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Haití: «Cuando Dios movió la tierra»

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En Haití, poco a poco se abre camino la idea de que los haitianos deben ser los protagonistas de la reconstrucción.

Grand Goave- Todavía continúan las labores de desescombro y muchos haitianos duermen en la calle, pero ayer quisieron recordar con ceremonias en todo el país a las víctimas tras cumplirse un mes del terremoto. Mientras centenares de personas que se niegan a perder la esperanza cantan el vigésimo tercer salmo en el centro de acogida infantil Heart to Heart «De corazón a corazón» de Grand Goave, un pueblo al oeste de Puerto Príncipe, un grupo de miembros de la Marina estadounidense entra en la localidad.


Los niños no saben qué hacer: quieren ir a saludar, pero el pastor Luc, de 50 años, que fundó el centro hace 18, los mira de reojo. Ellos sonríen. Cuando terminan, corren a ver a los marines. Los pequeños de los alrededores no han parado de venir a este lugar que hace las veces de orfanato y escuela, a pesar de que el terremoto ha interrumpido las lecciones. «Es porque les damos de comer como incentivo para que vengan al colegio. Pero, ahora, no les podemos cerrar la puerta. Y lo que hacen es venir a jugar», explica la canadiense Rebecca Larkin, de 31 años. Todavía le cuesta creer que ninguno de sus niños perdiese la vida durante el desastre.

En Heart to Heart, viven 110 pequeños huérfanos o niños cuyos padres no pueden mantener. En total, se imparten clases a 450 estudiantes con edades comprendidas entre los 4 y los 24 años.
«Somos 15 profesores, dos cocineros, el pastor Luc y yo», explica la joven al lado de la iglesia destruida por el terremoto. Ahora, tienen que rezar en una carpa.
El pastor Luc resalta que «tenemos que levantarnos». A su juicio, la clave está en las zonas rurales: «No entiendo por qué todos los haitianos quieren ir a Puerto Príncipe. Es sólo la capital, pero no es todo el país», reflexiona.
El religioso destaca que «a pesar de que el terremoto ha sido más fuerte en otros lugares, la violencia se ha producido en Puerto Príncipe porque están como sardinas en lata», aclara. La urbe, que antes del terremoto alojaba a alrededor de tres millones de personas, jamás ha estado preparada para ello: como el resto del país, carece de carreteras, semáforos, policías o bomberos.
El pastor está muy agradecido por toda la ayuda humanitaria que ha llegado a su país. Pero resalta que «los amigos pueden colaborar, pero la reconstrucción depende de Haití. Tenemos una gran oportunidad después del terremoto. Estamos recibiendo mucha ayuda y todo el mundo habla de nosotros ahora. No podemos desaprovechar esta situación», reflexiona. Sólo la Administración de EE UU ha mandado 100 millones de dólares, mientras que la población ha enviado 500.


Gran parte de la responsabilidad reside en el Gobierno, que ha escrito su historia con capítulos de constantes golpes de Estado, corrupción y desfalcos de las arcas de la nación. A los haitianos, que hace tiempo dejaron de confiar en sus gobernantes, ya no les sorprende nada. Incluso cuando se destruyó parte del Palacio Presidencial por el terremoto, bromearon con que el presidente René Preval, con fama de alcohólico, se había salvado porque estaba bebiendo en el sótano.

El coordinador de la ONG Life Line «Línea de vida» Nick Lamatrice destaca que «gran parte de la ayuda ha sido por las televisiones de 24 horas de noticias. Por primera vez la gente ha visto lo que aquí ocurre», mientras admite que ya no le cuesta recaudar donaciones. A su juicio, «el gran problema que tiene Haití es mental. Muchos de ellos padecen estrés postraumático. La gran mayoría se ha hecho tiendas en la calle porque les da miedo meterse dentro de un edificio», relata. También destaca que «el pueblo tiene gran capacidad de resistencia. Todos sonríen y cuando pasas a su lado dicen: ‘‘Bon jour’’ «buenos días». Han aprendido a sobrevivir durante años de abusos», reflexiona. En su contra, el cooperante admite que «es un país muy supersticioso. Muchos se refieren al terremoto como el momento en el que Dios movió la tierra o cuando ésta se puso a bailar. Haití necesita educación, aprender a montar negocios. El dinero no es lo más importante», apunta acerca del futuro del país.

Cómo curar entre mangos y palmeras
El coronel jefe de la unidad embarcada del buque «Castilla», Santiago Huecas, da pocos detalles de la situación de los pacientes haitianos que se encuentran en el barco de asalto. Es muy celoso de preservar la privacidad de sus enfermos. Y no le importa que sean los del Gómez Ulla, donde se encuentra normalmente, o los del centro de apoyo sanitario de Petit Goave, un pueblo abandonado a su suerte hasta que llegaron los españoles. Huecas resalta a LA RAZÓN que «se les ve con miedo. Eso sí, son muy agradecidos». Atienden a los enfermos en tierra, a no ser que sus condiciones extremadamente graves los obliguen a llevarlos al «Castilla». Huecas explicó que allí  no había nada. Los pacientes no tenían un lugar apropiado para ser tratados. Tres médicos de EE UU les han ayudado con unas mesas de madera entre palmeras y mangos.

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