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"Prohibido robar, matar y violar"

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La manera de entrar siempre es la misma. Hay que pedir permiso a la autoridad. Sólo que las autoridades de las favelas son los narcotraficantes. Por supuesto, las bandas no tienen oficina de relaciones públicas, aunque poco les falta. A menos que uno vaya a comprar droga, la intermediación de un vecino o de alguien que trabaje en una ONG es imprescindible para acceder a esas auténticas fortalezas urbanas. Y siempre hay que tener un motivo plausible que lo justifique, que nunca pasa por hacer un reportaje sobre la droga o la violencia.

En los últimos meses, La Vanguardia ha visitado cuatro favelas de Río de Janeiro: la más antigua, la más popular, la más violenta y la más combativa. Los controles de acceso son idénticos. A veces ni se perciben, pero siempre hay ojos mirando. Las armas pueden ser más o menos evidentes, pero lo que nunca sueltan los centinelas son las radios con las que informan a sus superiores de cualquier novedad o intruso.

Esos mismos intercomunicadores se levantan ahora en señal de saludo cuando los jóvenes vigías reconocen al vecino que enfila su coche por las callejuelas del Morro de Providencia, la favela más antigua de la ciudad. Su centro cívico es una cancha de fútbol sala. Los niños juegan, indiferentes, sobre el cemento mientras al lado un grupo de narcos con el torso desnudo espera que lleguen los clientes. Una camiseta cae sobre las papelinas y las pistolas, en el suelo, cuando el periodista se detiene frente a ellos. Inmediatamente es conminado a irse a un extremo de la plaza y dirigir su mirada sólo hacia la zona portuaria, extendida a los pies de la favela. Tras quince interminables minutos, las gestiones del vecino amigo fructifican y una autoridad, por radio, da el visto bueno a la inesperada visita.

Doce mil personas viven en Providencia, cerro situado en pleno centro de Río. Sin embargo, la escena de los narcos vendiendo droga junto a los niños empieza a quedar atrás. Poco tiempo después de nuestra visita, más de 300 policías ocuparon la favela para quedarse. Instalaron una unidad de policía pacificadora, proyecto para restablecer la autoridad del Estado en una docena de las favelas más céntricas, sin usar la fuerza.

Los efectivos pacificadores tienen la misión de convencer de los beneficios de su presencia a residentes como Doralice dos Santos, una jubilada de 68 años, que nos contaba que "la policía siempre llega disparando", mientras tomaba cerveza a sólo unos metros de los narcos.

Y es que las favelas son sitios seguros para sus habitantes, que, en general, se quejan más de la actitud violenta de la policía que de los delincuentes. "Está prohibido robar, matar y violar". Es una frase que se escucha insistentemente en cualquiera de estos barrios pobres. A no ser que un líder narco baje el dedo. Los peligros de la delincuencia están fuera de la favela. Dentro, las autoridades hacen que se respete su ley. Los narcos tampoco tienen oficina de bienestar social, pero es frecuente que los moradores acudan a un cabecilla para solventar problemas económicos o costear tratamientos de salud.

Rocinha es la favela más popular de Río. Un camión blindado de Prosegur desciende por la empinada avenida principal, abriéndose paso lentamente entre la gente que sube desde São Conrado, uno de los barrios más exclusivos de la capital carioca, y donde está la entrada a Rocinha. Junto a ese acceso está el hotel Intercontinental, uno de los más lujosos de la ciudad, que en agosto pasado fue tomado por narcos de Rocinha, que se refugiaron allí con 35 rehenes cuando la policía intentó detenerlos. La comunidad ya tiene tres oficinas bancarias, un canal de televisión y numerosos comercios, incluidos dos restaurantes de sushi a precios populares.

Mientras dos activistas sociales nos pasean por el barrio, tres jóvenes que cargan una abultada mochila no nos quitan ojo ni oídos. Siempre hay que pedir permiso a nuestros anfitriones para sacar una foto.

En lo alto de la favela hay un mirador donde los turistas toman fotos de las humildes casas con los barrios ricos y el mar al fondo. Sí, turistas. Varias agencias ofrecen tours seguros por Rocinha. En el mirador hay puestos de venta de recuerdos, como el de Álex, un muchacho que vende unos pequeños cuadros pintados por él donde se ve una colorida favela bajo el Cristo Redentor.

Lejos de Rocinha, en uno de los extremos de la ciudad, está Vigário Geral, peligrosa favela pero cuyos vecinos se encuentran entre los más combativos. Su lucha tiene un origen trágico en el 29 de agosto de 1993, cuando un escuadrón policial llegó disparando indiscriminadamente y dejó un rastro de 21 muertos inocentes. Era una represalia porque el día anterior los narcos habían asesinado a cuatro policías.

El castillo de Vigário Geral tiene un puente levadizo. Cercada por un muro, adentro no circulan coches y sólo puede accederse a través de una pasarela peatonal que pasa sobre una carretera. Los centinelas lo tienen fácil, apostándose con sus radios en lo alto del puente. Al bajar las escaleras se encuentra el primer puesto de venta de droga, atendido por un traficante sin camiseta que lleva la pistola sujeta por la cinta elástica de su pantalón deportivo, mientras una sombrilla le protege del sol.

Por encima de los ladrillos de Vigário Geral sobresale un puño gigante, símbolo de su espíritu combativo, que corona el tejado de un gran centro cultural de la oenegé Afroreggae. Esta organización usa la música como método para desarticular la violencia. En el moderno centro cultural está el único ascensor de la favela.

Jorge Mendes tiene 38 años y nació en Vigário Geral, pero no puede pisar su favela si no quiere morir. Ahora vive y trabaja para Afroreggae en el Complexo de Alemão, que pasa por ser la más violenta y peligrosa de todas las favelas de Río. De hecho, el complexo está formado por trece favelas. Entre 1995 y el 2000, Mendes fue un soldado del narcotráfico, pero consiguió irse. No está perseguido por haberse salido, sino porque Vigário Geral está ahora controlada por la misma banda rival contra la que él combatió.

Vigário Geral y Alemão están en lo que se ha dado en llamar franja de Gaza, por la extrema violencia y los combates entre facciones enfrentadas. Las armas de guerra, incluidos lanzagranadas, están a la orden del día, especialmente en Alemão. Allí fue donde en el 2002 fue asesinado el periodista de O Globo TV Tim Lopes, después de filmar con cámara oculta una fiesta funk. Tras un juicio narco, Lopes fue torturado y quemado en el microondas, la pena más cruel, que no es otra cosa que una pira de neumáticos donde se introduce a la víctima antes de prenderle fuego.

La edad media con que los niños se enrolan como traficantes es de 14 años. Su esperanza de vida es tan sólo de 16.

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