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La literatura de las tinieblas

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El infierno es verde, frondoso y flanquea la carretera que comunica las ciudades de Goma y Rutshuru, en el este de Congo. Hace dos años, la ofensiva del general rebelde Laurent Nkunda provocó un drama humanitario, otro más de los que han asolado la región a lo largo de la última década. Los refugiados colmaron esa vía plagada de socavones y en su deambular fueron saqueados o asesinados por soldados y guerrilleros, habituales depredadores de la población civil.

La torturada calzada bordea una colina en la que aún se puede contemplar las ruinas de la residencia que dominaba una plantación de cacao. Los nativos dicen que el empresario belga que la habitaba hace tiempo que la abandonó, posiblemente antes de que la guerra devastara la región. Hoy, los despojos de la mansión siguen asistiendo al paso incesante de campesinos, escolares, familias y camiones por la ruta, ahora también salpicada por controles de cascos azules. Con un poco de imaginación podemos imaginar que nos encontramos ante la asolada morada de Kurtz y que el viejo alucinado sigue siendo el señor en el corazón de las tinieblas tropicales, habitante de una residencia maldita cercada por cabezas empaladas.

El lugar mantiene ecos de la pesadilla que ha sufrido, tan brutal como la que cualquier escritor enajenado pueda imaginar. Los militares locales ya no se enfrentan entre sí, pero siguen imponiendo su ley. Se ven patrullas pertrechadas con sofisticadas armas, incongruentes en un escenario de miseria, y los observadores neutrales aseguran que al abrigo de la noche, recuperan su tradicional apego a la rapiña y la muerte, la violación y la venganza, y que los campesinos han de buscar refugio en la selva para evitar ser sus víctimas propicias.

'El sueño del celta', la última novela de Mario Vargas Llosa, a punto de llegar a las librerías, también se sitúa en ese gran país y, asimismo, alude indirectamente a Joseph Conrad. Su argumento gira en torno a la vida de Roger Casement, cónsul inglés en la ex colonia belga, y gran amigo del autor, una de las voces que denunciaron la tragedia del continente. Medio siglo después de que un buen puñado de estados africanos consiguiera la independencia, el continente negro sigue siendo un sugestivo escenario para la ficción, generalmente teñida por la mala conciencia de quienes en Europa y Norteamérica, asumen las culpas de aquellas metrópolis y potencias occidentales que han perpetuado su esquilma.

El colonialismo y sus repercusiones sociales, políticas y económicas, siguen impregnando la narrativa de autores foráneos y de aquellos que abandonaron su tierra y escriben en el exilio. Las últimas novedades literarias al respecto avalan esa percepción lastrada por cierta sensación de culpa colectiva. Curiosamente, nunca como ahora se antojan lejanas las impresiones románticas de Karen Blixen o Kuki Gallmann, autoras de memorias que reflejan las condiciones privilegiadas de los colonos blancos. Incluso la apacible y hermosa Kenia que reflejan 'Memorias de África' o 'Soñé con África', películas basadas en aquellas historias personales, se ha visto inmersa en los conflictos internos, a menudo catastróficos, que sacuden periódicamente las frágiles repúblicas subsaharianas.

El origen

'El corazón de las tinieblas' es la referencia ineludible, el punto de partida para este recorrido. Relato breve, pero paradigmático, se estructura en torno a los recuerdos del viejo marino Charlie Marlow y aparece ambientado en la segunda mitad del siglo XIX. La peripecia de un traficante de marfil, definido como un «emisario de la piedad, la ciencia, el progreso y sólo sabe el diablo de que más», deviene en la descripción despiadada del expolio causado por las compañías explotadoras, frecuentemente encubierto por intereses humanistas, pero también en una metáfora sobre la locura asociada a la ambición desmedida del europeo.

La obra de Josep Conrad está ambientada en Congo, un vasto territorio concedido en la Conferencia de Berlín en 1885 a título personal al rey Leopoldo II de Bélgica, y que el monarca saqueó utilizando pretendidas misiones culturales y humanitarias. Su estrategia, aparentemente filantrópica, no dudó en emplear la tortura y la mutilación para vencer el ánimo de los nativos, siempre renuentes a convertirse en mano de obra servil, y ha sido tachada de verdadero genocidio por los historiadores contemporáneos.

Nunca como en África la explotación del hombre por el hombre ha adquirido el carácter de operación masiva y sistemática. Los europeos en las costas atlánticas y los árabes en las del Océano Índico impulsaron un tráfico que desplazó forzosamente a más de diez millones de indígenas y, posiblemente, acabó con la vida de un número superior. En su último libro publicado en nuestro país, el escritor francés Laurent Gaudé incluye un cuento en la mejor tradición fantástica heredera de Guy de Maupassant. 'Sangre negrera' es, literalmente, la crónica de la caza del hombre convertido en un animal mercadeado y abatido sin contemplaciones cuando intenta escapar de su fatal destino.

La trata fue anterior a la ocupación efectiva del continente y su reparto entre las potencias. 'Siete casas en Francia', la última novela de Bernardo Atxaga, se desarrolla en esas circunstancias, en la ocupación efectiva de Congo, y nos remite a un campamento militar belga a principios del siglo XX y las ambiciones particulares de sus componentes. «La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que la nuestra, no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la redime es la idea». La perorata de Marlow en el prólogo de su aventura es toda una disertación sobre el carácter de esa ocupación, una empresa que en los prolegómenos aunó violencia y terror y en su final impuso una cartografía política completamente ajena a la realidad local.

La relativamente reciente independencia de buena parte de África ha restado protagonismo a la literatura inspirada en aquel proceso a favor del periodismo reporteril y, sobre todo, los medios audiovisuales. Desgraciadamente, el imaginario occidental asocia su historia reciente con niños espectrales y cadáveres esparcidos en arcenes, entre otras visiones espeluznantes, una fotografía injustamente reduccionista. También destila la opinión más pesimista sobre sus posibilidades, apoyada en el eco de dictaduras y barbaries asociadas. 'Un recodo en el río', de V. S. Naipaul, sitúa en la experiencia de un inmigrante indio la frustración de esa autogestión y la aparición de la tiranía y el caos en un país que se asemeja al Congo, argumento similar al expuesto por Moses Isegawa en 'Crónicas abisinias' con respecto a Uganda durante la ascensión del temido Idi Amin.

El proceso que conduce a la teórica liberación es fructífero en historias que hablan de decadencia y cambio, abordan los sueños de redención y anticipan nuevas pesadillas. El fenómeno se inicia en 1847 con la aparición de Liberia, el proyecto de los afroamericanos retornados a la tierra de origen, y culmina con el surgimiento de Eritrea en 1993. La segregación de esta última de Etiopía encuadran 'El abisinio' y la excepcional 'Las causas perdidas' de Jean Christophe Rufin, dos novelas que ejemplifican una nueva perspectiva en la que se entrecruzan la crítica, la ironía y el conocimiento cercano de los acontecimientos. No en vano, el autor, premio Goncourt, es doctor y uno de los impulsores de la ONG Médicos sin Fronteras.

Pero la realidad siempre supera a la ficción y los cronistas han destacado sobremanera frente a los urdidores de ficción por muy sugerente que ésta sea. Ryszard Kapuscinski es la figura que mejor ha contado ese tránsito empleando el género periodístico y elevándolo a la categoría de gran literatura. Sin duda, 'Ébano' constituye un acercamiento indispensable a esa etapa que conduce desde la esperanza a numerosos conflictos hasta la apocalíptica guerra de los Grandes Lagos.

La respuesta de África

No obstante, el reportero polaco cuenta con libros como 'Un día más con vida' que nada tienen que envidiar del surrealismo conradiano. En esta publicación, retrato de los últimos días del poder luso en Angola, destaca su apreciación de la europeización como el barniz que apenas disimula su fracaso como herramienta de progreso. La imagen de las ciudades flotantes para describir la marcha por mar de la elite blanca con todas sus posesiones resume con precisión este fin de un tiempo, el ocaso de un imperio.

Algunos de esos infortunados perdedores se han convertido en grandes escritores. António Lobo Antunes, antiguo soldado, es el mejor exponente de esa mirada que bebe en la propia experiencia y se proyecta en el presente de la ex metrópoli, aquejada por una herencia envenenada. La presencia en la periferia urbana de miles de inmigrantes de las antiguas posesiones en condiciones de marginación y pobreza parece anidar otro huevo de la misma serpiente. 'Mi nombre es Legión' habla de este problema importado y común a buena parte de nuestro viejo continente.

La denuncia de lacras como el neocolonialismo, la vesania de los dirigentes nativos, la guerra civil o la explotación ilegal de los recursos naturales alimentan la escasa cobertura informativa que merece África. Pero, ¿cuál es la respuesta desde el otro lado? 'El odio a Occidente' de Jean Ziegler analiza las causas que animan un sentimiento de repulsa que se extiende por el Sur y que reclama la equidad hasta ahora insatisfecha.

La exposición de los discursos de autoridades como Sarkozy revela que las heridas siguen manando gracias a un discurso que identifica al aludiendo al nativo como el buen salvaje, ajeno al devenir del mundo, un ser inferior que reclama la tutela del mundo presuntamente civilizado.

Junto a este ensayo que examina las estructuras políticas y económicas de la injusticia, hallamos testimonios de las repercusiones humanas del persistente drama. Así, la tragedia de Sudán, un país sumido en luchas intestinas, tiene eco en 'Al volver, vuelven cantando' de Gary Smith, sacerdote del Servicio Jesuita de Refugiados. Su relato del regreso de los civiles desde los campamentos de Uganda hasta sus hogares abandonados es un ejercicio de entrega y de apelación a la esperanza, a pesar de la dimensión de la desgracia. En la dirección contraria hallamos 'Qué es el que', de David Eggers, la aproximación al conflicto personal y cultural de los sudaneses emigrados a Estados Unidos por la guerra.

África tampoco ha sido inmune al apogeo de la novela policíaca y la irresistible atracción de los autores nórdicos. Henning Mankell, que reside entre Suecia y Mozambique, publicó hace dos años 'El Chino', perturbadora aproximación al fenómeno que ahora caracteriza todo el continente: la expansión de la nueva potencia oriental, ávida de recursos. Pekín asume la peor lacra del neocolonialismo, una voluntad sumamente condescendiente con las violaciones de los derechos humanos de sus regímenes amigos. El novelista denuncia una expansión que, incluso, puede preludiar nuevas migraciones desde Asia. Al parecer, desgraciadamente, Kurtz permanece en su caserón, entre Rutshuru y Goma, o en cualquier camino perdido más allá de las arenas del Sahara, inspirando mil y una historias tenebrosas.

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