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Es horrible, no criminal

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elpais

11-03-2011bisEl cine vive con estupor un hecho anómalo: un juez ha imputado al director artístico del Festival de Sitges, Ángel Sala, por permitir la exhibición de una película, A Serbian film, que muestran imágenes [simuladas] de sexo con menores. El debate está servido. Las redes sociales echan humo contra lo que consideran una forma de censura. El mundo de la cultura cree que no deben ponerse cortapisas a la libertad de creación. Los juristas señalan que hay un límite (el Código Penal) y que casos como este plantean una colisión de derechos fundamentales. Y las asociaciones de apoyo a víctimas de abusos defienden que no todo vale; ni siquiera en la ficción.

La historia que ha llevado a Sala ante la justicia arrancó en la última edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges. El director programó A Serbian film (Srdjan Spasojevic, 2010), que narra la historia de un actor porno retirado que recibe un cheque en blanco para actuar en secuencias violentas y de sexo extremo. La película se pasó al público dos veces, de madrugada.

Una asociación en defensa de los menores interpuso entonces una demanda. La Fiscalía de Barcelona inició una investigación y concluyó que dos secuencias del filme podrían traspasar la legalidad: la violación de un bebé recién nacido -representado por un muñeco- y otra en la que se intuye la práctica de sexo con un menor. Según el fiscal, el delito está recogido en el artículo 189 del Código Penal, que castiga la exhibición de material pornográfico infantil aunque, como en el caso de la película, no se use directamente a menores.

Un juzgado de Vilanova ha imputado ahora a Sala, lo que ha indignado a sus colegas: una decena de directores de festivales españoles han redactado un manifiesto de apoyo. "Es una situación kafkiana. ¿Cómo se denuncia al director del certamen y no al director de la película o a la distribuidora?", dice, de entrada, el escritor y crítico de cine Jesús Palacios.

Palacios cree que la ley no debe equiparar la simulación de un delito -en este caso, la agresión sexual a menores- del delito en sí mismo. Las dos secuencias polémicas, añade Palacios, son "ridículas" y aparecen a ojos del espectador "de forma distorsionada". No se trata de una película pornográfica, sino de un filme de terror con planos de extrema violencia.

Eso mismo opina Josemi Beltrán: "Es una horror movie pura y dura". El nuevo responsable de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, donde la película no pudo exhibirse el pasado noviembre por orden del juez, es contundente: "La película está ambientada en el mundo del porno, pero sus secuencias no son lo que se entiende por pornografía explícita. Hay violencia extrema, como en su día la hubo en La naranja mecánica u otros largometrajes perseguidos de la historia del cine".

En España otros filmes se han visto envueltos en polémica: El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima fue calificada en 1976 con una X en un momento en que no había salas X, y pasó a ser calificada S, como porno blanco. Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, fue acusada de escándalo público en 1978, mientras que al año siguiente El crimen de Cuenca llevó al procesamiento de su directora, Pilar Miro, y en 1991 Rocío, de Fernando Ruiz, fue secuestrada por un juez de Sevilla por burla a la religión. Pero ninguna, a excepción de la obra de Oshima, por asunto sexual, puntualiza Roman Gubern, escritor y experto en la historia del cine.

Palacios califica A Serbian film de "mediocre". Para Beltrán, es "desagradable y estéticamente cuestionable". El problema no está en la supuesta impericia de Spasojevic, sino en la libertad del artista y la necesidad (o no) de imponerle límites. "La creación puede ser mejor o peor, aunque ha de poder abordar todos los temas. Hoy, a Vladimir Nabokov le costaría publicar Lolita", advierte Beltrán.

Quien no ha visto la película -"ni iría a verla"- es Jaume Balagueró, codirector de Rec y Rec 2. "No haría una película así, supongo que tiene que ver que tengo un hijo pequeño", afirma el director. Balagueró cree que películas como A Serbian film "se han hecho toda la vida y han hecho que la cultura evolucione". A su juicio, la imputación de Sala "convierte a España en un país ridículo".

Algunos cineastas y expertos van más allá y advierten del riesgo de una involución que conduzca a "una especie de sociedad de vigilancia mutua", indica Palacios. "No hay que sacar esto de quicio, pero el derecho a prohibir es muy relativo", insiste. "La violencia va a seguir existiendo aunque la queramos eliminar del cine", remacha.

Agustí Villaronga, director de la multipremiada Pa negre, cree que carece de sentido imputar a Sala. "El problema es que se han tomado esas secuencias como si fueran reales y hay gente que opina de cosas que no sabe", precisa. En 1987, Villaronga estrenó Tras el cristal, en la que un médico nazi experimentaba con niños y abusaba de ellos. "Fue muy criticada y en Berlín me quisieron pegar", recuerda. "Ahora no podría hacerla, porque la gente quiere cosas políticamente correctas", precisa el director, que el miércoles asegura que vio a Ángel Sala y que está "tranquilo".

A Serbian film se ha exhibido en una docena de festivales internacionales, sin que en ningún caso haya sido objeto de denuncias. Ha recibido premios en tres de ellos (Oporto, Fipresci de Serbia y Montreal) y se ha proyectado en los dos mercados más prestigiosos del mundo: Cannes y el American Film Market de California.

Las denuncias de particulares y de asociaciones pueden conducir a directores y programadores culturales a una suerte de autocensura. "Se lo pensarán un poco más para enfrentarse una obra cinematográfica radical, por las posibles consecuencias legales", dice Palacios. Una vez más, Beltrán coincide con él. "Mentiría si te dijera que esto no me preocupa y me da pena. ¡Acabaremos convirtiendo el género en algo underground y casi maldito!".

La persecución, por vía judicial, a un producto cultural, puede acarrear un efecto perverso, incluso para los autores de esa denuncia: una película que, por su cuestionable calidad, debería pasar inadvertida, se acaba convirtiendo en un fenómeno de masas. "A Serbian film es un artilugio pensado para provocar", dice Palacios. Se subvierte, así, el propósito del cine: ya no se trata de contar una historia, sino de llamar la atención para alcanzar el éxito comercial. La supuesta metáfora de la Serbia actual que plantea Spasojevic es, en realidad, un señuelo.

La fiscalía llamó a declarar a Sala, y no a otras personas como el director o el productor, por la dificultad de localizarles y por la disparidad de criterios legales que, en materia de pornografía infantil, existen en otros países. "Hay que ver si las imágenes invitan o aleccionan sobre esas conductas. De todas maneras, la decisión de imputar a Sala sienta un precedente", señala Gubern, y reflexiona que "el cine de terror implica cierta simpatía a conductas perversas. Si hemos de perseguir todo lo sádico, imputaríamos a 30 directores de películas cada año y todo el cine de terror quedaría cuestionado, porque la mayoría de las veces plantea cosas que son delito en el Código Penal".

Los artículos sobre pornografía infantil del Código Penal se reformaron, en parte, para rellenar un vacío legal en los delitos a través de Internet. Algunas personas producían y distribuían ese material y, después, camuflaban las imágenes reales de los menores con la apariencia de hologramas o dibujos. Con el nuevo articulado, esa simulación tampoco es posible.

El abogado penalista David Aineto, del despacho Aequo Advocats, cuestiona sin embargo que esa tipificación permita perseguir obras de ficción como A Serbian film. El Código Penal "habla de material pornográfico, no de una película, o sea una ficción, en la que hay una o dos escenas pornográficas". "No iría a verla nunca", advierte, "pero tampoco iniciaría un proceso contra ella".

El artículo 20 de la Constitución garantiza como un derecho fundamental la libertad de creación literaria y artística, que tiene sus límites en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y en la protección de la juventud y la infancia.

"En ese punto es donde se produce la colisión entre dos derechos fundamentales", dice Xavier Campà, de la sección de infancia del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona (IACB). "Ante esta colisión, se ha de atender a la superioridad de la protección a la infancia. Denunciamos las situaciones que puedan suponer una apología de los abusos a menores. No entendemos que una imagen tan impactante esté justificada". Aunque se trate de una obra de ficción y de imágenes simuladas.

Así lo ve también Guillermo Cánovas, de la ONG Protégeles: "El contenido de la película nos parece totalmente excesivo. Esas imágenes hieren a las personas que rechazamos esas prácticas. Y da igual que sea una imagen real o que sea simulada, lo importante es el impacto que tienen", abunda. "Al margen de eso", precisa, "no estamos seguros de que el objetivo de esa película sea sensibilizar".

La Confederación Católica de Padres de Alumnos (Concapa) respalda la imputación de Sala. "Se trata, simple y llanamente, de respetar la legalidad que debe reinar en un país democrático", subraya la entidad en un comunicado emitido ayer. "No todo vale, ni en la vida real ni en el cine", remacha.

Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona, señala que "se debe distinguir entre la pornografía infantil con fines de consumo y tráfico entre personas y, lo que es muy distinto, su presencia en el ámbito de una obra con pretensiones artísticas". A juicio de Carrillo, "la libertad de crear ha de ser lo más amplia posible", con independencia de que, fruto de esa creación, se generen "las ideas más excelsas o las más miserables".

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