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La Doña

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Escalofríos me entran solo de pensar en lo que se nos viene encima. Me refiero a las formas, a la manera que tienen algunos de concebir el ejercicio de lo público. El recambio puede ser algo atroz, nunca conocido. A la desazón, a la parálisis y al anquilosamiento que demuestra hoy el Gobierno de Zapatero frente a la crisis y otras cosas, las encuestas apuntan a que en España vamos a resucitar el nervio con las recetas del PP.

Me imagino que así será porque, de boca de Mariano Rajoy, no hemos escuchado nada contundente sobre las correrías de sus varones regionales. Camps, el colmo del pitorreo, el máximo exponente de un gobernante que se ríe a dos papos de la peña, le parece a Rajoy santo y mártir. Espe no es su musa pero le perdona sus cosillas. Y ahí está el problema. Porque de llegar Mariano a La Moncloa, cosa que aún me sigue pareciendo un milagro, está claro que jalea los métodos de la presidenta madrileña.

Y son los siguientes: espías, amantes despechadas despedidas por denunciar métodos oscuros, altos cargos acusados de acoso sexual, consejeros entrometidos en pifias oscuras, despilfarro para lo que nos conviene lucirnos a costa de estrujar en el presupuesto la sanidad y las universidades dirigidas por no acólitos, pasta para ONG filofascistas... Ideal.

Estas son, entre otras, algunas de las grandes líneas maestras de la acción pepera. De todo lo mencionado, la pasada semana entrará en los anales por el culebrón de los espías. Ya ha demostrado ella que en cuanto algo pasa de castaño a oscuro ruedan cabezas. A veces pienso que fomenta el fango allá por donde pasa para luego ejecutar públicamente a quien sea para hacer creer a todo Cristo que es la más pura, la más limpia, la más justiciera. Pero se le ve el plumero. Un plumero muy desgastado de tanto arrastrar la mierda. Las víctimas de su mano de hierro, esta vez, han sido Sergio Gamón, el jefe de los espías madrileños, y su ex mujer. Esta había revelado parte de los métodos del pavo. Pero uno supone que si hacía seguir a sus superiores -al antiguo vicepresidente, Alfredo Prada- sería porque alguien desde más arriba se lo había ordenado, ¿o no? A ver que nos aclaremos, ¿de dónde venía el amigo Gamón? Era un capricho de la presidenta. Se había encargado de su seguridad cuando era ministra y a los fieles no se les deja tirados, así como así.

Además, podría servir para ciertos trabajillos. Viéndole el gesto, uno puede imaginarse cuáles. La mirada de hielo que aplica a un punto indeterminado mientras se mete la mano en el interior del bolsillo de la chaqueta es escalofriante. En esa imagen congelada de la fotografía aterra aún más. Porque uno no sabe a ciencia cierta si va a sacar la cartera, un peine para atusarse la gomina o el revólver.

Cae Gamón y con eso cree su jefa máxima que queda todo aclarado, que pasamos página. Pero henos aquí ante una nueva cúspide de otro escándalo. Algo que, o resuelven los jueces, o va erosionando a quienes sean responsables hasta que lo paguen en las urnas. Pero ya será tarde. Cuando nos libremos de ellos, ya habrán escaldado todo a fondo hasta arrancarnos la fe en la decencia pública.

Urge una regeneración, y esta, a buen seguro, no está en manos de políticos como Aguirre. Es decir, cargos que fomentan casi todo lo que tiene que ver con el reverso de la ley cuando se trata de llegar, ejercer el poder y mantenerse en él a toda costa. En las pelis de la mafia que tanto me gustan y de las que hemos aprendido latín para analizar, sin ir más lejos, la actual política madrileña, a los jefes de los clanes se les conoce como "El Don". A alguna que yo sé le cuadra cierto apelativo. Podríamos empezar a llamarla La Doña.

 

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