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Ángeles de la guarda de los más desfavorecidos

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Se llama Manolo, tiene 92 primaveras y cada mañana acude puntual a su ‘puesto de trabajo’, aunque lo que él recibe a final de mes no es un sueldo, sino la satisfacción de sentirse útil y ayudar a los más desfavorecidos. Una treintena de voluntarios, en su mayoría jubilados, colabora a diario con el Banco de Alimentos y todos coinciden en señalar que «engancha». «Manolo es una de esas personas que el día en que no pueda venir se muere de pena», comentan sus compañeros del Banco de Alimentos, que el año pasado repartió más de 2.000 toneladas de alimentos. «A mí me dice la mujer que vengo más a gusto a trabajar aquí que cuando iba a Michelín», asegura Marino Sanz.
Fue su hija Marisa la que un día vio en el periódico que se necesitaban voluntarios y animó a su padre a apuntarse.

«Aquí nos sentimos útiles y ayudamos a la gente, y esa ayuda ahora se necesita más que nunca», comenta mientras no deja de sacar y meter palés cargados de alimentos. Y es que el movimiento en el Banco de Alimentos es continuo. A las ocho de la mañana, los voluntarios comienzan su tarea diaria. «Lo primero es colocar los lotes de comida que a partir de las 11 horas pasarán a recoger las asociaciones», explica el responsable de las naves, Fernando Navarro.
Cada una de las 120 asociaciones a las que distribuyen alimentos acude una vez al mes a recoger su lote, como es el caso de Azacán Serso. «Nosotros somos una ONG que trabajamos con países del tercer mundo, pero ante la situación de crisis y paro que hay nos hemos visto en la obligación de ayudar a algunas familias de Las Delicias. Nosotros mismos les llevamos los alimentos y así tenemos un contacto más directo con ellos», afirma María Jesús Romón, quien, al igual que Félix Rueda (Proyecto Hombre), asegura que la labor del Banco de Alimentos es encomiable y «resuelve una papeleta muy importante», aunque «haría falta mucha más cantidad por la situación de crisis, pero es lo que hay».
De hecho, en más de una ocasión se han encontrado con gente particular a las puertas de las naves para pedir ayuda, pero lo cierto es que sólo atienden a asociaciones que posteriormente distribuyen los alimentos entre sus internos (Proyecto Hombre o la Residencia Ancianos Desamparados) o a familias (parroquias).

Sus tres razones. Dicen los voluntarios de este Banco de Alimentos que existen tres razones por las que venir cada mañana a trabajar: «lo primero porque ayudamos a los demás, segundo por la satisfacción de hacerlo y tercero porque así dejamos tranquilas a las mujeres», bromea Fernando, quien confiesa que cuando no puede acudir lo echo de menos. «Es que también es una forma de mantenernos activos y no perder la cabeza. Solo hay que mirar a Manolo para darse cuenta», apunta, mientras Paco asegura que nunca ha echado tantas horas en la tienda de electrodomésticos en la que trabajaba como en el Banco de Alimentos.
Y como ninguno de ellos se cansa de descargar, colocar y volver a cargar lo que para muchos es la delgada línea entre la vida y la muerte, estos 30 voluntarios insiste en la necesidad de contar siempre con la solidaridad de los vallisoletanos. «Damos mucho la lata y los vallisoletanos responden mejor con la crisis. Quizás sea porque ven la pobreza más de cerca, ya que ahora hay familias de la calle Santiago que no tienen para comer», explica su presidente, José María Zárate, quien destaca que en el Banco de Alimentos «cuantos más lotes haya más comida se podrá repartir entre los necesitados, que hay muchos».

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