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La pobreza de Haití obliga a miles de niños a ofrecerse como esclavos

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«No tengo casa, no tengo trabajo, no tengo nada», dice una madre desesperada

Nicole Paverger espera con los brazos cruzados mientras un médico colombiano atiende a su hijo Alix, de 12 años, de las heridas en las rodillas después de que se les derrumbase la casa encima. «He venido aquí para que curen a mi hijo», explica en la base haitiana de Killick con un hilo de voz. Sus ojos negros piden algo más: «No tengo casa, no tengo trabajo, no tengo nada, no sé qué voy a hacer. He perdido un hijo con el terremoto y tengo además otro de 13 años», relata.
En Haití la mitad de la población infantil no está vacunada y sólo el 40% de los pequeños tiene acceso mínimo a sanidad básica. Con una media de 60 años vida, el pueblo haitiano tiene una alta tasa de mortalidad infantil y una baja esperanza de vida en general.
El 80% de la población vive en la pobreza, que ha obligado a, al menos, 225.000 niños que viven en las ciudades a volver a la esclavitud y a trabajar como sirvientes en casas a cambio de un techo. Los más ricos, que representan el uno por ciento de la población, son prácticamente los dueños del país: poseen más de la mitad de la riqueza nacional.


Semervill Clerdine, de 25 años, habla español y hace de traductora entre los doctores hispanos de la base de Killick y los pacientes. «Espero a ver si alguien me puede dar trabajo. Yo soy artista, pero tras el terremoto ya no puedo ejercer», explica sobre la catástrofe que ha afectado a las casas de dos millones de personas. Con una tasa de paro del 80%, los jóvenes como Semervill son uno de los pilares donde se piensa que se puede asentar el país.
Otro es la diáspora, a la que los locales siempre se refieren con desprecio. El 80 por ciento de los licenciados se marcha a otras naciones, en su mayoría a Estados Unidos. También se van a hacer los estudios universitarios a otros lugares e incluso antes de haber terminado el colegio. Danny Jeune, que está al frente del complejo Grace Village, emigró a Miami, donde vive la gran mayoría de los haitianos en EE UU, con 19 años. Tras el terremoto volvió al complejo que fundaron sus padres Joe y Doris, el cual albergaba un orfanato, una clínica y una escuela. El joven, que estudió Derecho, afirma que «ahora he venido para quedarme e intentar ayudar a mi país. Pero la gente tiene que despertar y cambiar», admite.
Luke Weaver, que lleva 41 años en proyectos de ayuda en Haití, explica que «es un pueblo extremadamente fuerte, en parte debido a su historia, pero sólo están acostumbrados a sobrevivir». Gran parte de esa historia se escribe con los abusos de Francia, que incluso demandó a esta colonia una compensación económica después de que lograsen la independencia en 1804. «Si no fuese por mí, que estoy aquí haciendo llamadas y coordinando la ayuda que llega de diferentes ONG, Naciones Unidas y el Ejército, no sé quién lo haría», admite Danny Jeune.

El país superpoblado
Desde que tuvo lugar el terremoto, han llegado en oleada miles de ONG, 16.000 miembros de las Fuerzas Armadas estadounidenses y 12.000 tropas de la ONU. Todavía, la coordinación de las misiones y el aterrizaje en el aeropuerto de la capital representa uno de los grandes desafíos. Los cascos azules de Naciones Unidas se han hecho cargo de la seguridad en las calles, mientras que el comando sur de EE UU controla los mayores puertos de entrada al país y las rutas por las que se suministra la ayuda humanitaria. Las distintas ONG han asumido diferentes misiones de cooperación conforme a sus especialidades. Pero, la constante falta de organización puede dañar la distribución de ayuda e interponerse en los esfuerzos de reconstrucción a largo plazo. La organización Oxfam cree que la mayoría de los haitianos que residen en los campamentos improvisados no quieren trasladarse a otros que el Gobierno prevé crear fuera de la capital.

 

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