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Ilegales en Tailandia o pobres sin futuro con el régimen militar birmano

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Miles de birmanos huyen a Tailandia de la persecución política y los conflictos armados, pero aún son más los que escapan de la extrema pobreza en la que la Junta Militar ha sumido a una nación rica en recursos naturales.

A lo largo de la frontera entre los dos países, hay extensas explotaciones agrícolas en las que trabajan cada día centenares de birmanos convertidos en mano de obra barata para faenas que la mayoría de tailandeses desprecia.

"Siempre estoy pensando en regresar, pero no es fácil. Los que vivimos aquí no queremos quedarnos mucho tiempo pero necesitamos el dinero", explica War War Thein, vecina de Phop Phra, población tailandesa situada a unos 40 kilómetros del paso fronterizo de Mae Sot.

La aldea no es más que medio centenar de chamizos de madera y paja amontonados alrededor de la balsa de riego de una plantación de rosas, donde sólo viven inmigrantes ilegales birmanos que trabajan de sol a sol a cambio de unos 80 bat (unos 2 euros) al día.

Emigrar es la única opción que les queda para huir de la hambruna en un país que antes de la Segunda Guerra Mundial era el primer exportador de arroz del mundo.

Las reservas de gas y petróleo, y las inversiones de China, India o la misma Tailandia, garantizan enormes fondos para la Junta Militar que, no obstante, dedica una mísera cantidad a atender las necesidades de la población.

A penas las sobras que dejan los gastos en Defensa y la corrupción, una lacra en la que Birmania (Myanmar) sólo se ve superada por Somalia, según el índice anual de 178 países que publica International Transparency.

Agricultura, construcción o recolección de basura son los trabajos a los que aspiran.

"Recolectamos rosas y cultivamos verduras para el dueño del terreno que lo vende todo al mercado de Mae Sot", dice War War Thein.

Los terratenientes, según explica la mujer, pueden solicitar permisos para regularizar a estos trabajadores pero de esta opción se benefician muy pocos.

Ella tiene un poco más de suerte que sus vecinos porque trabaja como profesora y recibe un salario de organizaciones no gubernamentales (ONG), como la española Colabora Birmania, que cuida de varias escuelas para los hijos de los inmigrantes, la única ayuda que llega a Phop Phra.

Las autoridades tailandesas toleran su presencia aunque no la ven con buenos ojos, mientras que los arrestos y deportaciones por parte de la Policía son casi tan frecuentes como las extorsiones y sobornos que los agentes les exigen para dejarlos libres.

"La gente aquí no tiene permiso, está en situación ilegal. A veces la Policía les arresta y los devuelve a Birmania, pero ellos regresan al día siguiente. Así es la vida para un verdadero inmigrante birmano", explica Angel, un monje que tras las la "Revolución de azafrán" de 2007 colgó los hábitos y se refugió en Mae Sot, donde trabaja para las ONG.

La "Revolución azafrán" fue el nombre que recibieron los cientos de miles de birmanos que con monjes budistas al frente salieron a las calles de las ciudades para pedir democracia en 2007 y que fueron aplastados por el Ejército.

"No tienen a nadie que les proteja. La Policía tailandesa puede hacer lo que le plazca", asegura Ashin Sopaka, un monje activista con base en Mae Sot que se dedica a ayudar a sus compatriotas.

"En marzo, mataron a nueve que intentaban cruzar la frontera para ir a buscar trabajo en Bangkok porque el traficante que les llevaba no quiso pagar el soborno", asegura el bonzo.

Por la calzada de cualquier carretera en los alrededores de Mae Sot se ve circular a todas horas hombres y mujeres birmanos, muchos con sus vestidos y sombreros tradicionales, cargando paquetes o labrando en el campo.

"Más de una vez ha venido la Policía al pueblo y hemos tenido que salir todos corriendo campo a través", explica Whay, una recolectora de rosas a quien las necesidades diarias no le permiten pensar en un eventual futuro mejor, aunque en su país se celebren elecciones por primera vez en veinte años el próximo domingo.

"Las elecciones no me interesan, no sé ni de qué van. A mi me gustaría vivir en mi pueblo pero ahí no hay trabajo", añade la mujer.

A diferencia de los exiliados políticos y de los que se encuentran en alguno de los nueve campos de refugiados, los emigrantes económicos pueden regresar a Birmania sin temor a sufrir las represalias del régimen.

"Algunos vienen aquí, hacen algo de dinero, y luego regresan. Dentro de unos meses quiero volver unos días a mi aldea, en Bago (antigua Pegu), a ver a mis dos hijas", asegura War War Thein. EFE

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