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Contrastes

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Sigo en Ronda, apurando las últimas semanas de mi prolongado -y extremadamente  caluroso- veraneo. Alguna ventaja tenía que dar la edad. Aquí se están celebrando en estos días las Fiestas en honor de Pedro Romero, famoso torero  rondeño del siglo XVIII. Todo es bullicio en las calles, acrecentado con la celebración de la tradicional corrida goyesca, que atrae a la “jet”, y cuyas entradas alcanzan precios astronómicos. La multitud se agolpa en torno a la Plaza para ver entrar y salir a “los famosos”, como los suelen llamar. El ambiente rezuma, pues, alegría: “Mira, la Duquesa de Alba”; “Allí va Chaves”; “Anda, Ana Rosa Quintana”, “Aquel es Arenas”; “Anda, 'la Maleni' Álvarez”...


Pero en medio de este jolgorio -que ya miro desde lejos- he recibido una llamada telefónica en la que me han sorprendido muy desagradablemente con la lamentable noticia de la suspensión del solemne acto de conmemoración del Día de Ceuta, a causa del desvanecimiento sufrido por Carlos Chocrón, justamente homenajeado con la Medalla de la Autonomía, caído en pleno escenario tras pronunciar su discurso de agradecimiento.
Chocrón es, ante todo y sobre todo, un auténtico caballero, ceutí de pro y gran persona, siempre dispuesto a colaborar con quienes lo necesiten. La vida le ha dado unos golpes muy duros, que ha sabido encajar con entereza. Ahora solo nos queda desear que supere este trance tan inesperado, y     que podamos seguir viéndolo allí, en la puerta de su joyería, en pleno Revellín, saludando con su proverbial cordialidad a sus conocidos, o dentro del establecimiento, atendiendo con una elegancia que le es innata a los clientes.
Y, encima de lo sucedido, los ceutíes teniendo que aguantar -¿hasta cuándo?- la ruidosa y molesta protesta de esos setenta y cuatro negritos -bueno, subsaharianos- dando la murga en la Plaza de los Reyes. Hay medidas de al menos dudosa legalidad, como la de embolsar a los inmigrantes irregulares en nuestra ciudad, a la que convierten así -como ha señalado alguna ONG- en una prisión sin barrotes. Ya tuvimos el triste precedente de los graves incidentes ocurridos en las Murallas Reales, cuyas imágenes se vieron en todo el mundo, en perjuicio del buen nombre de Ceuta. Pero lo cierto es que la vigente Ley de Extranjería no establece ninguna excepción en cuanto se refiere al ámbito de aplicación, ni señala límites geográficos, por lo que sus normas deberían ser de aplicación en todo el territorio nacional. ¿Por qué, entonces, esa cerrazón? Si es por Schengen, habría que tener en cuenta que en ese Tratado los controles se sitúan en los puertos peninsulares de entrada, lo que, en consecuencia, tendría que llevarnos a la deducción de que, si en alguno de ellos se detecta una entrada irregular, el inmigrante afectado debería ser conducido a un Centro de Internamiento peninsular, con las consecuencias jurídicas derivadas de la ley.
Pues no. Los ceutíes, al parecer, (como también los melillenses) estamos obligados a soportar la constante permanencia de esta presión migratoria, cuya meta no está, desde luego, en nuestra ciudad, como prueba de modo evidente la protesta ruidosa de la Plaza de los Reyes. Mendicidad, y algún que otro caso -pocos, hay que reconocer, para la cantidad de inmigrantes llegados- de comisión de delitos.
En este aspecto, va siendo hora de poner pies en pared. El inmigrante que pisa la playa de Tarifa, o de Motril -o que es recogido en el Estrecho, y llevado hasta alguno de esos puertos- no se queda, desde luego, encerrado en aquellas ciudades.  Como antes indiqué, va a un Centro de Internamiento de la Península y, tras los trámites previstos en la Ley de Extranjería, o es expulsado o, pasados cuarenta días, anda libre por donde quiere. Eso sí, que no se le ocurra venir ni a Ceuta ni a Melilla, donde caería en el cepo,
Un poco de solidaridad, porque si ya están en Ceuta, o en Melilla, ya están en España.

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