Imprimir

El secuestro más largo

on . . Visitas: 472


Por favor, monsieur, los otros dos, los otros dos cuanto antes". Soraya Rodríguez, la secretaria de Estado de Cooperación, imploró al mediador en el secuestro de los rehenes españoles para que se diese prisa en lograr la puesta en libertad de Albert Vilalta, de 35 años, y Roque Pascual, de 51.

Rodríguez había llegado a Uagadugú, la capital de Burkina Faso, el 10 de marzo pasado para recoger a Alicia Gámez, de 39 años, la tercera secuestrada, y llevarla a Barcelona. El intermediario acababa de rescatarla de las garras de la rama magrebí de Al Qaeda.

La secretaria de Estado presionó al mediador, Mustafá Chafi, un mauritano quincuagenario consejero del presidente de Burkina Faso, pero ella, su interlocutor y los miembros del Gobierno español que siguen de cerca el secuestro confiaban, en el fondo, en que la liberación de los dos varones catalanes era cuestión de muy pocas semanas.

Desde aquella conversación en el aeropuerto de Uagadugú han transcurrido casi cinco meses y los dos voluntarios de la ONG Barcelona Acció Solidària siguen en el desierto del norte de Malí en manos del argelino Mokhtar Belmokhtar. Apodado El Tuerto, capitanea una de las katibas (células) de Al Qaeda.

Vilalta y Pascual fueron capturados, junto a Gámez, el 29 de noviembre en la principal carretera de Mauritania y trasladados a Malí. La duración de su secuestro (253 días) se equipara hoy a la del matrimonio austriaco compuesto por Wolfgang Ebner y Andrea Kloiber, que hasta ahora ostentaba el récord de permanencia en el desierto. A partir de mañana, lunes, será el más largo de cuantos se han producido en el Sahel.

Ambos rehenes son además los primeros, junto con la pareja austriaca, que pasan el verano en el desierto, donde las temperaturas alcanzan a la sombra, si es que se encuentra, los 50 grados. La sombra en el Sahel consiste, a juzgar por los testimonios de otros ex cautivos, en una lona tendida entre cuatro palos. Bajo esa cubierta, tumbados sobre unas mantas mugrientas, están, durante el día, Vilalta y Pascual.

Les separan unos 30 de metros del campamento de sus secuestradores, que probablemente apenas les vigilen. "Mi celda era el desierto", recordaba, en marzo, en EL PAÍS, el ex rehén francés Pierre Camatte, de 61 años, liberado en febrero. La celda es tan grande que nadie ha logrado escaparse de ella. Los austriacos lo intentaron en vano.

La alimentación se compone casi exclusivamente de pasta y arroz, y rara vez de carne de cordero. Fruta y legumbres son inexistentes. Aunque es excepcional, algún día se retrasa el suministro y todos, secuestradores y secuestrados, pasan hambre.

Todos comparten la misma pitanza y beben de la misma agua templada con regusto, a veces, a carburante. "Guardan el agua en bidones que contuvieron gasóleo y sabe a eso, a combustible", rememoraba Pierre Camatte poniendo cara de asco.

Aun así, la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, repiten machaconamente ante la prensa, sin ninguna matización: "los cooperantes están bien".

Lo peor del cautiverio no es la monotonía de la comida, el sabor del agua, la falta de higiene corporal -probablemente no se hayan lavado ni una sola vez desde hace más de ocho meses-, ni siquiera los escorpiones que picaron, por ejemplo, a Marianne Petzold, una rehén alemana de 76 años.

Lo peor es el tedio. Las interminables jornadas sofocantes sin nada que hacer, sin un libro o un periódico que leer, una radio que escuchar. Las distracciones, muy esporádicas, consisten en ver un vídeo sobre las virtudes de la yihad o el maltrato a los presos de Guantánamo y Abu Ghraib (Irak) que los celadores enseñan en un ordenador portátil.

Más estimulante para levantar el ánimo del cautivo: ser autorizado a efectuar una breve llamada a España a través del Thuraya, el teléfono vía satélite. Pero la desilusión es inconmensurable cuando, por ejemplo, salta el buzón de voz de Francesc Osan, director de la ONG barcelonesa, uno de los pocos con los que los rehenes intentaron contactar.

Pese a todo, Vilalta y Pascual han tenido algo de suerte. Están en poder de Belmokhtar, y no de su compatriota Abdelhamid Abu Zeid, el más despiadado de los cabecillas de Al Qaeda en el Sahel. Fue él quien dio la orden de asesinar, en 2009, al británico, Edwin Dyer, de 61 años, y, en julio, al francés Michel Germaneau, de 78.

"Me amenazaban verbalmente, apuntaban sus Kaláshnikov [fusiles de asalto] hacia mí", rememoraba angustiado el ex rehén Camatte que también estuvo en manos de Abu Zeid. "Incluso hacían gestos dando a entender que me iban a degollar. El miedo me encogía el estómago", recordaba.

Los dos voluntarios catalanes no han sido atemorizados. El Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el servicio secreto español, sabe cómo se comporta Belmokhtar con sus presos. A finales de 2009 entrevistó en Ottawa a dos diplomáticos canadienses, Robert Fowler y Louis Guay, apresados por los hombres de El Tuerto en 2008 cuando efectuaban en Níger una misión por cuenta de Ban Ki-moon , secretario general de la ONU .

Para negociar con Canadá la suerte de sus funcionarios, Belmokhtar recurrió a la mediación del consejero presidencial burkinés. Obtuvo un rescate pecuniario de 3,7 millones de euros, según algunos diarios canadienses, y la excarcelación, en abril de 2009, de cuatro reos de la prisión de Kati (Malí).

Belmokhtar quedó, aparentemente, contento de la labor de Chafi, el consejero presidencial. Por eso volvió a solicitar sus servicios cuando capturó a los tres catalanes. Al Gobierno español le pareció bien aquella elección de un hombre experimentado en mediaciones que se ilustró sobre todo en la de la guerra civil de Costa de Marfil.

El Tuerto le dio al consejero unas facilidades inusitadas en el mundo terrorista. Pudo visitar a los rehenes, hablar con ellos a solas y traer consigo pruebas de que estaban con vida. "Tómeselo, que es necesario para su hipertensión", le repetía en francés el mediador a Roque Pascual, reacio a ingurgitar un medicamento argelino para su dolencia que le suministraron los terroristas.

Más tarde, el CNI le hizo llegar medicinas de composición similar, pero que a Pascual le eran más familiares. También Vilalta recibió con qué acabar de curar las tres heridas de bala superficiales que le causaron en una pierna los terroristas al disparar una ráfaga para amedrentarles cuando les interceptaron a 170 kilómetros al norte de Nuakchot.

Chafi, el mediador, consiguió además que Belmokhtar no fijara ningún ultimátum y que los rehenes no aparecieran en un vídeo arrodillados ante barbudos armados e implorando al Gobierno, con voz temblorosa, que hiciera todo lo necesario para salvarles la vida. "Así se desdramatiza el secuestro y se allana el camino para resolverlo", señala un funcionario español.

El principal logro del mediador fue, sin embargo, que Belmokhtar le entregase a Alicia Gámez el 7 de marzo por la noche, cuando apenas se habían cumplido tres meses desde su apresamiento. Al Qaeda lo justificó el 11 de marzo, en un comunicado enviado a EL PAÍS, alegando que la mujer se había convertido al islam.

Aquella liberación fue una odisea en la que Gámez y el consejero presidencial corrieros riesgos. Durante dos días, la mujer atravesó Malí de norte a sur, primero el desierto y después la sabana, cambiando de todoterrenos. A mitad de camino se encontró con Chafi, su libertador, pero, pese a su afabilidad, no se acababa de fiar.

"Estaba aterrorizada", recuerda un participante en la expedición. "Temía ser vendida o que la matasen", añade. Solo esbozó una sonrisa cuando el helicóptero que la recogió en la frontera de Malí con Burkina Faso aterrizó en Uagadugú. Entonces Soraya Rodríguez le espetó: "¡Alicia, se acabó!".

Desde entonces han transcurrido casi cinco meses, y Vilalta y Pascual siguen cautivos. No es un problema de dinero, porque el Gobierno español, como todos los demás europeos -excepto el británico-, no puso reparos en pagar el millonario rescate en dólares reclamado por los terroristas.

Si ambos voluntarios siguen secuestrados aún es, primero, porque no se ha satisfecho la exigencia de Al Qaeda, formulada en diciembre en un comunicado, de liberar a un puñado de islamistas en Mauritania. Es también porque el presidente mauritano, Mohamed Ould Abdelaziz, ha tomado iniciativas arriegadas -detención en Malí del organizador del secuestro, condena a muerte de los asesinos de cuatro turistas franceses- que enojaron a los terroristas y dificultan la negociación que ahora se reanuda.

 

Utilizamos cookies para mejorar nuestro sitio web y para ofrecerle contenidos más interesantes. Para obtener más información sobre las cookies y cómo eliminarlas, consulte nuestra Política de Privacidad.

Sí, acepto cookies de esta web