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Como soy periodista hay quien piensa que llevo un ritmo de trabajo intrépido, que ando habitualmente metido en investigaciones en las que arriesgo mi vida, que suelo recibir llamadas anónimas de fuentes misteriosas que me alertan sobre noticias escandalosas o que mis jefes son como Jose Coronado.

Como soy hombre se da por sentado que no sé cocinar, que no he cogido una plancha en mi vida y que nací con un gen que me capacita para cambiar la rueda de un coche.

Como soy vasco es habitual que se refieran a mí como chicarrón del Norte, que me pregunten si corto troncos o levanto piedras en mis ratos libres o si cuento entre mis familiares con algún cura o monja. Y, por supuesto, no pueden faltar las bromas alrededor de mi adn.

Como estoy flaco, algunos sujetos dan por sentado que soy un amante de las verduras y la comida dietética, que nunca pruebo bocado entre horas o que huyo despavorido si alguien me ofrece un dulce. Y, por supuesto, quien albergue todas estas suposiciones siempre me dirá, aunque me vea habitualmente, «qué delgado estás», con una cara entre compasión, preocupación y desagrado. Curiosamente un comentario de esa índole rara vez se hace a quienes están pasados de kilitos. ¿Por qué será?

Como mi trabajo se desenvuelve en un ámbito cultural se presupone que odio el fútbol, que me trae al fresco el triunfo de La Roja, que nunca acudo a conciertos de artistas multiventas y que sólo veo cine iraní, checo o japonés.

Como visto de un determinado modo y voy en bicicleta se sobreentiende que debo ser muy moderno, muy ecologista, amante de las causas perdidas, activista de ONGs, consumidor de marihuana y amigo de acampadas tipo Woodstock.

No voy a utilizar esta columna para deshacer ninguno de estos tópicos. De hecho, creo que dejaré que algunos de ellos se alimenten. Me da pereza y ha dejado de importarme (por fin) lo que piense el resto de la humanidad sobre mí.

Al final, por mucho que lo intente, habrá quien siempre se empeñe en verte del modo en que a él mismo le convenga, porque hay personas que se sienten más seguras si se cumplen algunos prejuicios. Y no seré yo quien atente contra su seguridad.

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