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Europa es la empresa

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El 9 de mayo, la Unión Europea celebra 60 años. Una historia que arrancó con un nombre y atribuciones más modestas ese mismo día de 1950 y que se proyecta hacia delante en pleno siglo XXI. Entonces, Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, propuso solemnemente a Alemania y a otros cuatro países (Benelux e Italia) la puesta en común de la producción del carbón y del acero. Con el rescoldo todavía humeante de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, el plan auspiciado por el dirigente galo y pergeñado por Jean Monnet, contaba con la complicidad del canciller Konrad Adenauer y de los otros representantes de la comunidad naciente.

Partía del fundamento industrial que había forjado a las naciones y que, concentrado en la maquinaria de guerra, las había llevado al campo de batalla. Ahora, esos mimbres servirían para construir la paz, restañar heridas político-emocionales y avanzar juntos hacia un objetivo común. Era un proyecto eminentemente político, aunque con unos mecanismos que incidían sobre el núcleo tangible de la economía real.

La perspectiva histórica permite afirmar que la concepción de la empresa fue un éxito. Les sugiero detenerse en cuatro factores críticos que, a mi juicio, caracterizan esa génesis sin parangón en la historia.

Experiencia de los fundadores. Schuman nació en el actual Luxemburgo, se doctoró en Alemania y fue un excelente jurisconsulto francés. Su compañero de iniciativa, Monnet, conocía al dedillo los entresijos de las relaciones internacionales por haber sido secretario general adjunto de la Sociedad de Naciones (precedente de la ONU), banquero en Estados Unidos y alto funcionario de Francia. Adenauer es el padre de la República Federal de Alemania y del milagro de su reconstrucción, terminada la contienda, con larga experiencia en la política municipal de Colonia, su ciudad natal.

Visión y creatividad. Los fundadores, que compartían sólidos valores democráticos y humanistas, lideraron un proyecto estimulante, abierto a quien estuviera en condiciones de participar. Vislumbraba el largo plazo, pero con metas intermedias que permitían evaluar el avance. El método comunitario de transferencia de soberanía era ingenioso y único.

Pragmatismo y eficacia. Terminada la guerra, como tantas otras veces, se entonó el nunca más. Pero ésta vez se aprendió de los errores del pasado. Un ejemplo: no se debe humillar al vencido (a tenor de las penosas reparaciones impuestas a los germanos durante el periodo interbélico). Otro: hay que reconciliarse sobre la base de un horizonte común. Un tercero: no se puede basar la reconstrucción en palabras grandilocuentes y estructuras sin fuerza vinculante. El pacto sólo es útil si va acompañado de realizaciones concretas, calendarios establecidos y medios congruentes con las ambiciones.

Habilidad. Una idea tan ambiciosa como la Europa comunitaria no estaba carente de adversarios. Debía, pues, tejerse una red de complicidades, vencer envidias partidistas y reticencias de diversa índole. Los fundadores hicieron gala de amplias habilidades diplomáticas, prefiriendo que sus trabajos fueran más conocidos por los resultados que por sus propios méritos.

Intenten aplicar estos cuatro factores a la Unión Europea de hoy, empezando por sus líderes actuales. Continúen por los retos, que siguen existiendo, aunque en ámbitos distintos del inicio: en la esfera política (por el rol decreciente de Europa en un mundo que precisa de una Unión cada vez más sólida); económica (por la disciplina que una moneda común requiere y la trayectoria griega como contraejemplo visible); social (por la viabilidad de la economía social de mercado que propugna el vigente Tratado de Lisboa y que algunos confunden erróneamente con el estado-providencia o la planificación indicativa). Esta vez, bajo las cenizas humeantes de un volcán en Islandia, país que, como otros, quiere acceder a la Unión.

Es ésta una muestra del atractivo que todavía ejerce, a veces más apreciado fuera que dentro de ella, y que seis décadas han ido consolidando a través de diferentes crisis de muy diversa índole. Su estudio deja un rico poso para quien desee interpretarlo.

La unión se ha construido sobre los Estados, como no podía ser de otra manera. Pero muy probablemente, entre los futuros factores de éxito deberemos incluir, sin menguar eficacia, a la sociedad civil organizada en sus instituciones ciudadanas, empresas, asociaciones diversas, ONG, universidades, municipios y regiones.

Pensar que el proceso de construcción europea depende hoy sólo de los políticos parece pueril. Europa ya ha alcanzado la mayoría de edad y requiere que nos la tomemos todos más en serio. Si no, Estados Unidos, China o demás potencias emergentes se encargarán de recordárnoslo.

 

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