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Oenegés sin fronteras

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Zapatero está contento, Montilla aliviado y fíjense si estarán alegres los de la ONG Acció Solidària que ya han empezado a preparar la próxima caravana. Sobra decir que quienes están que se salen son los terroristas de Al Qaida, pero no les voy a hablar de eso.

Ya se encargó hace un par de días Hermann Tertsch de explicar por qué algunos lamentamos no poder compartir el entusiasmo del presidente del Gobierno y ayer fue Ignacio Camacho quien dejó claro que el único final feliz posible de un secuestro consiste en la captura o muerte de los secuestradores después de haber puesto en libertad a sus víctimas.

Les voy a contar una historia que me pasó hace ya bastantes años. Ayuda a entender ciertos aspectos de este insensato turismo solidario, que llevó a Vilalta, Pascual y Gámez a dar con sus huesos en una jaima-prisión. Andaba yo por las montañas de la antigua Yugoslavia, casi al final de la serie de guerras que tapizó de fosas comunes los Balcanes, cuando recibí la llamada de una de esas almas cándidas dedicadas a la «solidaridad».

Me contó el tipo que habían recolectado, entre los ganaderos de la región, no se cuantos millones de litros de leche. Estaban montando una caravana de camiones cisterna, que se pondría pronto en camino hacia Sarajevo para aliviar la desnutrición de los niños bosnios. Quería que le ayudase a planificar el viaje y saber qué riesgos existían.

«¿Y por qué no venden la leche en España, se vienen dos de ustedes hasta aquí con el dinero y compran leche en Eslovenia o Croacia, que quedan justo al lado?». Puntualicé que se ahorrarían un montón, se evitaban algún robo o accidente de carretera, llegaría mucha más leche a los niños y encima ayudaban a los atribulados ganaderos de la región.

Me mandó educadamente a hacer puñetas, lo que me hizo sospechar que le preocupaban tanto los niños como la juerga.

 

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