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Juegos de mayores. Niñas demasiado jovenes, tratadas como modelos.

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elCorreoDigital

Lea, Prune y Thylane van muy maquilladas, con los párpados verdes y azules como el plumaje de un pavo real, 20-01-2011y posan en las fotos con gesto infinitamente serio, situado en algún punto entre la gravedad y la tristeza. En el reportaje abundan las posturas indolentes. En una de las imágenes, por ejemplo, la modelo se recuesta sobre unos cojines de leopardo y acaricia a dos conejitos, con la colcha de la cama retirada a un lado y un atisbo de sábanas revueltas. Luce un conjunto dorado, con pronunciado escote y sandalias de altísimo tacón que permiten ver sus uñas pintadas de rojo. En otra, el vestido deja al aire los brazos, los hombros y buena parte del muslo. Las piernas, largas y delgadas, también están prolongadas por unos 'stilettos' y se orientan hacia los ojos del espectador. Una más: la maniquí, tumbada boca abajo sobre una piel de tigre (se supone que sintética), aparece de perfil, con las rodillas flexionadas y, de nuevo, afilados tacones que apuntan hacia el techo.

Si se tratase de modelos adultas, habría resultado casi inevitable recurrir a calificativos como 'incitante', pero Lea, Prune y Thylane no son mujeres. Ni chicas. Ni siquiera adolescentes. Si hacemos caso a la revista del 'The New York Times', andan por los seis o siete años, aunque en las fotos estén vestidas de marcas como Versace, se adornen con complementos de Bulgari y calcen carísimos zapatos de Louboutin. Son las protagonistas del reportaje más llamativo del número de diciembre-enero de la edición francesa de 'Vogue', el último dirigido por Carine Roitfeld, que para la ocasión ha contado con su viejo aliado el diseñador Tom Ford como editor invitado: juntos acuñaron conceptos como el 'porno chic' y se han dedicado durante años a explorar los distintos caminos hacia el escándalo. Y, en esta reciente colaboración, han triunfado en sus propósitos: el reportaje de las tres niñas, un muestrario de regalos con estilismo de Melanie Huynh y fotografías de Sharif Hamza, ha generado una violenta polémica, particularmente intensa al otro lado del Atlántico.

La controversia ha llegado incluso a Boing Boing, uno de los sitios más populares de internet, donde no han dudado en opinar que las fotos presentan a las niñas «más o menos como putas». Es una forma, cruda e inequívoca, de decirlo. Otra es la del diseñador Alexsandro Palombo, que ha reproducido en su blog las páginas del reportaje con una leyenda superpuesta, 'El regalo perfecto para pedófilos', e incluso añade posibles eslóganes para comercializarlo: «¿Le gustaría ver a niñas pequeñas guiñando el ojo, maquilladas y arregladas como si fueran busconas esperando clientes? ¿O quizá las prefiere con profundos escotes, mostrando los muslos y tambaleándose sobre tacones de 30 centímetros? ¿O quizá le resulta más excitante colocarlas en situaciones que sugieran juegos sáficos?». Frente a estas críticas descarnadas, no faltan defensores que ven en el reportaje una evocación de la costumbre, tan propia de las niñas pequeñas, de maquillarse y vestirse con la ropa de sus madres. «Sí, las niñas juegan a arreglarse -replica en un foro una madre disgustada-, pero esa práctica está llena de prendas mal emparejadas, manchas de maquillaje, zapatos de plásticos, risas y tonterías. Mírales a los ojos: ahí no hay risas ni tonterías».

 

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