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Una escuela a lo 'American Dream' para los niños del basurero de Tegucigalpa

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En el kilómetro seis de la carretera a Olancho, a unos 40 minutos de Tegucigalpa, aparece el letrero que indica la entrada: "Escuela: Amor, Fe y Esperanza". Cuatro edificios de madera, un área de juegos multicolor y voces menudas resuenan al unísono en las clases. Los alumnos son los niños que trabajan en el basurero municipal de Tegucigalpa, ubicado a pocos metros, donde cada día unas 1.500 personas desmenuzan montañas titánicas de despojos en busca de comida o residuos para vender.

Dirigida por la ONG Amor, Fe y Esperanza (AFE) y financiada por organizaciones religiosas estadounidenses, la escuela fue levantada hace seis años para "rescatar" a los niños del "botadero". Ese "rescate" –o "salvación", como se lee en su sitio web- se logra con una educación que supera con creces la del resto de niños del país.

Asombrosamente, el hedor del "botadero" no llega hasta aquí. Es como si los que diseñaron el proyecto hubiesen pensado también en ese aspecto para desclavar la peste indeleble que han respirado sus jóvenes estudiantes. "Puede ser", comenta José, el vigilante que entretiene a la visita. Sus tres hijos estudian en la escuela porque trabajaron en el vertedero, una de las condiciones de admisión. La otra es ir a la iglesia todos los domingos.

Bilingüismo y aspiraciones

Aparece un hombre rubio y sonriente de ojos claros, el responsable de que todo funcione: el pastor evangelista, Joney Ordóñez. "Somos una escuela para los niños del basurero, no para los niños pobres. Para eso ya existe la pública. Los del basurero están por debajo de los pobres porque no tienen ni esperanza", dice. Pero ahora están por encima: los alumnos salen bilingües, formados por un amplio programa de estudios y con un futuro prometedor en universidades extranjeras.

Apoyado en la oratoria 'hiperpotente' de los de su gremio, el pastor Joney arranca con el itinerario. Aparte de la blanquísima familia de norteamericanos que se cruza en el camino, se intuye que está acostumbrado a las visitas y que de ello depende la vida del proyecto que coordina basado en donaciones.

Entra a la clase de los más pequeños pidiendo permiso a Laura, la joven profesora de Pensilvania. Pregunta, después de saludar, por el futuro profesional de los asistentes. Dos niñas responden: "Doctora" o "bióloga". El pastor cierra la puerta y, como si estuviera en un programa en directo, apunta: "Lo ve. Antes, cuando uno preguntaba, las respuestas eran: Conductor del camión de la basura o quemador de deshechos".

Aparece Greg, el profesor de informática, con una camiseta de la Xbox. "Trabajé 15 años para Microsoft en Washington y llevo nueve meses en la escuela. Mi esposa es la profesora de inglés y estaremos aquí por tres años", comenta. Es el cabeza de los Miller. Junto a los Gibson y los McHan completan el cupo de familias norteamericanas a tiempo completo en esta escuela que no se rige por el Ministerio de Educación. "No hay tantos feriados ni huelgas", asegura Joeny. "Durante el problema de junio" –utiliza el eufemismo para referirse al golpe de Estado del año pasado- "no paramos ni dos semanas de clase", dice, en contraposición a las interminables ausencias en las aulas de colegios públicos durante la fecha.

Pacto con los padres

Para ello, el pastor hace un trato con los padres: pagar a las familias lo que el niño ganaría por una jornada. "Así, ellos subsisten ese día y el pequeño va a la escuela", explica. Y parece que la receta de persuasión funciona en el basurero de Tegucigalpa, donde el reto es "llegar a la cena" –no "llegar a fin de mes"- como para el resto de centroamericanos no privilegiados. Con esta forzosa mentalidad a corto plazo, que tus hijos vayan a la escuela no es una cuestión de derechos, sino de milagros.

Después de sortear el 'hall' embarrado, está Leila, madre y trabajadora del botadero. Dibujos de vegetales coloreados a mano y recibos de la compra decoran su "hogar desván". En el suelo, colchones apilados para cinco hijos, muñecas sin brazos y una sartén con frijoles. Del otro lado, la cama del matrimonio y una televisión presidiendo la milimétrica zona común. "Nunca imaginé que mis hijos estudiarían", explica orgullosa.

Leila espera una de las 300 casas que el proyecto AFE proporciona a las familias de la comunidad educativa. Sus vecinas curiosean la visita. "No hay motivo para que se molesten, esta es una decisión consensuada por la comunidad. Si llevan a sus hijos a la escuela pueden optar a una", explica el pastor. Leila lo justifica con otro argumento: "Además, es el de arriba, 'Diosito', quien decide".

Subsuelo de la miseria

Pero después de una visita al botadero parece que 'Diosito' no ha pasado por aquí. El olor a putrefacción hace de señalización informal de este subsuelo de la miseria. La postal no es mucho mejor. Vacas, cuervos y moscas, inmutables en su oficio de rumiar, hacen de colegas de niños con cara curtida. Una mujer con pasamontañas protesta al ser manoseada por un hombre y un adolescente de mirada perdida baila lascivo al ver el coche. "Cuando vengo al botadero sólo pienso en salir cuanto antes", introduce el pastor mientras saluda a unos trabajadores. Parece que él si se deja caer por aquí.

¿Qué pasa si ante la crisis económica mundial desaparece la mano extranjera que financia la escuela? ¿Habría que interrumpir el 'sueño americano' de sus alumnos? AFE cree que no. "Investigamos a empresas para que un día gestionen el vertedero y paguen salarios y vacaciones", responde el pastor.

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