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Crónicas del hambre

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La ONU instauró hace siete años el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza en un intento de hacer ver que buena parte de la población mundial vive muy por debajo de los estándares a los que nos hemos acostumbrado las opulentas sociedades occidentales. Miles de voluntarios anónimos se baten el cobre sobre el terreno para hacer la vida algo menos penosa a los más desfavorecidos. Algunas veces lo consiguen, pero otras no tienen más remedio que rendirse a una evidencia cruel que todos los días se lleva por delante miles y miles de vidas humanas.

1. Joaquina estrenó vestido

Joaquina Pedro tenía 12 años cuando falleció a finales de septiembre en un poblado próximo a la localidad mozambiqueña de Chimoio. Vivía junto a su madre y sus cinco hermanos en una choza de adobe y paja. Su padre murió hace unos años a consecuencia del sida, una dolencia que afecta a tres de cada cinco mozambiqueños y que está diezmando a la población del país. Joaquina pasó buena parte de su existencia acarreando agua para su familia y removiendo con sus manos las basuras para encontrar algún alimento. Castigada por años de desnutrición crónica que habían debilitado su organismo hasta convertirlo en la sombra de una sombra, Joaquina contrajo una infección -se cree que pudo ser cólera- que se la llevó por delante en un abrir y cerrar de ojos. Los integrantes de la ONG Haurralde, que tiene un centro de apoyo en la zona, intentaron salvarla con la ayuda de un médico cubano. «Vomitaba todo lo que le dábamos de comer, apenas podía moverse», recuerda Patricia Ponce, directora de la ONG. Joaquina, que nunca supo lo que era un juguete y menos aún estrenar una prenda, fue enterrada envuelta en un vestido nuevo. «No lo llegó a ver», llora Patricia, que se despierta desde entonces con el recuerdo de los enormes ojos negros de Joaquina apagándose lentamente en un atardecer mozambiqueño.

2. La hermana-madre

En África abundan las hermanas-madre, niñas que con apenas 10 años tienen que hacerse cargo de sus hermanos menores por la ausencia de sus padres. Óscar Sánchez-Rey, de Médicos sin Fronteras, recuerda el caso de una niña de 12 años que condujo por su cuenta a uno de sus hermanos menores a uno de los centros nutricionales que la ONG había instalado en Boda, una población rural de República Centroafricana. El pequeño, de 5 años, presentaba todos los síntomas de un cuadro de desnutrición conocido como 'kwashiorkor'. «Tienen manchas en la piel y edemas que hacen que en ocasiones den la falsa imagen de niños rellenitos y saludables». La niña presintió que la silueta oronda de su hermano tenía que ver con la falta continuada de alimentación en su familia y lo llevó al centro que los cooperantes acababan de instalar a unos kilómetros de su vivienda. «Le salvó la vida», cuenta Sánchez-Rey, que se reconoce aún impresionado «por la madurez de la mirada de una pequeña que con sólo 12 años había asumido la responsabilidad de ser la cabeza de familia». El cooperante no logra recordar el nombre de los hermanos aunque tiene la certeza de que, por una vez, la historia tuvo un final feliz. «Conseguimos que se recuperase por medio de alimentos terapéuticos preparados, conocidos como RUTF por sus siglas en inglés (ready to use therapeutic food), que han supuesto una pequeña revolución para tratar la desnutrición». Los RUFT consisten en realidad en una pasta de cacahuete enriquecida con los 40 nutrientes esenciales. «Son fáciles de transportar, no se estropean ni se contaminan y nos permiten tratar a muchos más pacientes que los antiguos programas nutricionales». El niño salvado por su hermana aparece en la foto comiendo uno de esos preparados nutricionales.

3. ¿Sonrió Inesi alguna vez?

Inesi Domingo murió con apenas 4 años el pasado mes de marzo en Mozambique debido a un cuadro de desnutrición severa complicado por la malaria. Su vida fue tan corta que no tuvo tiempo -tampoco motivo- para esbozar una sonrisa en su rostro prematuramente avejentado por el hambre y la enfermedad. Inesi era huérfana -sus padres, como los de otros muchos miles de niños africanos, cayeron víctimas del sida- y vivía con su abuela en Nhamatsane, un poblado mozambiqueño formado por casuchas de adobe próximo a la frontera de Zimbabue. El poco alimento que llegaba a su boca se lo procuraba su abuela, una mujer mayor a la que una enfermedad le impedía muchos días salir de su casa. La subsistencia en Mozambique -y en casi todo África- pasa por cultivar un pequeño huerto que con suerte alivia las necesidades nutritivas más elementales. La parcela de la familia de Inesi permanecía yerma porque su abuela era incapaz de cultivarla, así que la niña se dormía muchas noches sin llegar a probar bocado. Los vecinos dieron cuenta de lo que ocurría a la ONG Haurralde, que tiene un programa para niños huérfanos en Nhamatsane, pero cuando los voluntarios acudieron en su ayuda el hambre había debilitado tanto su pequeño cuerpo que todos los esfuerzos para que se recuperase resultaron vanos. El 17 de marzo Inesi cerró por última vez sus ojos y pasó a engrosar las estadísticas de la vergüenza.

4. Cuando se muere un hijo

A los 25 años la mayoría de las mujeres occidentales empiezan a plantearse si alguna vez serán madres. A esa edad Aisha ha dado a luz ya cinco veces. Vive en una pequeña población rural de Níger y su marido desapareció un buen día sin que haya vuelto a tener noticias de él. En África es muy común que los hombres se desentiendan de sus familias; un día se 'van a por tabaco', como en el viejo chiste, y no aparecen más. Son las madres las que apechugan con todo: el cuidado de los hijos, la casa, el cultivo del huerto familiar, el pequeño puesto en el mercado local... Una veterana cooperante suele decir que «si los europeos tuviesen que encarar la mitad de las dificultades que debe superar una mujer africana, estarían todo el día en el psicólogo». A Aisha se le han muerto dos de sus cinco hijos: uno nació prematuro y otro, que se llamaba Maman, murió con siete meses. La mujer recuerda que era un bebé muy sonriente hasta que el hambre y las infecciones se cebaron en su pequeño organismo. «Cuando empezó a ponerse enfermo solíamos alimentarnos de unas hierbas que llamamos giga porque nos habíamos quedado sin la cosecha de mijo por la falta de lluvias». Aisha era consciente de que la giga no le sentaba bien a su pequeño, pero no podía hacer otra cosa: lo poco que había en su choza ya lo había vendido para procurar algo de comer a sus hijos, y la falta de agua había hecho de su huerto un erial. Ahora espera que sus otros tres hijos, de 6, 3 y 2 años, puedan salir adelante. A los dos más pequeños, que empezaban a presentar síntomas de desnutrición, les ha salvado la llegada a la zona de un equipo de la ONG Save the Children. Aisha pasa ahora los días mirando el cielo con la esperanza de que el ciclo de las lluvias se restablezca para plantar el mijo con el que alimentar a sus hijos en el futuro.

5. 'Ladrona' de hormigas

Sedoise es a sus 71 años una 'termitiére' (termitera en su traducción más rigurosa), es decir, una especialista en localizar hormigueros para luego 'saquearlos' y hacer acopio de los granos que han almacenado los insectos. Las malas cosechas derivadas de la falta de lluvias han dejado a más de 2 millones de habitantes de Chad sin su fuente habitual de alimentación. En algunas comarcas la situación es tan crítica que las mujeres organizan batidas en busca de las semillas depositadas en los hormigueros. Cristina Vázquez, de Intermón Oxfam, cuenta que en la localidad de Djaya se juntan todas las mañanas una veintena de 'termitiéres' que rastrean los campos próximos intentando encontrar las despensas de los insectos. «Si tienen suerte pueden llegar a recoger hasta 2,5 kilos de grano al día, pero el problema es que cada vez hay más 'termitiéres' y se temen que dentro de poco no va a quedar ni un hormiguero en la zona». Hasta hace unos años Sedoise y sus compañeras eran agricultoras acostumbradas a trabajar en los campos en jornadas eternas de sol a sol. Privadas de sus cultivos por la sequía y las cada vez más comunes plagas de langostas, ahora pasan las horas batiendo el suelo con la esperanza de que el hormiguero que encuentren esté bien abastecido.

 

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