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El azote de los pederastas

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Nominado dos veces al Nobel de la Paz, el sacerdote Shay Cullen visita España en busca de fondos para luchar contra la pedofilia en Filipinas

GERARDO ELORRIAGA

 

Shay Cullen niega con la cabeza. No lo duda. No, él no recuerda sospechas ni rumores sobre casos de pedofilia en los lejanos años cincuenta, cuando era un estudiante de Teología en Irlanda. Creció en un pueblo cercano a Dublín, pero la verde campiña tampoco era un bucólico edén durante su juventud. No se trataba de un lugar demasiado excitante y la violencia se manifestaba sin connotaciones eróticas. «Sufríamos severos castigos físicos», confiesa el sacerdote. «Era muy común este exceso institucional, tanto en colegios públicos como religiosos».

Recientemente ha visitado España para hablar de la necesidad de apoyar a organizaciones como la suya, la Fundación Preda, que pretende la recuperación e integración social de menores objeto de abuso sexual y mujeres explotadas en Filipinas. Su actividad se financia en buena parte con los beneficios que proporciona el comercio justo. Intermón Oxfam lo ha invitado para que dé cuenta de su actividad.

El religioso no pretende exculpar los excesos de su Iglesia natal, pero quiere precisar responsabilidades. «Es terrible, aunque tan sólo un segmento del problema, el que puede parecer más sensacionalista». Recuerda que cuatro obispos ya han sido destituidos. «Sin embargo, la mayoría de los casos se lleva a cabo en el ámbito familiar y el culpable es el padre, el tío o el padrastro. En aquel tiempo, como ahora, el silencio predominaba».

«En aquel tiempo, como ahora, el silencio predominaba». Lo cierto es que su contacto con el abuso y la explotación sexual infantil se produjo mucho después, al ser destinado al archipiélago filipino en 1969. Entonces, aquel joven misionero podía parecer otro turista más o un soldado norteamericano vestido de paisano, uno más de los miles asignados a la inmensa base naval de Subic Bay, enclave estratégicos del gobierno de Washington en el Pacífico. Las proposiciones surgían a su paso, en cualquier esquina. «Eh, chico, ¿quieres una niñita?». Cullen pronto percibió que la oferta era inmensa, aunque la prostitución no representaba la única lacra. El país estaba sometido a la dictadura de Ferdinand Marcos y el Ejército luchaba contra la guerrilla comunista. El miedo a convertirse en un nuevo Vietnam y la ley marcial favorecían todo tipo de tropelías. «Los niños eran enviados a prisión o, simplemente, asesinados por la Policía».

Aquel estado de cosas le animó a actuar, aunque sus superiores no parecían exultantes por la decisión. «La Iglesia no había reaccionado de una manera muy práctica al respecto», responde en una demostración de diplomacia. «Digamos que entonces la misión era entendida como más ligada a la oración y la celebración de la misa, pero los valores de justicia y entrega son nucleares dentro del Cristianismo».

Le aconsejaron que olvidara las calles y sus miserias en beneficio de la dimensión espiritual de su tarea. «A veces la gente se olvida de la figura que está en el crucifijo, de que representa a una persona condenada a muerte por luchar contra la opresión de los desfavorecidos. Jesús era un activista».

37 casos abiertos

Su tesón dio lugar a una organización que actualmente posee centros y talleres de artesanía y se mantiene gracias al procesamiento de los productos alimenticios que hacen llegar a las redes del comercio justo. Más de 20.000 personas trabajan como pequeños productores en la fabricación de cerámica, cestería de bambú y ratán.

Shay Cullen también ha sido nominado un par de veces para el Premio Nobel de la Paz y es conocido internacionalmente como el cazapederastas, aunque frunce el ceño al escuchar el apelativo. «Es un nombre estúpido y ridículo que me han dado los periodistas», lamenta. El sacerdote recalca que no le gusta nada el mote justiciero, quizás porque no se aviene bien con la realidad. Ahora, sobre la mesa, tienen 37 casos documentados de prácticas pedófilas, pero no confía en que acaben en condena. «Salvar a los pequeños es más fácil que llevar a juicio a estas personas», lamenta. «La corrupción del sistema judicial filipino lo impide».

Aunque la imagen de los cabizbajos y pálidos extranjeros llega fácilmente a la pantalla, la gran mayoría de la clientela de los lupanares asiáticos es local. A menudo, una promesa de trabajo en el servicio doméstico y cierta cantidad de dinero animan a los campesinos a desprenderse de sus hijos, sin saber, tal vez, su destino real. Cullen también expone los estragos físicos y psicológicos que evidencian las víctimas. «Las terapias permiten aflorar la rabia acumulada, pero la huella de lo padecido quedará para toda la vida».

Los oficios de la ONG que dirige no son bien vistos aún por las autoridades civiles y militares locales. Como Camboya o Thailandia, las islas se han convertido en un escenario discreto y tolerante para las apetencias tan lucrativas de occidentales y japoneses. «Sufrimos desde hace cuarenta años las presiones de militares y políticos», asegura. Su entidad incluso ha desarrollado una alternativa turística que incluye visitas a poblados indígenas y paraísos naturales y difunde un mensaje conciso y contundente: «Manténgase alejado de las mafias del sexo».

 

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