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Un día en el hospital de los milagros

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elmundo

27-12-2011jeFuera de la sala, bajo la lluvia que chocolatea las sendas de tierra roja, unas mujeres lavan sus trajes a mano. Ninguna puede permitirse la considerada como auténtica seda africana, y que curiosamente sólo se fabrica en Holanda a 1.200 euros el tejido. Todas ellas llevan coloristas prendas procedentes de Tanzania o Kenia, más asequibles a sus bolsillos. Una chica dice adiós a sus compañeras de parto y hay que despedirla con música, como merecen las congoleñas. La canción que entonan unas 30 pacientes del hospital repite una palabra en swahili destinada al recién nacido que se acurruca en los brazos de su madre: karibu (bienvenido).

Este bullebulle de voces y palmas se entremezcla, una vez dentro, con un sonido más sutil, casi imperceptible. Tres mujeres lloran en torno a una cama vacía mientras dos enfermeros sacan de la sala una camilla con un hombre que acaba de fallecer. Las dos realidades, las risas y las lágrimas, chocan en un espacio separado por apenas 10 metros.

El Hospital General de Kalonge, apenas seis pequeños edificios de ladrillo, se encuentra en medio de un vergel enclavado en el este de la República Democrática del Congo, uno de los parajes más aislados, subdesarrollados, violentos y hermosos del continente, un agujero negro en medio del paraíso, o un paraíso en medio de un agujero negro, según se mire.

"Vienen aquí dos o tres semanas antes de parir para no tener que hacerlo en su aldea o de camino".

La interminable guerra entre las Fuerzas Armadas congoleñas y el incomprensible avispero de milicias rebeldes, sobre todo las temibles Fuerzas de Liberación de Ruanda o FDLR, ha desplazado a esta zona a poblaciones enteras empobrecidas sin acceso alguno a la sanidad.

Desde 2008, la sección española de Médicos sin Fronteras abandera aquí un proyecto para procurar una asistencia sanitaria y humanitaria a estas gentes golpeadas por el conflicto durante décadas y que sólo pueden luchar por sobrevivir.

María Laura Vasilchín, ginecóloga argentina, ha pasado por Irak, Liberia, Afganistán o Palestina, pero en su opinión es en el Congo donde la presencia de los trabajadores humanitarios tiene un impacto más alto sobre la población y su calidad de vida. "Hace poco vino a verme una mujer. Había tenido a su hijo hace cinco años y en el parto se había rajado el esfínter". Y aclara que se trata de "un problema común en los hospitales de todo el mundo. El caso es que nadie la había operado después para repararle el daño. Esta mujer había perdido su dignidad porque no podía controlar sus deposiciones. Claro, no podía salir de su casa porque se reían de ella. Yo le practiqué una cirugía sencilla y le reparé la zona. Esta chica, de apenas 25 años, me dijo que yo le había devuelto su vida".

Bajo la luz sucia del atardecer que se filtra por un gran ventanal, cuatro mujeres que acaban de tener a sus bebés prematuros se acurrucan con ellos en la cama. No hay incubadoras, así que descansan en la habitación más cálida del hospital, con las criaturas cubiertas con una especie de papel de aluminio para retener la temperatura corporal. Una mujer llamada Bora, que arrastra las palabras por el cansancio, relata que su parto "fue de gemelos", pero que al dar a luz en un camino, en su ruta hacia el hospital, perdió a uno de ellos. "Murió nada más salir". Con una mezcla de ternura y confusión, mira al que le queda, un niño sietemesino poco más grande que un botellín de cerveza.

Para la gran mayoría de ciudadanos congoleños, la sanidad es un lujo que no pueden permitirse. Cada ingreso les vale 35 dólares por ocupar una cama. Y las medicinas se pagan aparte. Aquí, en la región de Kalonge, sus habitantes están de suerte: la ONG se asegura de que todas las consultas, diagnósticos, hospitalizaciones y tratamientos sean gratuitos.

Un lugar feliz

Milagros en Kalonge suceden a diario, pero hay problemas que ni los milagros pueden sanar. Una niña con hidrocefalia (trastorno basado en la acumulación excesiva de líquido en el cerebro) sonríe a su madre, sentada en un extremo de la cama. El gesto mudo del doctor es elocuente negando con la cabeza: aquí esta pequeña está condenada.

Donde realmente se aprecia la actividad del centro, con 90.000 consultas al año, es en el paritorio. En el ala sur del hospital huele a comida y hay una revolución de cuerpos que van y vienen. A pesar de que todas son mujeres en el último mes de gestación, se mueven con agilidad y acarrean trozos de leña. Estamos en la viñola, como la llaman aquí, o casa de las embarazadas. Unas 50 o 60 mujeres esperan el momento de dar a luz en el paritorio, que aquí nunca descansa. "Están acostumbradas a trabajar duro desde niñas, a ir a por agua temprano, a cultivar la tierra, a recoger leña, a criar a sus hijos", dice María Laura entre el revuelo que despierta un blanco armado con una cámara de fotos.

"Vienen aquí dos o tres semanas antes de parir para no tener que hacerlo en su aldea o de camino. Aquí esperan, descansan y se divierten. Es como unas vacaciones para ellas, por eso es un lugar feliz".

Hay un modesto quirófano con dos ollas grandes para desinfectar el instrumental y un generador para alimentar los focos.

Las que están a punto de dar a luz caminan durante horas en la sala para provocar el parto. Cuando llega, van a uno de los dos potros, cuyo asiento nunca se enfría. Casi 4.000 nacimientos al año. A veces no da tiempo a que las mujeres acudan al hospital y hay que atenderlas sobre el terreno. No será la primera vez que un niño nace en el asiento del Toyota de la ONG, con el conductor asistiendo al parto como uno más.

El aspecto del hospital es decadente, con las paredes descascarilladas y las mantas raídas, pero parece limpio y ordenado. En las salas de internos huele a lejía, a linimento, a enfermedad y a sudor. Hay un modesto quirófano con dos ollas grandes para desinfectar el instrumental y un generador para alimentar los focos, bajo los que se han practicado 743 operaciones en lo que va de año.

Al final del día llega un herido de bala que necesitará una operación de urgencia, una cirugía de guerra a la que el personal está muy acostumbrado. Es algo habitual en un lugar en el que un Kalashnikov puede comprarse por 10 dólares y muchos hombres sólo aspiran a enrolarse con cualquier señor de la guerra que les permita saquear para sobrevivir.

La peor epidemia de estos bosques

En una de las salas del hospital de Kalonge, bañada por una luz mortecina, ocho o nueve niños dormitan en camas con sus madres, aparentemente sanos, pero mirando a los visitantes como drogados, con ojos desconectados de la realidad. "Estos que ves aquí son niños desnutridos", comenta el doctor congoleño encargado del área. "La ausencia de las proteínas y nutrientes más esenciales en la dieta de estos niños es la responsable de este cuadro de desnutrición, que técnicamente se llama kwashiorkor". Y señala a uno de los pequeños: "Los cabellos quebradizos, las manchas en la piel y la retención de líquidos en las extremidades que en ocasiones dan una falsa imagen de niño rellenito y saludable. Pero los niños que lo sufren están apáticos".

Y efectivamente parecen hinchados, no en los huesos, como los de las imágenes que nos llegan de Somalia, pero su diagnóstico es el mismo: "desnutrición severa". La culpa la tiene su dieta: comen lo que aquí llaman 'ugali' o 'fufú' y que no es otra cosa que mandioca. El pasado año la República Centroafricana sufrió una gigantesca crisis alimentaria por este mismo problema.

Nuria Salse, la nutricionista de la ONG, asegura que la mandioca "te sacia el hambre, porque te da la sensación de tener llena la tripa, pero aporta pocas proteínas y minerales. No pasa nada por comerla con carne o pescado, pero no puedes basar tu dieta sólo en ella". Por esa razón "los niños detienen su crecimiento, tienen riesgo de sufrir enfermedades como hipotiroidismo en las madres y retraso físico y mental en los recién nacidos, porque la hoja de la planta es tóxica".

Aunque las dentelladas de la malaria también se sienten aquí con fuerza, la peor epidemia que sufren estos bosques, amplificada por el virus de la impunidad, es la de la pavorosa violación de mujeres. Aunque cada vez son más las que acuden al médico, todos los profesionales de MSF saben que es un porcentaje ridículo en comparación con las que son forzadas a practicar sexo con hombres armados en los caminos para después quedar tiradas como un escombro en las cunetas.

"La atención médica aquí está centrada en la prevención de enfermedades de transmisión sexual, apoyo psicológico y anonimato total de la violada para que no sea repudiada por la comunidad. La hacemos pasar con consulta ginecológica normal para que nadie sospeche", dice Edvigde. "También les ofrecemos un certificado de violación por si quieren denunciar, pero como no hay donde acudir y nadie se fía del Ejército, casi ninguna se lo lleva", comenta otro enfermero de MSF.

A pesar de que algunas mujeres portan en su cuerpo una memoria de embarazos difíciles, abortos, cesáreas practicadas sin anestesia, violaciones masivas y su útero -cansado y cicatrizado de tanto parto- amenaza con romperse, poniendo en riesgo la existencia de madre e hijo, la vida se abre camino y los niños lloran con fuerza cuando abren sus ojos por vez primera. Y vuelve a sonar la música. Karibu (bienvenido).

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