Imprimir

La épica del fútbol

on . . Visitas: 559


No revelo a nadie ningún secreto si declaro -con los matices que quieran añadirse- que el fútbol es un recuerdo civilizado de la guerra y que, en una sociedad ayuna de emociones fuertes (conflictos bélicos, devastaciones, catástrofes naturales�, que sólo parecen ocurrir en países más pobres, el deporte del balón se ha convertido en vivero de héroes y fiesta nacional por excelencia.

Las hazañas bélicas tuvieron su género literario, el de la épica, pero hace tiempo que la guerra ha perdido la aureola que le era propia, para convertirse en un asunto económico con el que se enriquecen empresas transnacionales a costa de masacrar poblaciones civiles (los ejemplos, en la mente de todos) y del sacrificio de muchos combatientes. Por eso, visto que la guerra y su relato dan para pocas alegrías (ni siquiera las patrióticas), la épica y sus modos se han trasladado con armas y bagajes al fútbol, para cumplir la labor de diversión de todo espectáculo, de enaltecimiento de unos héroes y sus gestas, al tiempo que la de anestesia contra males mayores (las costuras de la crisis económica quedaron maquilladas mientras el Mundial de fútbol nos deslumbraba con el desfile incesante de los mitos y sus combates futbolísticos en los estadios surafricanos, esos palenques sustitutivos del campo de batalla.

Las gestas deportivas las cantan hoy los periódicos y demás media, que se apropian de los modos épico-bélicos. Los lanzamientos a puerta son tiros, disparos y, si muy fuertes, cañonazos, el delantero centro es un ariete, y el Real Murcia se trajo del fortín del Melilla unos puntos valiosos. Hay equipos que defienden desde la trinchera y otros que atacan a campo abierto (de batalla); un derby es lo más parecido a un duelo, y la última publicidad de la Champions League se viste con una parafernalia de escudos, corazas, espinilleras de metal, lanzas y espadas, feroces gestos de luchadores�

Caballos legendarios como Babieca, Bucéfalo y Rocinante -éste, de una épica bufa-, han sido sustituidos por los cuadrúpedos mecánicos de los Lamborghini, Bentley y Testarossa. Recordamos armas como el escudo de Aquiles, el arco de Odiseo, la Tizona del Cid, la espada Durandarte de Roldán, el de Roncesvalles; de estos gladiadores conocemos al dedillo el estado de sus armas físicas en la incruenta guerra semanal: el corazón, los abductores, los gemelos y ligamentos cruzados�Aquellos héroes no eran inmunes a los sentimientos. El legendario Cid, camino del destierro, expresa el amor paterno separándose de sus hijas «como la uña de la carne», y, sensible a la piedad, perdona a la niña que, frente a él y su «escuadra de feroces guerreros», le impide entrar en la posada de Burgos. Los de este tiempo también son humanos: militan en variadas ONG, son embajadores de UNICEF y prestan su rostro a campañas solidarias en países lejanos. Luego (siguen siendo humanos), páginas más adelante de las revistas, nos anuncian imposibles coches de alta gama, chalets de lujo y perfumes para conquistar a las mujeres más hermosas del planeta.

Los héroes del césped llevan sobrenombres como sus antecesores, que, no se olvide, tocaban en semidioses. Si los antiguos se llamaban Ulises, 'el astuto', Aquiles, 'el de los pies ligeros', Rodrigo Díaz, 'el Cid', y, entre los nuestros, Alonso Fajardo, 'el Bravo', los de ahora no les van a la zaga. Ronaldo es 'CR9', Agüero, 'el Kun', Vicente del Bosque, 'el hombre tranquilo' -un cruce con la épica del cine-, Pelé era 'o rei' y Messi, 'la pulga de Rosario' (como Ruy Díaz era de Vivar, Amadís, de Gaula, y Odiseo, de Ítaca). Qué decir de los amores. Si quedaron entronizadas en la memoria las Helena de Troya, Doña Jimena y Doña Alda, Krimilda y Oriana, no les va a la zaga Sara Carbonero, que ocupa el ara de la gloria junto al héroe Iker Casillas. En este Olimpo de oropel también hay dioses, al menos así, 'D10s', denominan en pleno éxtasis sus seguidores al ínclito Maradona, tan recordado por ciertas hazañas y tan olvidable por otras.

Ciertamente, la del fútbol es una épica de andar por casa, ligada a personajes a los que el espectáculo devora de modo inmisericorde y el tiempo silencia para siempre, pero para una época de usar y tirar, de olvidos clamorosos y adoración del instante, es suficiente. A tal época, tales héroes.

Utilizamos cookies para mejorar nuestro sitio web y para ofrecerle contenidos más interesantes. Para obtener más información sobre las cookies y cómo eliminarlas, consulte nuestra Política de Privacidad.

Sí, acepto cookies de esta web