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Dolors Cuevas: "¿De qué sirve ser crítico si no te movilizas?"

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Aver, dime una palabra que lleve cinco íes. A -

Ummmmm. Ahora mismo no caigo.

- ¡Di-fi-ci-lí-si-mo! Venga, ahora una con cinco es.

- Pues... No sé.

- ¡En-tre-te-ner-se! Sigamos.

- Ya está bien de acertijos, Juan.

En la sala de entrada del centro abierto de la Fundació Arrels de Barcelona, se ha formado un corrillo. Juan Benítez, un dicharachero hombre de 74 años, conversa con una voluntaria, Dolors Cuevas. Son viejos conocidos.

Juan es una de las personas - 90 al día- que pasan alguna tarde por este centro abierto del Raval para utilizar los servicios que ofrece: una ducha, ropa limpia, asesoramiento. O simplemente para matar el tiempo y disfrutar de compañía. Dolors Cuevas es una de las 230 voluntarias que colaboran con la Fundació Arrels: todos los martes, de las 16 a las 19.30 horas, los dedica al centro abierto. Hoy toca ocuparse de la puerta y eso supone atender a los que llegan, darles la bienvenida y saber cómo va su vida. Algunos siguen viviendo en la calle, otros han conseguido plaza en alguno de los pisos gestionados por esta fundación o en una pensión.

Tras tres años como voluntaria, Dolors, maestra de 43 años, ha entablado una cierta confianza y complicidad con los usuarios.

Su implicación con diversas causas sociales empezó al acabar la carrera de Magisterio, a los 21 años. "En casa ya había sensibilidad hacia estos temas, mi madre también había hecho tareas de voluntariado. Yo comencé dando clases a niños convalecientes en el hospital de Sant Pau dos días a la semana. Allí estuve cuatro años hasta que volví a la universidad a estudiar Historia y Psicopedagogía a la vez que empezaba a trabajar en un colegio". Ahora, es la directora pedagógica de un instituto de El Prat de Llobregat en el que enseña Historia a estudiantes de cuarto de ESO. Las aulas son una tribuna privilegiada desde la que concienciar a sus alumnos "de las injusticias en el mundo", también una atalaya desde la que hacer "proselitismo de las causas sociales". "Quiero contagiar el entusiasmo por ayudar".

En este mismo instituto reemprendió su contacto con el mundo de las ONG participando en iniciativas de formación de profesorado en Perú. "Estando en Lima y viendo cómo vivían los habitantes de una zona extremadamente pobre, Los Cerros, pensé que no tenía sentido regresar a casa sin que mi vida no cambiara en nada. ¿De qué sirve ser crítico con el sistema, con lo que pasa en el mundo, si no te movilizas? No basta con criticar, hay que actuar, hay que poner un granito de arena".

Dolors se sumó en el 2007 al equipo de voluntarios de la Fundació Arrels. Como profesora de secundaria tiene una tarde libre a la semana que dedica al centro abierto, un proyecto que ve como una experiencia vital de larga duración. "Atendemos a gente que lleva muchos años viviendo en la calle. Son personas que, por una suma de causas, la muerte de los padres o de la pareja, la pérdida del trabajo, una adicción..., han acabado en la indigencia". Por este centro ha pasado Miquel Fuster, el pintor cuya historia se ha plasmado en el cómic Miquel, 15 años en la calle,que salió a la venta la pasada primavera.

Cada día un mínimo de ocho voluntarios, además de los trabajadores sociales, atienden los distintos servicios de este local: las duchas - donde pueden asearse un día a la semana-,la farmacia, la consigna - donde guardan temporalmente sus pertenencias-,el ropero y la lavandería. También disponen de tres ordenadores, sala de juegos y de televisión. Esta iniciativa es un eslabón más de la cadena trazada por la Fundació Arrels para que personas como Luis, que relata que los dolores que sufre a causa de un cáncer ya son insoportables, o Pedro, que llega cojeando apoyado en una muleta, puedan sobrevivir con dignidad. Esta fundación, creada hace 22 años, también gestiona 20 pisos y una casa de acogida y tiene un equipo de profesionales y voluntarios que recorren las calles para atender a personas sin techo.

Falta media hora para cerrar puertas. Pedro piropea a Dolors y le explica que ahora se ha instalado en una pensión del barrio. Jose agradece que "aquí nos respeten y no nos agobien". Juan, con picardía, sigue invitando a su pequeño auditorio a que acierte sus adivinanzas. Cuenta relatos épicos de su vida; de sus diferentes trabajos, unos más confesables que otros; de su llegada a Catalunya desde Jerez de la Frontera cuando era un niño... Se acerca y vuelve a retar a sus interlocutoras: "Venga, la última, ¿Qué palabra lleva las cinco vocales?". "E-du-ca-ci-ón".

 

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