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"El tercer mundo mejora a pesar de nuestra ayuda"

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Tengo 52 años: la experiencia es una gran maestra. Nací en Virginia Occidental, lo más pobre de EE. UU. Tengo 3 hijos y dos hijastros: cinco carreras por pagar. Frenemos el imperialismo humanitario. No encajo en ninguna etiqueta política. He sido premiado por la Fundación BBVA

i carrera ha consistido en aprender hasta M creer que sabía algo y después seguir investigando hasta que los hechos me han obligado a desaprenderlo. Y vuelta a empezar...



Es el método científico.

En ese proceso he tenido que enfrentarme a quienes aún preferían seguir convencidos de lo que los hechos desmentían.

Por ejemplo.

Aún no sé si me fui o me echaron del Banco Mundial, la principal organización de ayuda al desarrollo en el tercer mundo.

¿Por qué se fue o le echaron?

Cuando acabé mi doctorado en el Massachusetts Institute of Technology, elegí trabajar en el Banco Mundial, porque estaba convencido de que era el modo más efectivo de ayudar a los pobres del planeta.

¿Y ahora cree que no lo es?

Ahora me fijo más en los hechos que en las buenas intenciones. El Banco Mundial, como la mayoría de las instituciones de ayuda al tercer mundo, carece de accountability (no rinde cuentas por lo que hace a nadie) y de feedback (respuesta de los afectados por sus acciones). Y ninguna organización humana es efectiva si no comprueba los efectos de sus acciones y después rinde cuentas por ellos.

¿El Banco Mundial no estudia los efectos de sus ayudas?

No toma datos sobre el terreno. Lo sé porque yo participé en la decisión y la gestión de créditos estructurales,los otorgados a cambio de que el país que los recibe obedezca las instrucciones del banco.

¿Esos créditos no son efectivos?

Se otorgan a países pobres desde los años ochenta, y por eso todos los técnicos de la reunión ya sabíamos que no servían - ni sirven-para nada. Al contrario, muchas de esas ayudas son incluso contraproducentes.

¿Por qué?

Perpetúan dictaduras, alimentan corruptelas, prolongan desigualdades, desincentivan reformas estructurales y mantienen burocracias estériles e inoperantes.

Por ejemplo.

Aprobamos créditos a Camerún, donde el dictador Paul Biya lleva algo así como treinta años aterrorizando a la población con armas compradas gracias a ese dinero... ¡¡¡que recibe pese a ser productor de petróleo!!!

¿Pagamos con nuestros impuestos las torturas de los cameruneses?

Así es. Y esa es la lección de la investigación económica: las buenas intenciones no logran por sí solas buenos resultados. Ante los datos, tuve que considerar con humildad la posibilidad de que nuestra ayuda perpetuase - y perpetúe hoy-el subdesarrollo.

¿Por eso no pudo seguir en el banco?

Y porque en el 2001 escribí un libro que acabó por hacer mi presencia allí insostenible.

¿Podemos hacer algo por los pobres?

Ser humildes: aceptemos que el tercer mundo saldrá - muchos países ya han salido y otros están saliendo y saldrán-de la pobreza por su propio esfuerzo: sin nuestra ayuda y a menudo a pesar de nuestra ayuda.

Va a romper usted el corazón de muchos abnegados cooperantes y ONG.

Hay pequeñas ayudas efectivas, pero yo aquí me refiero a esos programas "100 pasos para acabar con el analfabetismo" con enorme dotación que gestionan organizaciones autocráticas como el Banco Mundial.

¿Nos invita usted a no hacer nada?

Puede ayudarse, sí, en áreas muy concretas como la salud: una vacunación, por ejemplo, o un programa de becas específico.

¿Podemos ayudarles a ayudarse?

Sí, pero no tanto como creemos. Esa mentalidad de que sólo nosotros podemos salvar al tercer mundo es paternalista. Los pobres no necesitan caridad, sino trato de tú a tú y que les dejemos competir con nosotros.

¿Por qué está tan seguro?

Porque está sucediendo: no sólo en India y China, casos palmarios de que la única ayuda efectiva al desarrollo es la que se dan a sí mismos; también prosperan países africanos donde los teléfonos móviles e internet se extienden con eficacia y crean sin nuestra ayuda un crecimiento sin precedentes.

¿Qué hacer para ayudar, pues?

Tratar al tercer mundo como iguales: darles reglas de comercio justas sin los aranceles que imponemos a sus productos. Darles menos limosnas y más oportunidades de competir con nosotros sin hacerles trampas.

Es más barato darles ayudas que dejarles vender su fruta más barata que la nuestra.

Es parte del problema. Fíjese en que Latinoamérica hoy prospera por el talento de los latinoamericanos gracias a mercados más abiertos. No ha sido ninguna ONG ni institución humanitaria: ha sido su trabajo.

Cada cinco minutos muere un niño de hambre en el tercer mundo.

¡Eso es una estupidez! Como si los niños africanos no tuvieran padre y madre responsables como nosotros. Tras esas ñoñerías para sacarnos dinero y perpetuar instituciones ineficientes hay, además, una nefasta mentalidad de paternalismo neocolonial o, si prefiere, de imperialismo humanitario.

También hay estados fallidos.

Otro intento de maquillar nuestros intereses estratégicos con el disfraz de las buenas intenciones: militares, pero buenas. Recuerde que los estados y sus ejércitos no tienen amigos, sino intereses... Así que no crea que si ayudamos es gratis.

 

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