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La tragedia del capitalismo mafioso

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La tragedia ecológica que vive Hungría por el vertido el pasado lunes de un millón de metros cúbicos de lodos tóxicos de color rojo desde una empresa de aluminio de la localidad de Ajka, en el oeste del país, no parece tener límite. Tras haber minimizado en un principio el impacto medio ambiental del siniestro, el primer ministro conservador, Viktor Orban, admitió ayer que era «muy grave» la situación de la balsa de retención donde se originó el desastre y ordenó evacuar la zona afectada. «No quiero crear grandes esperanzas», dijo Orban en una improvisada rueda de prensa en la localidad de Ajka.
La Policía decidió evacuar el pueblo de Kolontár, el más afectado por el venenoso barro que ha anegado una superficie de 40 kilómetros cuadrados y causado la muerte de siete personas y unos 150 heridos, además de numerosos daños a la flora y fauna y la agricultura de la zona. Mientras los expertos y los grupos ecologistas evalúan las consecuencias, los medios de comunicación húngaros y la población se preguntan si la catástrofe no pudo evitarse. El alcalde de Kolontár, Karoly Tily, piensa que «si los poderes públicos controlaran mejor la actividad de muchas empresas, si se respetaran las leyes y el Estado pusiera a disposición de los ciudadanos más y mejores medios, una tragedia como la que vivimos ahora no se hubiera producido».
Ahora se ha desvelado que la firma de aluminio MAL Zrt, propietaria de la empresa donde se produjo la ruptura de la balsa, pudo eludir denuncias gracias a sus vínculos con el poder en los últimos años. Algunas formuladas por ONG ecologista Levegö Munkacsoport, en 2006, quedaron archivadas. El politólogo Attila Nagy recuerda asimismo que el anterior primer ministro socialista y multimillonario, Ferenc Gyurcsany, desempeñó «un papel nefasto en la privatización del sector del aluminio, porque se llevó a cabo sin control y en un ambiente de corrupción y opacidad».
«Los antiguos comunistas, como Gyurcsany, salvaron el pellejo y se hicieron ricos a cambio de vender el país a grupos extranjeros y a los capitalistas locales, y forman una nueva oligarquía. A cambio, muchos húngaros se han empobrecido, los servicios públicos funcionan mal, la inversión del Estado es deficitaria y muchas infraestructuras son vetustas», asegura. Veinte años después de la caída del comunismo, el país está todavía lejos de los niveles medios de riqueza y bienestar de la UE.
Catástrofe
La desidia, la corrupción, el estado ruinoso de muchas infraestructuras, la contaminación alarmante de ríos, bosques, campos y ciudades, la falta de medios y el desinterés de los poderes públicos juegan en contra de la ciudadanía, sobre todo de aquellos sectores populares que no pueden disfrutar de los frutos de la economía de mercado. Tanto es así que, según Attila Nagy, «unas simples lluvias, una nevada o el desbordamiento de un río se convierten muy a menudo en Hungría en auténtica catástrofe, porque no disponemos de los medios necesarios».
La situación de Hungría es exportable al resto de los países del antiguo bloque comunista europeo, aunque existen diferencias en función del nivel de desarrollo económico y social. «Chequia no es Rumanía, ni Polonia es Albania o Macedonia, pero, en general, los países postcomunistas están notablemente más atrasados en materia de infraestructuras y obras públicas que los del oeste de Europa, y por eso son más vulnerables», señala el comentarista político y periodista polaco Mariusz Borkowky.
Capitalismo mafioso
A su juicio, «el origen del caos está en más de cuarenta años de comunismo y veinte de capitalismo mafioso». El panorama que describe Borkowski se aplica al pie de la letra a Polonia, un país que vive un intenso crecimiento económico, pero tiene un déficit considerable en materia de infraestructuras viarias, ferroviarias, fluviales y portuarias, las obras públicas avanzan a paso de tortuga y los servicios que presta el Estado languidecen en un ambiente de apatía generalizada.
La situación es aún peor en Rumanía y Bulgaria, y en la mayoría de los países de la antigua Yugoslavia, mientras que Chequia se acerca a la Europa más desarrollada. Las lluvias torrenciales que golpearon el centro y sur de Polonia este verano, rompiendo diques, inundando pueblos y ciudades y causando muertes y desolación, «dejaron al descubierto nuestro retraso general», apunta Mariusz Borkowski.
Hace diez años, Rumanía vivió un desastre ecológico en la localidad de Baia Mare, en el noreste del país, cuando más de 100.000 metros cúbicos de aguas residuales con cianuro y metales pesados vertidos al río Tisa llegaron después a Hungría. Ahora podría ocurrir al revés. Rumanía pagó 120 millones de euros a Hungría. Grupos ecologistas como Greenpeace piensan que la solución no es sólo de orden económico, sino también político, y plantean que los estados deben tomar medidas eficaces para hacer frente a las catástrofes naturales o provocadas por el hombre.

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