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Una familia española sobrevive en la «zona cero» con siete hijos

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6-03-2010_ima2
LOTA (CHILE)- En la familia Amantegui todos son misioneros, hasta el más pequeño de tan sólo tres meses. Hace cuatro años que el matrimonio compuesto por Carlos Amantegui y María Teresa López, junto a sus siete hijos, llegó a Lota, un pueblito al sur de Chile sin imaginar que un terremoto de magnitud 8,8 les dejaría durmiendo a los pies de una Iglesia. «Pertenecemos al Camino Neocatecumenal. Somos una “familia-misión” que quiere hacer presente la familia cristiana en los lugares donde vivimos; no somos una ONG», aclara el irunés Carlos, padre de familia.

Las dos primeras noches fueron las más difíciles, con continuos asaltos a supermercados y casas. «Había disparos. Pasamos mucho miedo, la verdad», reconoce María Teresa, natural de Melilla. «Intentaron incluso entrar aquí. Como no había presencia del Ejercito, la comunidad se organizó repartiendo silbatos que tocábamos cada vez que alguien trataba de asaltarnos. Rápidamente aparecían los vecinos con varas de hierro y palos», agrega.


Desde hace una semana, los Amantegui viven en tiendas de campaña ubicadas en la parte trasera de la Iglesia San Matías Apóstol, símbolo de resistencia en Chile. Durante las 24 horas del Teletón, el programa que recauda dinero por la televisión para los damnificados por el terremoto, el templo fue unas de las imágenes más recurrentes. Pese a haber soportado tres seísmos, siempre renace de sus cenizas.

En su interior, los desperfectos son visibles. Grietas en las bóvedas, el cuadro con la imagen de San Matías colgado en unos de los atrios continúa en pie, no así la virgen «Pepiña» derribada por el temblor y el Cristo decapitado, cuya cabeza de cerámica observa desde el altar. «Nuestro Señor también está en los desastres; con un terremoto de esta magnitud la catástrofe podría haber sido peor. Todo puede reconstruirse, todo», comenta a LA RAZÓN el padre Jorge Ayala.

El pueblo de Lota –que en mapuche significa lugar sin importancia– ha quedado reducido a su mínima expresión. Esta aldea es una comuna costera ubicada a 30 kilómetros de Concepción, el epicentro del terremoto.

Tras cerrar la mina de carbón, el pueblo tuvo que reorientar su economía convirtiéndose en un destino turístico y en un pequeño puerto de pescadores. Sin embargo, el terremoto acabó frustrando los sueños de muchos «lotinos».

El alcalde, Jorge Venegas, rogaba que los militares llegaran a imponer el orden. «Una estación de gasolina estalló en llamas, ráfagas de disparos se escucharon durante la noche y los residentes custodiaban las calles contra pandillas de saqueadores», dice.
Frente a su casa y en muchos barrios de la localidad, los vecinos siguen durmiendo en tiendas de campaña porque sus casas han quedado inhabitables.

Aunque la mayoría de las familias esperan resignadas la llegada de agua, alimentos y ayuda para comenzar a reconstruir sus hogares, cada vez son más los que han preferido echarse a la carretera. Mientras, en las calles, los saqueadores venden a 30.000 pesos chilenos –40 euros– el saco de harina. La tragedia no se detiene.


Ayuda a los niños perdidos
El devastador terremoto que asoló Chile no sólo acabó con los sueños y las vidas de familias enteras. Arrasó lo único que tenían aquellos que no tienen nada ni a nadie: los orfanatos. Muchas casas de acogida se vinieron abajo en las zonas más próximas al epicentro, dejando a cientos de niños en la calle. El Gobierno chileno va dando pasos, pero éstos aún no han llegado a los niños. La fundación «María Ayuda» (www.mariayuda.cl), que también tiene proyectos en España, ha tomado la iniciativa. Aunque también ha perdido parte de sus edificios, ha propuesto acoger y atender a los niños de otros orfanatos y a los que han quedado huérfanos por el terremoto y comenzar con la reconstrucción de las casas derruidas. Para esos niños piden una ayuda que el Gobierno aún no puede darles.

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