecientes a la Minustah mezclaron aguas residuales con el suministro de agua limpia y potable. Este hecho está bajo investigación desde el pasado 28 de octubre, cuando fue filtrado por la agencia Associated Press.

Todo este cúmulo de desastres, buenas intenciones y descoordinación generalizada en un país caótico que está a una semana de celebrar elecciones ha provocado el levantamiento de su población, primero en Cabo Haitiano (al noroeste del país) y después en Puerto Príncipe. La situación se complica, y cada día irá a peor, porque varias ONG y hasta la propia ONU han anunciado que así no pueden trabajar.

Las revueltas populares no contribuyen a mejorar la situación y muchos empiezan, con perdón de la expresión, a lavarse las manos. Ni siquiera asoma la cabeza el rapero Wyclef Jean, que este verano quiso ganar popularidad aspirando a la presidencia, algo que finalmente no pudo ser. Ahora, ni siquiera Wyclef Jean quiere saber nada de Haití.

 

 

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