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Las heridas abiertas de Congo

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Alberto II, rey de los belgas, llegó ayer a Kinshasa para conmemorar los 50 años de la independencia de la República Democrática de Congo (RDC), antiguo Zaire. Es un viaje de cuatro días marcado por recelos históricos y actuales. La visita real de Alberto y Paola es la primera a la ex colonia en 25 años, cuando fue Balduino. Para evitar desencuentros el rey no tomará la palabra en la cena de gala de hoy y mañana asistirá vestido de civil al desfile conmemorativo.

Las relaciones bilaterales nunca han sido fáciles. En tiempos del rey Leopoldo (1835-1909), Congo fue una finca particular del monarca y después una colonia en la que se masacró a decenas de miles de personas para la obtención del marfil y otras riquezas. Aquellos horrores quedaron inmortalizados en la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, de la que Francis Ford Coppola se inspiró para su película anti-Vietnam Apocalypse now.

No es la única afrenta del pasado. La otra y más reciente es el asesinato del ex primer ministro Patrice Lumumba en 1961, poco después de la independencia. Sus hijos, coincidiendo con la efemérides, han pedido que se investigue a 12 belgas por el magnicidio.

Fue en enero de este año cuando el presidente de la RDC, Joseph Kabila, formuló la primera invitación verbal para que el rey asistiera a los fastos de la independencia. El Gobierno belga tardó dos meses en responder. Un retraso que molestó en Kinshasa, que lo tomó como un gesto inamistoso a sumar a otros, como las peticiones de algunas ONG para que durante la visita real se realizara una defensa del respeto a los derechos humanos. "Cuando en África se te invita a una fiesta deberías sentirte honrado", dijo el embajador congoleño en Bruselas.

Estos disensos últimos son de pequeño calibre comparados con el choque diplomático de hace dos años, cuando el entonces ministro de Exteriores belga y hoy comisario europeo de Comercio, Karel de Gucht, atacó la corrupción de las élites congoleñas. Kinshasa acusó a Bélgica de añorar la colonización.

Esta vez, en una atmósfera más sosegada, el ministro belga de Cooperación, Charles Michel, insistió en la importancia del respeto a los derechos humanos, a los que supedita el desarrollo del país (es decir, la inversión belga), pero valoró la lucha contra la corrupción del Gobierno de Kabila.

La delegación real es muy reducida, en buena parte debido al delicado proceso negociador para la formación del futuro Gobierno federal que se vive en el país. El primer ministro dimisionario, Yves Leterme, es la única figura política. Hace unos días, Bruselas reconoció que las entrevistas entre el rey y Kabila y entre los dos primeros ministros serán entre "socios iguales y soberanos y un diálogo franco abierto y constructivo". Pero lo que se digan unos y otros será a puerta cerrada.

Las autoridades congoleñas no quieren sorpresas. Además de suprimir la alocución regia en la cena de gala, tampoco quiere que Leterme realice declaraciones durante los cuatro días marcados por entrevistas y visitas a empresas y centro educativos y sociales.

La RDC es uno de los países potencialmente más ricos de África. Tiene inmensas reservas de oro, cobre, diamantes, cobalto, coltan (en cuyo saqueo no son inocentes muchas empresas belgas, como denunció la ONU) y diversos minerales estratégicos.

Medio siglo de independencia no ha mejorado la situación de pobreza de gran parte de sus 60 millones de habitantes, víctimas de la corrupción y la guerra. Desde 1996 han muerto en la RDC más de 4,5 millones de personas debido a la guerra en las regiones del este, una contienda en la que tampoco son inocentes países como Ruanda y Uganda. La ONU tiene desplegada una fuerza de 20.000 soldados y policías para impulsar los acuerdos de paz, nunca cumplidos del todo.

Joseph Kabila, hijo y sucesor de Laurent Kabila, el hombre que acabó con la dictadura de Mobutu Sese Seko, fue elegido presidente en 2006 en unas elecciones sin garantías. Sus promesas de democratizar y modernizar la RDC siguen siendo palabras vacías.

La complicidad de Bélgica en la muerte y desaparición del ex primer ministro izquierdista Patrice Lumumba va a planear durante la visita. Destituido y detenido, Lumumba logró escapar, pero fue capturado por los soldados de Mobutu y trasladado desde Leopoldville (actual Kinshasa) a Elisabethville (Lumumbashi), capital de una Katanga rica en minerales que buscaba la secesión con ayuda de Bélgica. Allí, Lumumba fue torturado, asesinado y su cuerpo disuelto en ácido en enero de 1961. En 2001, una comisión parlamentaria belga reconoció la "responsabilidad moral (...) de ciertos miembros del Gobierno belga y otros actores belgas" en aquella sangrienta operación.

Bruselas pidió luego perdón a la RDC por lo ocurrido 40 años antes, pero el fantasma de aquel magnicidio no descansa. La iniciativa de los hijos de Lumumba demuestra que la visita de Alberto II no es una de cortesía. Las heridas aún no están cerradas.

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