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La tragedia del desierto de Sonora

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En el consulado de México o en alguna de las muchas ONG que en Tucson, la principal localidad del sur de Arizona, se dedican a asistir a los inmigrantes que cruzan. No les ayudan a atravesar ilegalmente la frontera, pero dejan agua marcada con balizas o pueden avisar a un médico si les encuentran. Muestran el mismo mapa: el desierto lleno de puntos de rojos. Cada uno de ellos representa un muerto, alguien que se deja la vida tratando de llegar a Estados Unidos desde el norte de México. En el mapa del consulado, los puntos rojos representan varones fallecidos, los azules, mujeres y los amarillos lugares en los que es posible que haya un cadáver pero todavía no ha sido encontrado. En total, 1.755 personas se han dejado la vida en el desierto, entre 1999 y 2009. El Sahara, el Atlántico o el Mediterráneo, con sus fronteras de agua, tienen sus propios mapas, que documentan la tragedia universal de los inmigrantes sin papeles.

El desierto de Sonora es un terrible y bellísimo obstáculo natural que, más que cualquier valla o muro, separa México de Estados Unidos. Aunque, en realidad, este inmenso desierto, que habitan los indios Tohono, Oodham o Papago desde tiempos inmemoriales, no separa sino que une a los dos pases porque comparten el mismo espacio letal, marcado por la imponente presencia de los saguaros, los enormes cactus centenarios con sus brazos, que parecen imitar formas humanas. Subirse a un risco del parque nacional Organ Pipe Cactus o recorrer una carretera secundaria de la reserva india de los Papagos, la segunda más grande de EEUU, que ocupa un espacio importante de este desierto y contemplar el infinito, con un viento ya ardiente a media mañana, muestra hasta qué punto puede resultar peligrosa la travesía de los sin papeles.

Pasar la frontera caminando por el desierto es peligroso y puede terminar en muerte, reza una de las octavillas que reparte la ONG Humane Borders Fronteras Compasivas. Pero las advertencias no importan: cada día decenas, cientos o miles de personas, según la época del año, se adentran en un territorio increíblemente inhóspito, con sus cactus, sus valles pelados, sus escorpiones, sus serpientes de cascabel y, sobre todo, su inmensidad, que puede resultar mortal para cualquier que se pierda o se quede sin agua. En un polvoriento y remoto pueblo de la reserva Papago, triste y desvencijado como tantos lugares de las reservas indias de EE UU, un joven responde con un seco "por allí" a la pregunta de dónde está la frontera con México. "Ese por allí es, sencillamente, el infinito".

"Nada en este desierto es inofensivo a menos que esté muerto", señala el personaje de Burt Lancaster en Los profesionales, una obra maestra del western que Richard Brooks rodada en 1966 y que transcurre en un territorio similar, en el desierto entre Estados Unidos y México. En otro momento del filme, el personaje que interpreta Robert Ryan afirma: "Ardiente de día, helador de noche, con el polvo entrando por todas partes, impidiéndote respirar. ¿Cómo puede vivir alguien el tiempo suficiente aquí como para acostumbrarse?". Y Lee Marvin responde. "Hombres duros como el acero, hombres nacidos para resistir".

Durante el día, por ese inmenso territorio no circula nadie o, casi nadie, porque sólo hay una presencia constante: los coches blancos con una raya verde de la patrulla fronteriza. Basta con circular durante un rato por una carretera solitaria para ser parados a la primera de cambio. El oficial se acerca al coche, se identifica como miembro de la Patrulla Fronteriza los únicos que tienen derecho a pedir los papeles para comprobar el estatuto migratorio, por lo menos hasta que entre en vigor la infausta ley SB 1070, el 29 de julio, que dar ese poder a cualquier agente de la ley en Arizona y hace dos preguntas: "¿Cuál es su nacionalidad?" y "¿llevan armas en el coche?" (Arizona es uno de los estados más permisivos con las armas). Luego continúa el cuestionario: "¿De dónde vienen?". "No saben que no se puede circular por las carreteras secundarias de la reserva india sin permiso del consejo tribal?". Y finalmente el proceso termina con los extraños escoltados hasta la carretera que cruza la reserva de este a oeste.

Es la caída de la tarde y una preciosa luz rosácea se adueña del desierto. El calor empieza a descender y la actividad se multiplica. Un helicóptero rompe el silencio del crepúsculo, mientras comienzan a circular patrullas por todas partes. Un autobús con los cristales tintados recorre a toda velocidad la carretera principal de la reserva. Su destino es el paso de frontera más cercano, Lukeville: transporta a los indocumentados capturados en las últimas horas.

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