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Infancias robadas

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11-03-2010_ima3

150.000 niños entre 3 y 14 años fueron expatriados desde el Reino Unido a las antiguas colonias. Les hicieron creer que eran huérfanos o que les habían abandonado sus padres.

Hasta finales de los años sesenta fueron enviados a ex colonias como Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Zimbabwe con la disculpa de proporcionarles una vida mejor que en el Reino Unido, repoblar esos vastos territorios y servir de mano de obra. A muchos les hicieron creer que eran huérfanos o que sus padres les habían abandonado. Pero la realidad era muy diferente: sus progenitores desconocían que eran trasladados a tierras tan lejanas y perdieron a sus hijos para siempre. Cuando esos niños, que crecieron en instituciones gestionadas en muchos casos por la Iglesia, se hicieron mayores y supieron la verdad era ya demasiado tarde. Sus padres habían muerto. Décadas después de esas deportaciones, de maltratos físicos e incluso abusos sexuales, los chiquillos que ahora son abuelos han recibido por fin una disculpa pública del Gobierno de la tierra que les vio nacer.

«Me siento triste por todas las infancias que fueron destruidas. Esta es una fea mancha sobre nuestro país», dijo el primer ministro, Gordon Brown, al que pocas veces hemos escuchado repetir tantas veces la palabra «sorry» (perdón). A algunos no les bastan las disculpas, por muy sentidas que sean, pero para otros como Tony Costa, que a sus 68 años viajó desde Australia especialmente para este homenaje, «no es demasiado tarde. Este reconocimiento es muy importante para nosotros». Y es que, aunque ha pasado toda una vida desde que emigraron forzosamente, los fantasmas del pasado aún les persiguen; no sólo se manifiestan en forma de lágrimas, las que derraman cuando hablan de lo que les sucedió, sino en forma de pesadillas. «Aún me despierto durante la noche con sudores fríos. Lloraba al acostarme y me preguntaba por qué no me merecía tener un padre y una madre. Qué había hecho yo para estar así...».

Al menos 150.000 niños, entre 3 y 14 años, fueron enviados a países de la Commonwealth, especialmente Canadá y Australia. Aunque esta práctica empezó a finales del siglo XVIII, fue después de la Primera Guerra Mundial cuando esas deportaciones se realizaron de forma más organizada, respaldadas siempre por la legislación británica que permitía el envío de niños fuera del país en circunstancias específicas. Durante las dos grandes contiendas del siglo XX, muchos padres tenían dificultades para trabajar y cuidar a sus hijos, por lo que decidieron enviarlos a instituciones benéficas y órdenes religiosas católicas y anglicanas. Peor lo tenían las madres solteras, que, vistas con malos ojos, fueron presionadas para entregar a sus hijos. «Pero cuando la mía fue a buscarme después de la guerra no le supieron decir dónde estaba, no había ningún registro y no supo qué había pasado conmigo», denuncia Tony Costa, un apellido que desvela el origen italiano de sus antepasados.

Estas instituciones estaban saturadas y se planteó la migración como una buena solución; además era más barato mantener a los niños en otros lugares. Sucesivos gobiernos británicos respaldaron política y financieramente esta medida: entidades como la famosa Salvation Army o la ONG Barnardo's, cuya labor hacia los niños desfavorecidos goza en la actualidad de un gran prestigio, vendieron estos programas como una oportunidad para que los pequeños empezasen de cero, alejados de las duras condiciones de la posguerra en el Reino Unido. Se olvidaron de que crecer sin familia y sin el afecto que necesita un niño podía ser mucho peor. «Imagínate lo que supone creer que estás solo en el mundo», lamenta Margaret Humphreys, fundadora de la organización Child Migrants, que ha hecho campaña durante años para que las historias de esos miles de chavales salieran a la luz.

A muchos les dijeron que iban de vacaciones y hasta recuerdan cómo disfrutaron de la travesía en el barco que un mes después atracaría en las costas australianas. Sin embargo, una vez allí, comenzó la pesadilla. La escocesa Honoria Golberg, que llegó con 9 años, asegura que «tenía un pelo largo precioso. Me lo cortaron brutalmente. Fue un shock». Recuerda cómo, a pesar de su edad, las monjas del orfanato no les trataban como a niños: muchos no abrieron nunca más un regalo el día de Navidad y algunos no volvieron a celebrar su cumpleaños porque habían cambiado la fecha de su nacimiento con el fin de que no pudiesen ser localizados ni encontrar a sus familiares. Tampoco fue un consuelo ser deportado junto a un hermano, como le pasó a Honoria, porque los separaron. «Sólo nos podíamos ver de lejos en misa».

Calentarse los pies en caca de vaca

Marcelle O'Brien, que llegó en 1949 con sólo 4 años, explica que en la granja escuela donde la internaron no tenían zapatos ni abrigos: «La mejor manera de calentar tus pies era meterlos en caca de vaca fresca». Aún no entiende por qué abusaron de ella en una institución tan severa cuando «tenía la opción del amor y una vida familiar con mi madre en Inglaterra». De hecho, ya de mayor, supo que intentó recuperarla de manera desesperada. Llegó incluso a escribir a la Reina, pero sus esfuerzos fueron en vano. Sólo consiguieron reunirse poco antes de su muerte.

Según las instituciones y los gobiernos británico y australiano, que pidió también perdón públicamente en noviembre del año pasado, los niños eran útiles porque se creía que se adaptarían más fácilmente y podían ser formados para constituir mano de obra industrial. Uno de los chavales, que fue enviado en 1947 con 11 años y cuya identidad no ha trascendido, narra cómo un responsable australiano de la expatriación, Arthur Caldwell, les recibió a su llegada con estas palabras: «Estoy encantado de veros aquí, niños. Australia os necesita, necesitamos stock blanco». La educación no era una prioridad, así que muchos no fueron a la escuela o lo hicieron por poco tiempo. En seguida les pusieron a trabajar: a las niñas en tareas domésticas y a los niños en agricultura o construcción. Tony Costa explica que mezclaba cemento y hacía ladrillos sin medidas de seguridad, sin zapatos, así que «si se te caía uno lo hacía sobre tus pies descalzos. Era trabajo infantil, la peor forma de explotación, con el fin de glorificar a Dios, algo que no consolaba a niños golpeados y hambrientos. Los hermanos actuaban como si fueran contratistas de obra que gritaban y nos pegaban si nos quedábamos atrás».

Todos los testimonios, independientemente de sus circunstancias personales, tienen en común los nombres y adjetivos que estos adultos usan para describirlos: infierno, crueldad, brutalidad, sin compasión, salvaje. Sin olvidar que en el ambiente violento en el que crecieron algunos fueron objeto además de abusos sexuales por parte de sacerdotes. Les hicieron creer que tenían la culpa de estas vejaciones. Eran tan pequeños que nunca se han sentido de ningún sitio, aunque la mayoría, como Tony Costa, que llegó a ser el alcalde de la localidad australiana de Subiaco, han vivido siempre allí. «No digo que sea feliz, pero al menos mis últimos años de vida están siendo buenos».

 

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