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Los Hermanos del Bigote

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Lu Maw, el director de orquesta, me recibe una hora antes del comienzo de un show que cada noche aprieta en su propia casa a treinta personas, las cuales sudamos a tope como fuimos comidas por los mosquitos. “Te guardo un sitio, pásate en media hora”, me espetó un Lu Maw que pareciera una chimenea, fumando esos puritos locales que después confesó en pleno show que son su auténtico vicio. Mientras llegaba la hora mi taxista me llevó a un cochambroso pase de modelos que realmente era un prostíbulo camuflado. Elijes a la que te gusta, le pagas al dueño diez dólares y otros diez a la dama. Suele pasar que a ciertas horas de la tarde-noche todos los taxistas de este tipo de países creen que queremos saciar bajos deseos con el meero hecho de insinuarles que deseaba hacer tiempo tomando una cerveza. Algo habremos hecho para que piensen así, digo yo.

Llego tarde. Cinco minutos. El espectáculo ha comenzado y yo debo acudir con urgencia al baño. Tengo suerte: los aseos –el agujero- están dentro de la casa de este grupo familiar de artistas. A causa de ello entro por la puerta de atrás, cruzando su salón y lo que parece ser una cocina. El suelo es de tierra, los muebles –escasos- son los más viejos que jamás he visto. Me dan una silla plegable –no quedaban más- junto a la entrada a la zona habitada. Por ello durante todo el espectáculo –hora y media- el trajín de bailarinas, payasos y demás pasan forzosamente por mi lado. Además, mi silla pega al cuadro de mandos, un viejísimo ecualizador, un walkman, unas cintas de música antiquísimas y demás accesorios, entre ellos un micrófono que por su edad y conservación debe valer su precio en oro. Debe Lu Maw, el presentador de todo esto, el hermano más menudo en tamaño, tener cuidado con no pisar el cable si no su sonido no saldrá ecualizado. Delante de mí una dama de los países bajos no me deja ver bien: mide casi tanto como yo aunque me dobla en anchura. Mientras escucho la introducción de Lu Maw me fijo en su cuello de donde sale una brutal serpiente. Nunca he comprendido las cosas para toda la vida. Los tatuajes menos.

En el atestado habitáculo, que pudiera asemejarse a un garaje o taller, se agolpan exactamente treinta y dos personas. Todas extranjeras. Me molesto a la salida en preguntar a cada uno su procedencia: americanos –los que más-, holandeses, franceses, daneses, japoneses, canadienses, taiwaneses, italianos, alemanes… ni un solo chino. Y yo el único español que no el único castellanohablante: había una colombiana colgada del hombro de un australiano. Pregunta Lu Maw, de vez en cuando, de dónde somos y si coincide con unos tablones nos los enseña a modo de gag. A mí me tocó uno de la ‘guardia civil’. Deberá modernizarse este grupo humorístico-familiar. En España ya los peligros son las bandas de albano-kosovares o los concejales de pueblo que pueden recalificar. La guardia civil ya es lo más parecido a una ONG sin subvención.

El calor es asfixiante. Los ventiladores – de la misma edad que todo el mobiliario- no esquivan la sensación de horno de aquel espacio. Lu Maw da paso a Par Par Lay, su hermano, arrestado en numerosas ocasiones por subversión al gobierno que aparte de picar piedras a cuarenta y cinco grados bebiendo agua no potable se dedicaba a actuar para el resto de presos obligados a realizar trabajos forzados. Hoy ‘The Moustache Brothers’ (Los Hermanos del Bigote) no pueden actuar en teatros, bodas, fiestas o eventos privados; de hecho no pueden hacerlo en la lengua birmana ni para ningún birmano. Sólo actúan para extranjeros, cada día a las ocho y media, y siempre en la entrada de su casa, sita en la calle treinta nueve. Los policías y chivatos rondan las cercanías para controlar. Por ello es sorprendente el nivel de “libertad” que han conseguido estos ‘Hermanos del Bigote’, que tienen colocados por las paredes fotos con Aung San Suu Kyi, la Nobel de la Paz, ex ganadora de los únicos comicios legales del país en el año noventa y dos, encarcelada anteriormente y hoy bajo arresto domiciliario. En este país nadie puede siquiera hablar de esta dama, heroína nacional, por el miedo a ser arrestados, apresados y obligados a picar piedras. Por ello, ¿cómo han conseguido éstos hermanos tanta bula?

El espectáculo, que aúna humor, danza y teatro, es interpretado por Lu Maw, su mujer –gran bailarina-, Par Par Lay –hermano del primero-, Lu Zaw –primo de éstos- y demás hermanas, esposas y familiares. Con ciertas momentos claustrofóbicos –por lo reducido del atestado espacio, el sonido, a veces estridente, y el horrendo calor- es de obligado cumplimiento acudir a este teatro-humorístico birmano, en donde la sátira a la Junta Militar –leve pero existente- hace a uno preguntarse el porqué de que permitan éste show, claramente en su contra que además puede ser vociferado por extranjeros, los que sí tenemos emisores para dar a conocerlo.

La entrada –ocho dólares- si la multiplicamos por lo treinta y algunos asistentes de cada noche y que cada mes dispone de treinta o treinta y un días nos hace un montante que muy probablemente sea de los de mayor facturación en todo Mandalay. Sólo me temo que la Junta de Than Shwe debe sacar algo de todo esto, ya que no me cabe en la cabeza que permitan reírse de ellos cada noche ante la comunidad extranjera cobrando, para el nivel de vida birmano, una tonelada de dinero. Para colmo se vendían camisetas, de una calidad importante, que además de costar cinco dólares nos advertían ‘Los Hermanos del Bigote’ que podíamos usarlas por todo el país sin temor a ser arrestados. Definitivamente ya no me cuadraba nada.

Me fui pensativo, dubitativo, ya que no es normal que en Birmania nadie pueda siquiera toser y éstos puedan decir lo que les dé la gana. O casi. Porque al final la subversión era escasa. De escaso chiste. Comedida. Como calculada para dar algo de gasolina a los oídos progres occidentales, para saciar sus ansias libertarias, aquellas que les hacen creerse que uno es más budista por acudir a no sé cuál monte o no sé cuál pagoda, para cuando cae la noche se gasten cien euros en prostíbulos, combinados con cola y cigarrillos comedidos en nicotina y alquitrán.

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